El misterio de Blackburn

La grieta

La grieta no apareció de golpe. No fue una caída ni un derrumbe visible. Fue una fisura fina, casi respetuosa, que atravesó el centro de todo lo que Evelyn había construido con paciencia.

Comenzó con un informe.

No era distinto a los demás: papel amarillento, tinta desigual, lenguaje técnico que pretendía neutralidad. Evelyn lo leyó dos veces antes de comprender por qué algo en él le resultaba insoportable.

El análisis del quinto asesinato incluía una frase nueva:

El agresor demuestra conocimiento íntimo de los hábitos del equipo investigador.

No decía procedimientos. Decía hábitos.

Eso era personal.

—No me gusta —dijo Evelyn, dejando el informe sobre el escritorio.

Miller levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—La forma en que están escribiendo esto.

—Es inevitable —respondió—. Alguien entró en tu espacio. Eso cambia la lectura.

Ella sostuvo su mirada.

—¿La tuya también?

Miller no respondió de inmediato.

—La mía intenta ser honesta —dijo al fin—. Y eso me está complicando las cosas.

La grieta se ensanchó un milímetro.

Los días siguientes trajeron errores pequeños pero acumulativos. Un testimonio mal fechado. Una llamada que no quedó registrada. Un archivo que apareció duplicado.

Nada definitivo.

Todo inquietante.

Evelyn empezó a notar cómo la comisaría la observaba de reojo. No con acusación abierta, sino con la curiosidad cuidadosa de quienes todavía no se atreven a formular una pregunta.

El capitán Harris la llamó a su oficina una tarde lluviosa.

—Blackburn —dijo, sin sentarse—. Necesito saber si hay algo que no me estés diciendo.

Ella no se sobresaltó.

—No —respondió—. Todo lo relevante está en los informes.

—Eso no es lo que pregunté.

Evelyn respiró hondo.

—Lo que hay —dijo— es presión. Y la presión crea fantasmas.

Harris la miró largo rato.

—Cuida tus pasos —dijo finalmente—. Esta ciudad no perdona las grietas.

Esa noche, Evelyn volvió al club de jazz por última vez.

El saxofón sonaba cansado. El público era distinto: más silencioso, menos atento a la música. Ella se sentó en la mesa del fondo, donde las sombras eran más generosas.

El hombre del sombrero claro estaba allí.

No la miraba.

Eso fue peor.

Evelyn bebió despacio, contando los compases, observando cómo el hombre se levantaba y se dirigía a la salida sin volver la cabeza.

Lo siguió.

En la calle, el ruido de la ciudad amortiguaba los pasos. Caminaron dos cuadras antes de que él se detuviera.

—No debió tocar mis cosas —dijo Evelyn.

El hombre sonrió sin alegría.

—Usted tampoco debió creer que era invisible.

—¿Qué quiere?

—Que admita lo que es.

Evelyn dio un paso más cerca.

—Soy detective.

—Es una artesana —corrigió él—. Y toda artesanía deja firma.

Antes de que ella pudiera responder, el hombre se alejó, perdiéndose entre los transeúntes.

No hubo amenaza directa.

Eso también era parte del daño.

De regreso en su apartamento, Evelyn sacó la libreta negra y arrancó varias páginas.

No las rompió.

Las quemó.

El humo llenó la cocina con un olor seco, definitivo. Observó cómo los nombres desaparecían, cómo el control se convertía en ceniza.

La grieta ya no podía cerrarse.

Pero podía decidir cómo se rompía el resto.

Evelyn abrió la ventana y dejó que el humo saliera a la noche.

La ciudad respiró con ella.

Y en ese intercambio silencioso, entendió algo esencial:

No todos los finales se evitan.

Algunos se preparan.



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En el texto hay: detectives y asesinatos

Editado: 25.01.2026

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