El Misterio De El Fugitivo Encadenado

Capítulo 6: Un Nuevo Jugador en el Juego

La ciudad de Manchester se ahogaba bajo la lluvia.
Los relámpagos iluminaban, por breves segundos, el reflejo de una limusina negra que avanzaba por las avenidas desiertas con un sigilo casi sobrenatural.
Dentro, el silencio era absoluto, apenas roto por el tic-tac del reloj de pulsera de Victor Blackstone.

El hombre iba impecablemente vestido: traje blanco, camisa negra, guantes de cuero perfectamente ajustados. Su rostro, sereno y pálido, irradiaba una calma tan helada que se sentía antinatural. Hablaba por teléfono con voz controlada, baja, casi melodiosa.

—Lo siento, querida —dijo, mientras su mirada se perdía entre las luces borrosas del parabrisas—. Hoy llegaré un poco tarde a la cena. Ha surgido un contratiempo.

Terminó la llamada con un leve clic, y guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco.
Por un instante, observó su propio reflejo en el vidrio. Ni una emoción, ni un gesto. Solo la quietud de alguien que había aprendido a dominarse hasta la perfección.

A su lado, Max, su asistente y guardaespaldas, revisaba un dispositivo portátil, inquieto.
—Señor, los reportes llegaron hace diez minutos. Tenemos confirmación… el barco volador fue derribado. Se estrelló en algún punto del Atlántico Norte.
—¿Y los artefactos? —preguntó Victor sin girar el rostro.

—Perdidos, señor. El mar se los llevó. Ninguna señal ha sido detectada desde el impacto.

Victor cerró los ojos durante un segundo. Luego, sonrió apenas.
Era una sonrisa fina, calculada, sin rastro de sorpresa.

—Así que el océano reclama lo que no pudo controlar… —murmuró con una cadencia casi poética—. Qué irónico. Un símbolo perfecto del fracaso humano.

Max tragó saliva. No sabía si debía interpretar aquello como enojo o satisfacción.
Victor Blackstone no levantaba la voz; no necesitaba hacerlo. Cuando se enojaba, el aire mismo parecía enfriarse a su alrededor.

—¿Y Alexander? —preguntó finalmente, con tono glacial.
—Desaparecido, señor. Los satélites no han detectado señales de vida.
Victor abrió los ojos y giró lentamente la cabeza hacia él.

—Entonces, Max… —dijo con voz baja, cortante como una hoja—, reúna a todos. Tenemos mucho que corregir.

La limusina se detuvo frente a un rascacielos oscuro, sin letreros, sin luces en las ventanas.
Solo los que pertenecían a The Iron Crows sabían que aquel edificio era su nido.
La lluvia caía como agujas cuando Victor descendió del vehículo. Su abrigo blanco ondeó ligeramente al viento mientras caminaba hacia la entrada, sus pasos firmes resonando sobre el mármol mojado.
A su alrededor, los guardias se apartaban de inmediato, evitando incluso cruzar su mirada.

Dentro, todo olía a metal, pólvora y poder.
Los hombres de su organización se enderezaban al verlo pasar, como soldados ante un general invisible.
—¿Dónde es la reunión? —preguntó, sin mirar a nadie.
—Piso treinta y dos, señor —respondió Max.

El ascensor se cerró con un suave ding.
Durante el ascenso, la luz roja del panel reflejaba en el rostro de Victor, dándole un aspecto casi espectral. Sus ojos, afilados, parecían brillar con un resplandor dorado bajo la penumbra.
Max se atrevió a hablar.

—Señor, ¿planea enviar un equipo de búsqueda?
—No —respondió Victor, cruzando las manos detrás de la espalda—.
Planeo encabezar uno.

Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo.
La Sala de Guerra de los Iron Crows**** era un espectáculo de precisión: paredes de vidrio blindado, pantallas proyectando mapas oceánicos, imágenes satelitales y transmisiones clasificadas.
Doce hombres y mujeres ya lo esperaban, todos miembros del consejo interno.
Al verlo, se pusieron de pie en silencio.

Victor avanzó hasta la cabecera de la mesa, sin pronunciar palabra.
Dejó su bastón apoyado contra el borde metálico y posó ambas manos sobre la superficie.
Solo el zumbido de las pantallas rompía el silencio.

—El barco volador ha caído —anunció finalmente, su voz profunda, modulada, cargada de autoridad—.
Fue derribado al amanecer, a más de ochenta millas de la costa. La tripulación… desaparecida.
Y lo que transportaba… —sus ojos se entrecerraron—, se hundió con él.

Un murmullo recorrió la mesa, pero bastó una sola mirada de Victor para que todos callaran.

—Los artefactos orgánicos —continuó—, son irremplazables. Fueron creados con materiales que ni siquiera esta organización logra reproducir. Si el mar los ha tomado, los recuperaremos.
—Señor, las corrientes son impredecibles —intervino una mujer del consejo—. Es casi imposible rastrear su ubicación exacta.
—Nada es imposible —replicó Victor, con voz tan baja que heló la sala—. Solo ineficiente.

Se enderezó lentamente, caminando hacia la pared donde un enorme mapa digital mostraba el Atlántico.
Sus dedos enguantados rozaron el cristal, señalando una zona marcada con un círculo rojo.
—Aquí —dijo—. A trescientas millas de la costa. El punto exacto donde desapareció la señal. Si los artefactos siguen ahí, los encontraré.

Se giró hacia su consejo, y su mirada se volvió más intensa, más peligrosa.
—No enviaré soldados. No enviaré exploradores. Iré yo mismo… acompañado por nuestros mejores agentes. —Sonrió de lado—. Prefiero no delegar lo que puedo controlar personalmente.

Uno de los hombres, con voz temblorosa, preguntó:
—¿Y qué hay de la OCR, señor? Han empezado a investigar el incidente.
Victor entrecerró los ojos, como si el solo nombre le resultara molesto.
—Que investiguen —susurró—. Les daremos exactamente lo que esperan ver: ruinas, cadáveres y confusión.
Alzó el rostro, y por un instante, sus pupilas reflejaron el mismo brillo dorado que las tormentas lejanas.
—Pero mientras ellos buscan respuestas… nosotros encontraremos el poder.



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Editado: 06.01.2026

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