El misterio de Blackburn

La trampa elegante

La elegancia de una trampa no reside en su complejidad, sino en su inevitabilidad.

Evelyn lo sabía desde siempre. Una trampa eficaz no obliga: invita. Permite que la víctima crea que ha llegado sola al centro del laberinto.

La ciudad ofrecía el escenario perfecto.

Durante días, Evelyn ajustó detalles mínimos que nadie más habría notado. Cambió horarios, dejó informes a medio revisar, permitió que ciertos rumores circularan sin corrección. No eran mentiras. Eran silencios bien colocados.

El capitán Harris creyó ver cansancio.

—Tómese un par de días —le sugirió—. Esto está empezando a consumirla.

—Ya lo hizo —respondió ella con una sonrisa leve.

Miller, en cambio, vio otra cosa.

—Estás organizando algo —dijo una noche, mientras revisaban el tablero de casos casi vacío.

—Todos organizamos algo —contestó Evelyn—. Usted organiza preguntas.

—Y tú organizas finales.

No era una acusación.

Era una constatación.

El anzuelo fue sencillo: una dirección filtrada de forma torpe. Un edificio antiguo en el distrito teatral, olvidado entre marquesinas apagadas y carteles descoloridos. El tipo de lugar que prometía significado sin ofrecer contexto.

El imitador mordió.

La llamada llegó pasada la medianoche. Evelyn no atendió de inmediato. Dejó que sonara tres veces.

—Sé que sabe —dijo la voz al otro lado—. Y sé dónde estará mañana.

—Entonces venga —respondió ella—. No llegue tarde.

Colgó sin esperar respuesta.

La noche siguiente, el edificio estaba casi vacío. La policía observaba desde lejos, sin saber exactamente qué esperaba encontrar. Miller insistió en estar cerca.

—Si esto sale mal… —empezó a decir.

—Saldrá —lo interrumpió Evelyn—. Siempre sale.

Dentro, el eco de los pasos parecía amplificar cada respiración. Evelyn avanzó sin arma visible. No la necesitaba.

El imitador apareció desde las sombras, nervioso, expectante. No era un monstruo. Nunca lo son.

—Quería entenderla —dijo—. Aprender.

—Eso es lo peligroso de aprender tarde —respondió Evelyn—. Uno confunde admiración con permiso.

Él dio un paso adelante.

—Usted empezó esto.

—No —corrigió ella—. Yo solo lo ordené.

Las sirenas se escucharon a lo lejos, calculadas, inevitables. El imitador comprendió demasiado tarde.

—Era una trampa —susurró.

—Elegante —asintió Evelyn.

Cuando Miller entró con los demás, encontró a Evelyn de pie, serena, y al hombre de rodillas, derrotado no por la fuerza, sino por la comprensión.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Todo termina —respondió ella.

Mientras se llevaban al imitador, Evelyn observó el edificio por última vez. La trampa había funcionado.

Pero las trampas siempre dejan residuos.

Y ella sabía que el verdadero cierre aún no había llegado.



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En el texto hay: detectives y asesinatos

Editado: 25.01.2026

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