El misterio de Blackburn

Después del aplauso

El aplauso no llegó.

Lo que siguió a la captura fue un silencio espeso, incómodo, como el que queda en los teatros cuando el público no sabe si la obra ha terminado o si aún queda un acto oculto tras el telón.

La ciudad aceptó la noticia con alivio ensayado. Los periódicos celebraron la eficacia del departamento, los titulares hablaron de un imitador obsesivo y de una detective perspicaz que había ayudado a cerrar el círculo. Las radios repitieron la historia hasta volverla dócil.

Evelyn escuchó todo desde lejos.

En la comisaría, los pasillos recuperaron parte de su ruido habitual, pero algo se había roto. No era tensión: era resaca. La clase de cansancio que llega después de fingir demasiado tiempo.

—Buen trabajo —le dijo Harris, estrechándole la mano con más fuerza de la necesaria—. La ciudad duerme mejor esta noche.

—La ciudad siempre duerme —respondió ella—. Somos nosotros los que no.

Harris no sonrió.

Miller evitó felicitarla.

Eso fue lo que más pesó.

Durante los días siguientes, Evelyn fue relegada a tareas menores. Informes de archivo, entrevistas rutinarias, llamadas que no llevaban a nada. Oficialmente era descanso. En la práctica, era observación.

El imitador habló.

No confesó crímenes que no hubiera cometido, pero sí habló de fascinación, de estudio, de patrones. Dijo su nombre más veces de las necesarias.

—Ella no mata por rabia —declaró—. Mata por coherencia.

La frase fue tachada del acta final.

Pero Miller la leyó.

—¿Quieres explicarme esto? —preguntó una noche, mostrándole la copia.

Evelyn leyó la frase sin alterarse.

—Es un hombre desesperado por significado —dijo—. No se lo demos.

—¿Y si ya lo tiene?

La pregunta quedó suspendida.

Evelyn comenzó a notar cambios pequeños en su entorno. Un coche estacionado demasiado tiempo frente a su edificio. Una llamada sin respuesta al levantar el auricular. El eco de pasos que no coincidían con los suyos.

No era persecución.

Era comprobación.

Una tarde, al salir de la comisaría, encontró a la mujer del café esperándola bajo un toldo.

—Pensé que no volvería a verla —dijo Evelyn.

—Pensé que ya no sería necesario —respondió la mujer—. Pero el aplauso terminó demasiado rápido.

Caminaron juntas.

—¿Sabe lo que hacen después de cerrar un caso difícil? —preguntó la mujer—. Releen todo. Con otros ojos.

Evelyn asintió.

—Las historias no se reescriben —dijo—. Se ajustan.

—Y usted siempre deja margen.

Esa noche, Evelyn regresó a su apartamento y abrió la libreta negra por última vez.

Quedaban pocas páginas intactas.

No escribió nombres.

Escribió fechas.

Luego cerró la libreta y la guardó en el fondo de un cajón que ya no consideraba seguro.

El aplauso había terminado.

Ahora venía lo más peligroso:

La lectura crítica.



#7454 en Thriller
#3802 en Misterio
#3117 en Detective

En el texto hay: detectives y asesinatos

Editado: 26.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.