El misterio de Blackburn

El punto ciego

El punto ciego no era un lugar.

Era un hábito.

Evelyn lo comprendió tarde, cuando ya no bastaba con cambiar de ruta ni con revisar dos veces los cerrojos. El punto ciego era aquello que uno dejaba de mirar por costumbre, convencido de que ya había sido observado lo suficiente.

La comisaría amaneció con un silencio extraño. No era calma: era contención. Los teléfonos sonaban menos, las risas habían desaparecido y hasta el café parecía servirse con cautela. El capitán Harris caminaba de un lado a otro con un papel doblado en el bolsillo del saco.

—Tenemos una quinta escena —anunció sin rodeos.

Evelyn sintió el ajuste inmediato de su respiración.

—¿Dónde? —preguntó Miller.

—En Midtown. Un departamento rentado con nombre falso. Sin huellas útiles. —Harris miró a Evelyn—. Y algo más.

Ella sostuvo la mirada.

—El reloj estaba adelantado diez minutos.

Un detalle mínimo. Un error de principiante.

No suyo.

—Alguien quiere que pensemos que el asesino se apresura —dijo Evelyn—. O que se equivoca.

—¿Y usted qué piensa? —preguntó Harris.

—Que alguien está señalando un punto ciego.

El departamento olía a desuso y a limpieza reciente. Demasiado reciente. Evelyn recorrió la escena con pasos lentos, contando mentalmente cada superficie, cada sombra. El cuerpo estaba colocado de manera correcta, pero sin la economía habitual.

Había exceso.

—Esto es teatral —murmuró Miller.

—Es inseguro —corrigió ella—. Quien hizo esto necesitaba ser visto.

En la mesa de la cocina, un vaso con marcas de labios mal limpiadas. En el baño, una toalla húmeda.

—Se quedó más tiempo del necesario —dijo Miller.

Evelyn asintió.

Eso también era un punto ciego: creer que todos se iban a tiempo.

Esa tarde, al regresar a la comisaría, encontró su cajón ligeramente abierto. Nada faltaba. Nada fuera de lugar.

Excepto una cosa.

Su libreta negra no estaba donde siempre.

La buscó con calma aparente. Revisó papeles, carpetas, bolsos. Finalmente la encontró dentro del cajón… pero desplazada, girada unos centímetros.

Alguien la había tocado.

No la abrió.

Ese fue el verdadero golpe.

—¿Todo bien? —preguntó Miller desde su escritorio.

—Sí —respondió ella—. Solo cansancio.

Mentir nunca había sido difícil. Lo nuevo era medir a quién.

Esa noche, Evelyn no volvió directamente a casa. Caminó varias cuadras antes de tomar un taxi. Miró los reflejos en las ventanas, los rostros duplicados, las luces que parecían seguirla.

En su apartamento, revisó cada habitación. Nada forzado. Nada evidente. Solo la sensación persistente de que el aire había sido usado.

Se sentó en la mesa del comedor y abrió la libreta.

Las páginas estaban intactas.

Pero alguien había añadido algo.

Una marca pequeña, casi invisible, en el margen de una página antigua.

Un círculo.

Evelyn cerró la libreta con cuidado.

El punto ciego había sido la certeza de que nadie se atrevería.

Se levantó, apagó las luces y se quedó de pie en la oscuridad, escuchando la ciudad.

Por primera vez desde que todo comenzó, entendió que el juego había cambiado de manos.

No porque hubiera perdido el control.

Sino porque alguien había aprendido dónde no miraba.



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En el texto hay: detectives y asesinatos

Editado: 25.01.2026

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