El Misterio De El Fugitivo Encadenado

Capítulo 5: En la Oscuridad

El silencio.
Era lo único que existía.
Ni luz, ni forma, ni sonido… solo una oscuridad densa que lo envolvía como un manto frío. Ethan flotaba en ese vacío interminable, sin sentido del tiempo ni del cuerpo. Su mente intentaba aferrarse a algo —una voz, una imagen, cualquier cosa—, pero no había nada. Solo la negrura absoluta.

Hasta que comenzó a escuchar los ecos.

Primero, un rugido metálico. Luego, el estruendo de acero chocando contra acero. Voces distantes, gritos desgarradores, el fragor de una batalla que parecía desarrollarse en algún lugar remoto de su subconsciencia.
¿Espadas? pensó. ¿Qué demonios está pasando?

La confusión se mezcló con un dolor punzante en su cabeza.
El sueño empezó a resquebrajarse.
Su instinto —el mismo que lo había mantenido con vida incontables veces— le gritó una sola cosa:
Despierta.

Con un espasmo violento, Ethan abrió los ojos.
Un destello lo cegó al instante.
La habitación estaba iluminada con una luz mortecina, amarillenta, que se filtraba a través de rejillas oxidadas. El aire olía a humedad, óxido y encierro.

Cuando intentó moverse, el sonido del metal lo detuvo.
Cadenas.
Pesadas, frías, ajustadas a sus muñecas y tobillos.
Estaba dentro de una jaula. No más grande que su propio cuerpo, apenas suficiente para sentarse. Las barras eran gruesas, soldadas con precisión militar.

—Perfecto… —murmuró con ironía—. Justo lo que necesitaba. Un maldito zoológico.

Del otro lado de la jaula, un guardia lo observaba con una mueca de aburrimiento.
Tenía un cigarrillo apagado colgando del labio y el fusil cruzado en el pecho. Sus ojos, pequeños y sin brillo, se posaban sobre Ethan como si estuviera mirando a un animal exótico.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Ethan, su voz ronca pero firme.

El guardia sonrió apenas.
—Eres parte de la colección del capitán. —Su tono rezumaba desdén—. Deberías sentirte honrado.

Ethan ladeó la cabeza, arqueando una ceja.
—¿Colección? Bueno, espero que al menos haya aire acondicionado y bar abierto.

El guardia soltó una risa seca.
—Guarda silencio, perrito.

Ethan apretó los dientes.
—Suelta esto y te enseño cómo ladra un “perrito”.

La mirada del guardia se endureció, pero no se movió. Parecía disfrutar el intento de provocación.
Ethan lo sabía: no iba a conseguir nada con amenazas. Pero mantener la mente del enemigo ocupada era parte de su entrenamiento. Todo era psicológico.
Mantenerlo hablando significaba tiempo. Y el tiempo, en su situación, era oro.

Entonces, un sonido abrupto rompió el tenso intercambio:
La radio del guardia crepitó con interferencia.

Atención a todos los guardias, —dijo una voz nerviosa al otro lado—, vengan al salón principal. Tenemos intrusos. Dos tipos... están atacando con katanas.

El guardia se tensó.
Dejó el cigarrillo caer al suelo y se levantó de golpe.
—¿Katanas? ¿Qué demonios...? —gruñó mientras buscaba sus llaves.

Ethan sintió que el corazón le daba un vuelco.
Intrusos.
Eso significaba una sola cosa: una oportunidad.

El guardia se dirigió hacia la salida, aún sujetando la llave con una mano. Antes de desaparecer por el pasillo, giró la cabeza hacia Ethan.

—No te muevas —dijo con tono burlón—. No querrás perderte el espectáculo.

Ethan lo siguió con la mirada mientras se alejaba.
Esperó a escuchar cómo la puerta metálica se cerraba y los pasos se desvanecían en el eco.

Luego, el silencio volvió.
Solo el zumbido de las lámparas, el golpeteo distante de los motores del barco y su propia respiración agitada.

Se obligó a concentrarse.
El comunicador estaba sobre una mesa a apenas dos metros de distancia, junto a una botella de agua y una lámpara vieja. Podía verlo, podía casi tocarlo... pero las cadenas lo mantenían atado al suelo como un animal.

Trató de medir la longitud del alcance con movimientos discretos. Nada. Ni un centímetro de holgura.

Respiró hondo.
Piensa, Blake. Piensa.

El entrenamiento táctico le había enseñado una cosa: no hay encierro perfecto. Siempre hay una debilidad, un punto de ruptura.
Comenzó a observar las bisagras, el candado, la estructura metálica de la jaula. El óxido se acumulaba en los bordes. Antiguo, pero aún resistente.
Podría forzarlo… si tuviera algo más que sus manos desnudas.

En ese momento, los sonidos del exterior se intensificaron. Gritos, disparos… y el sonido inequívoco del metal cortando el aire.
Los de las katanas siguen vivos.

—Vaya, vaya… —murmuró Ethan, una sonrisa ladeada curvándose en sus labios—. Alguien está haciendo mi trabajo.

Se incorporó como pudo y gritó hacia el pasillo:
—¡Hey, soldadito! ¡Solo porque estés de guardia no significa que tengas que actuar como un idiota con uniforme nuevo!

El eco retumbó en las paredes metálicas.
Nada.

Unos segundos después, una voz distante le respondió desde el corredor:
—No te preocupes, perrito. Estás a salvo aquí.

El sarcasmo en el tono del guardia era evidente.
Ethan no respondió. Solo bajó la cabeza y cerró los ojos, sonriendo con cansancio.
“A salvo”. Claro. De eso se trata, ¿no?

El ruido de espadas y disparos se acercaba cada vez más.
Algo grande estaba ocurriendo allá arriba. Y si tenía suerte, ese caos podría ser su puerta de salida.

Respiró profundamente, sintiendo el aire frío llenar sus pulmones. La adrenalina comenzó a fluir.
Cada músculo de su cuerpo se preparó, como una bestia esperando el momento justo para atacar.

Pensó en Clover. En cómo probablemente había descubierto que había sido capturado.
Sabía que si ella estaba viva, haría lo imposible por encontrarlo.
Pero no podía contar con eso.
No esta vez.



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Editado: 06.01.2026

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