Las luces de la ciudad se filtraban a través de los ventanales de la oficina más alta de la Torre Blackstone.
En el interior, Victor Blackstone se mantenía de pie frente a una mesa de mármol negro, observando en silencio los documentos que Max le había entregado la noche anterior.
Sus ojos, fríos y calculadores, analizaban cada línea, cada coordenada, cada palabra que podía conducirlo hasta el objetivo perdido: el barco volador… y los artefactos orgánicos que yacían en sus entrañas.
El silencio era absoluto, roto solo por el tic-tac de un reloj de oro en la pared.
Victor levantó el teléfono con un gesto pausado, su voz gélida llenando la habitación.
—Max. Reúne a seis de los mejores. No de nuestros hombres… de los mejores. —Su tono no admitía réplica—. En una hora partimos. Quiero ese barco, quiero esos artefactos, y no me importa lo que haya que aplastar para conseguirlos.
Del otro lado, la voz de Max sonó arrogante, pero tensa.
—Entendido, señor. Ya tengo algunos nombres en mente. Nos vemos en la azotea.
Victor colgó. Luego, con un leve gesto, cerró los ojos. Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
—Ha llegado el momento —susurró—. El verdadero juego… ha comenzado.
Una hora más tarde, la azotea de la Torre Blackstone rugía bajo el viento y las hélices del helicóptero militar que aguardaba. El aire olía a metal, aceite y tormenta inminente.
Los seis agentes que Max había seleccionado aguardaban en formación.
Cada uno era una pieza cuidadosamente elegida:
El sonido de las botas resonó cuando Victor emergió del ascensor.
Vestía un traje táctico negro impecable, gafas oscuras y un abrigo largo que ondeaba con el viento. Cada paso suyo imponía respeto, y el simple cruce de su mirada bastó para que todos enderezaran la postura.
—¿Todos listos? —preguntó con voz baja, pero firme.
—Listos, señor —respondieron al unísono.
Victor observó a cada uno detenidamente antes de continuar:
—Nuestro objetivo es claro. Localizar los restos del barco y recuperar todo lo que encontremos. No podemos permitir que la OCR llegue primero. Lo que yace en ese navío… no pertenece al gobierno. Nos pertenece a nosotros.
Max sonrió, cruzando los brazos.
—Y si los de la OCR aparecen, señor… ¿qué hacemos con ellos?
—El mar es un buen lugar para los accidentes —respondió Victor sin dudar, con un tono gélido que detuvo cualquier sonrisa.
Subieron al helicóptero. Las hélices rugieron, y el sonido de la ciudad comenzó a desvanecerse mientras ascendían hacia la noche.
Desde las alturas, la ciudad de Manchester se veía como una red de fuego y acero bajo el cielo lluvioso.
En la cabina, Victor desplegó un mapa digital sobre una pantalla táctica.
—Según la información de Alexander, el barco fue arrastrado por la corriente hacia el sector 94-B, cerca de la frontera marítima. Es una zona no registrada… tormentas constantes, interferencias electromagnéticas. Nadie se atreve a sobrevolarla.
—Excepto nosotros —añadió Max con una sonrisa altiva.
El helicóptero avanzó sobre el mar abierto. El cielo estaba cubierto de nubes negras, y el rugido del trueno iluminaba brevemente el horizonte.
Dentro, el equipo revisaba armas y dispositivos. Nadie hablaba. El sonido del rotor y las olas golpeando era el único acompañamiento.
Victor observó el radar con paciencia quirúrgica.
—Aumenten la búsqueda en el rango de tres millas —ordenó.
Minutos pasaron. Nada.
Solo el mar infinito, agitado, sin señales de vida.
Entonces, una voz rompió la tensión:
—¡Señor! —gritó Ramos desde la ventana—. ¡Miren eso!
Todos se giraron.
Allí, bajo la tormenta, flotaban los restos del barco. Fragmentos metálicos, tablas destrozadas y piezas mecánicas deformadas se mecían entre las olas, brillando bajo los relámpagos como esqueletos de acero.
Victor se inclinó hacia adelante, una chispa fría encendiendo su mirada.
—Desciendan —ordenó.
El helicóptero descendió lentamente, deteniéndose a unos metros del agua.
Los agentes se prepararon para el salto, ajustando máscaras, revisando munición.
—Recuerden —dijo Victor, su voz resonando entre el ruido del rotor—: lo que busquen, lo que encuentren… me lo traen a mí.
Nadie más debe tocar esos artefactos.
Max se ajustó las gafas con una sonrisa arrogante.
—Oh, créame, señor… no pienso tocar nada sin guantes.
El primero en saltar fue Ivan, luego los demás lo siguieron. El agua los engulló, fría, turbulenta.
Victor fue el último en descender.
El mar se alzó como una bestia enfurecida, pero él no pestañeó.
Mientras sus botas tocaban la superficie metálica de lo que alguna vez fue la cubierta del barco, murmuró con una calma que heló a los que lo oyeron:
—El pasado siempre vuelve a flote.
El viento rugía. Los rayos iluminaban los restos del barco volador, y el mar parecía vibrar con algo más que tormenta: una energía extraña, pulsante, casi viva.
Victor lo sintió bajo sus pies… un latido.
Los artefactos aún estaban allí.
Y esperaban.
En el helicóptero, Kathy observaba el monitor que mostraba las lecturas de energía.
—Victor… —murmuró por el comunicador—, eso que estás buscando… no es humano.