El rugido constante del jet se mezclaba con el silbido del viento que cortaba el cielo nocturno.
Ethan mantenía las manos firmes sobre los controles, sus ojos fijos en el radar holográfico del panel. La pantalla proyectaba una serie de puntos verdes, pero solo uno destacaba: un punto masivo, suspendido en el aire, inmóvil como un coloso metálico entre las nubes.
El barco volador.
—Ahí estás… —murmuró, con voz grave y concentrada.
El aparato no aparecía en ningún registro aéreo. Ninguna señal de identificación, ningún permiso de vuelo. Un fantasma flotando sobre la nada.
A medida que se acercaba, el jet temblaba ligeramente bajo las ráfagas de aire caliente que salían del motor principal de la nave. Ethan redujo la velocidad, maniobrando con precisión quirúrgica.
El plan era simple, pero letalmente arriesgado:
infiltrarse antes del amanecer, cuando las patrullas estuvieran cansadas y los sistemas de vigilancia menos activos.
Un error, y terminaría cayendo en picada hacia el vacío.
—Nada nuevo… —dijo con un suspiro, mientras ajustaba los niveles de energía del jet—. Si algo puede salir mal, seguro lo hará.
Con un suave rugido, el jet se deslizó por debajo de la estructura flotante. Las sombras del coloso metálico cubrieron la cabina por completo, y durante un segundo, Ethan se sintió diminuto.
El barco era una fortaleza aérea: placas de acero gruesas, torres de observación, cañones automáticos y luces rojas que giraban como ojos vigilantes en la oscuridad.
Ethan ajustó su visor nocturno y descendió.
Enganchó el jet a una compuerta inferior con un gancho magnético y apagó los motores.
El silencio se apoderó del lugar. Solo el zumbido bajo del viento se colaba entre los resquicios de la nave.
Abrió la cabina lentamente, dejando que la presión del aire se igualara.
El olor a metal oxidado y aceite quemado lo envolvió al instante.
Se deslizó fuera del jet, apoyando las botas sobre el fuselaje frío y rugoso. Las luces de emergencia del barco parpadeaban a lo lejos, dibujando una ruta incierta sobre las placas de acero.
Subió con cuidado, usando una cuerda retráctil de su cinturón táctico. Cada movimiento era preciso, medido.
La superficie del barco vibraba bajo sus manos; podía sentir los motores rugiendo en lo profundo, como un corazón metálico latiendo bajo sus pies.
Cuando por fin alcanzó la cubierta superior, se detuvo a observar.
El aire allí era más denso, cargado con un leve olor a combustible.
La plataforma estaba semivacía, apenas iluminada por focos amarillos. Restos de cajas, herramientas y cables se extendían a lo largo del pasillo. Parecía una zona de mantenimiento… y eso era exactamente lo que necesitaba.
—Zona de carga —susurró, recordando su objetivo—. Si los artefactos están aquí, deben haberlos transportado por esta área.
Siguió avanzando, con la pistola asegurada en la parte posterior del cinturón.
El sonido de pasos lo detuvo en seco.
Desde una esquina cercana, un guardia armado apareció, caminando con la pereza de quien lleva demasiadas horas en su turno.
Ethan se ocultó tras una pila de contenedores, observando.
El guardia bostezó, ajustó su radio y habló con tono cansado:
—Pasillo 88, despejado. —Luego se giró, dándole la espalda, y comenzó a caminar en dirección contraria.
Ethan se movió.
Dos pasos, tres… y en un movimiento silencioso, lo tomó por detrás.
Un golpe rápido con el antebrazo al cuello, seguido de una llave de presión.
El guardia soltó un gemido ahogado antes de desvanecerse.
Ethan lo sostuvo con cuidado y lo bajó al suelo sin ruido.
—Descansa, amigo. Yo me encargo del resto.
Revisó el uniforme. En el chaleco, un gafete metálico con el nombre grabado: Thompson.
Ethan lo giró entre sus dedos, luego sonrió con ironía.
—Bueno, Thompson… te tomaré prestado el turno.
Le quitó la chaqueta, se la colocó y ajustó la gorra. El uniforme le quedaba algo justo, pero servía. Guardó su arma bajo el pantalón y respiró hondo antes de continuar.
El siguiente corredor era más amplio y limpio, con paredes de madera y luces blancas. Al final, una gran puerta decorada con símbolos dorados.
Ethan la empujó con cautela.
La puerta se abrió, revelando una escena completamente opuesta a lo que esperaba.
El salón estaba iluminado con luces de colores.
Música suave flotaba en el aire, mezclada con risas y murmullos.
Decenas de mujeres con maquillaje teatral y trajes elegantes conversaban, reían, brindaban. Parecía una especie de gala clandestina.
Ethan frunció el ceño. ¿Qué demonios es esto?
Avanzó despacio, intentando pasar desapercibido.
Se acercó a una joven de cabello castaño que estaba sirviendo copas.
—Perdona —dijo con voz baja, tratando de sonar relajado—. ¿Sabes dónde está la zona de carga del barco?
La chica lo miró, ladeando la cabeza.
—Pardon? —respondió con acento francés.
Antes de que Ethan pudiera reaccionar, comenzó a hablarle rápidamente en un torrente de palabras que él apenas comprendía.
Ethan alzó una mano. —Uh… no hablo francés. —Intentó gesticular, señalando hacia abajo, imitando con gestos el movimiento de cargar algo.
Tras unos segundos de confusión, la joven finalmente entendió.
Con una sonrisa, señaló hacia un pasillo lateral.
—Merci —murmuró Ethan, asintiendo y dándose la vuelta.
Pero justo al girar, se encontró frente a otro guardia.
El hombre lo observó con curiosidad, entrecerrando los ojos.
—¿Qué estás haciendo aquí, compañero? —preguntó, cruzándose de brazos.
Ethan, sin perder la calma, improvisó.
—Solo pregunté dónde estaba el baño. No lo recordaba.
El guardia arqueó una ceja. —¿Eres nuevo? No te he visto antes.
Ethan respondió sin dudar, manteniendo el tono seco y profesional:
—Sí. Thompson. Recién transferido de la zona inferior. Y… —pausó un momento, mirando alrededor con gesto nervioso— realmente necesito ese baño.