Silencio.
Luego, una melodía distorsionada, vieja, como salida de una radio oxidada, comenzó a filtrarse entre los murmullos del inconsciente.
Ethan sintió el peso del sueño pegado a sus párpados, una niebla espesa de dolor y desorientación.
La música... algo en ella le resultaba vagamente familiar, pero su mente golpeada no podía ubicarla.
—Espera... creo que ya va a despertar —dijo una voz infantil, distante, pero curiosamente viva.
Ethan abrió los ojos con dificultad. La luz blanca lo cegó por un instante.
Al enfocar la vista, lo primero que vio fue el rostro de un niño con la cara sucia y los ojos llenos de inocencia mezclada con miedo.
—¡Agh! —Ethan se enderezó de golpe, jadeando—. ¿Qué demonios...? ¿Dónde estoy? ¿Y tú quién eres?
El niño sonrió, tímido pero valiente.
—Soy Brand —respondió con voz tranquila, señalando a un pequeño de apenas cinco años que se escondía detrás de él—. Y él es mi hermano, Jim.
Ethan respiró profundamente, intentando entender su entorno. Las paredes eran metálicas, cubiertas por paneles de vidrio blindado y tubos llenos de líquido verdoso. El olor a desinfectante y óxido era tan fuerte que le quemaba la garganta.
—Mucho gusto, chicos —murmuró, pasándose una mano por el rostro—. ¿Qué demonios pasó conmigo?
Brand sonrió, casi divertido.
—Te afeité mientras dormías. Te veías... horrible.
Ethan soltó una leve carcajada.
—Bueno, gracias, supongo. No es el mejor barbero, pero aprecio el detalle. —Luego su mirada se endureció—. ¿Dónde estamos, Brand?
Antes de que el niño pudiera responder, una luz roja se encendió en la pared y una voz femenina resonó desde un altavoz oculto.
—Bienvenido de nuevo, señor Blake. Se encuentra en las instalaciones de investigación biológica de los Cuervos de Hierro.
Ethan levantó la vista, su voz endurecida.
—Identifíquese.
La respuesta llegó con una calma perturbadora.
—Soy Kathy Minter. Y lamento informarle que ha sido seleccionado como sujeto de prueba.
—¿Prueba de qué demonios...? —comenzó Ethan, pero la transmisión se cortó en seco, dejando solo el zumbido del sistema eléctrico.
Brand apretó los puños.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Ethan con urgencia, mirando hacia las puertas blindadas—. No pienso quedarme para averiguar qué tipo de “pruebas” hacen aquí.
Brand bajó la mirada.
—No creo que podamos... todo está sellado. Nadie ha escapado nunca.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí? —preguntó Ethan, notando la forma en que el niño protegía al pequeño Jim con los brazos.
—Casi un año —susurró Brand—. Vivíamos en el pueblo fuera de la instalación. Dijeron que nos pagarían por unas vacunas experimentales. Pero... después de eso, nos encerraron aquí.
Ethan apretó la mandíbula, su tono más grave.
—Vacunas, ¿eh? —Escupió una breve risa amarga—. No son vacunas, chico. Créeme.
De pronto, el sonido de pasos metálicos retumbó en el pasillo.
La puerta se abrió con un siseo hidráulico, y una mujer entró.
Su porte era imponente, su rostro serio, su uniforme perfectamente negro con el emblema plateado de The Iron Crows en el hombro.
—Blake —dijo, arrojándole un paquete a los pies—. Ponte esto.
Ethan la observó de arriba abajo, reconociendo el rostro.
—Tú... tú estabas en el barco. Claire Montrose, ¿verdad?
Claire asintió con una sonrisa apenas perceptible.
—Correcto. Ex-agente de la OCR. Ahora trabajo para alguien con objetivos más… grandes.
—¿Puedo tener un poco de privacidad? —ironizó Ethan mientras recogía la ropa.
Claire cruzó los brazos.
—Claro que no. Cámbiate. No tengo todo el día.
Ethan bufó, resignado, mientras se vestía con la camiseta oscura y los pantalones tácticos que le habían dejado.
—¿Qué clase de servicio es este? —dijo con sarcasmo—. Ni siquiera me ofrecieron desayuno.
Claire sonrió apenas.
—Tu sentido del humor no te servirá aquí, agente. Sígueme.
Ethan miró a los niños.
—¿Qué pasará con ellos?
—Eso es confidencial —respondió Claire, sin mirarlo.
Ethan frunció el ceño.
—Sí… suena a que no tienen un buen final.
Ella no respondió. Simplemente abrió la puerta, dejándole ver un largo pasillo de acero y luz blanca. Cámaras seguían cada movimiento; el sonido lejano de maquinaria biológica resonaba en las profundidades.
—¿Adónde me llevas, Montrose? —preguntó Ethan, mientras avanzaba junto a ella.
Claire giró ligeramente la cabeza, mostrando una media sonrisa profesional.
—A conocer al hombre que decide quién vive… y quién evoluciona.
El eco de sus pasos llenó el pasillo metálico. Ethan sabía que, fuera quien fuera ese hombre, no iba a gustarle.
Y mientras caminaba, una sola idea retumbaba en su mente:
Encontrar la salida. Y hacerlos pagar.
El sonido de los pasos de Claire Montrose resonaba en el largo corredor metálico. Ethan la seguía en silencio, sus manos esposadas al frente, su mente evaluando cada esquina, cada cámara, cada posible vía de escape.
El aire era pesado, cargado con el aroma químico de desinfectante, metal y ozono.
El eco de maquinaria industrial vibraba bajo sus pies, como si el lugar respirara.
Finalmente, Claire se detuvo frente a una compuerta reforzada con vidrio blindado.
Tecleó un código, y el portón se abrió con un siseo hidráulico, revelando un laboratorio que parecía más un santuario de ciencia profana que un simple centro de investigación.
Luces fluorescentes bañaban el recinto en un blanco casi quirúrgico.
Tubos de ensayo, cápsulas criogénicas y pantallas holográficas proyectaban imágenes de ADN entrelazado con una sustancia dorada que latía, como si estuviera viva.
En el aire flotaba una calma falsa, la clase de silencio que precede al horror.
De la sombra al fondo del laboratorio, una figura emergió con paso calculado.
Su presencia llenaba el lugar con autoridad fría.
Traje blanco impecable, guantes de cuero, lentes oscuros.
Victor Blackstone.