El Misterio De El Fugitivo Encadenado

Capítulo 9 — La Rebelión de los Niños

El aire en las instalaciones era denso y frío, impregnado del olor metálico del acero y del zumbido constante de los servidores.
Kathy Minter, con una taza de café humeante en la mano, observaba las cámaras desde la sala de control. Sus dedos volaban sobre los teclados, cambiando de monitor en monitor, hasta que algo la inquietó.

—¿Qué diablos...? —susurró, frunciendo el ceño.
En la celda de observación número 7, los niños no se movían.
Brand y Jim estaban tirados en el suelo, inmóviles.

Kathy dejó la taza a un lado.
—Hentrix, baja a verificar el módulo infantil. Quiero saber qué está pasando. Y rápido.

—En camino —respondió la voz del agente por radio.

Hentrix avanzó por los pasillos de acero, su linterna cortando la oscuridad azulada. Cada paso resonaba con un eco hueco, acompañado por el sonido lejano de las turbinas de ventilación.
Al llegar a la sala, la puerta se abrió con un chirrido.

—¿Niños...? —preguntó con tono escéptico.

Silencio.
Solo la respiración del agente llenaba el aire.

Entonces, algo silbó.
Una bola de papel chocó directo contra su ojo.

—¡AAH! ¡¿Qué demonios?!

Desde el suelo, Brand estalló en risas.
—¡Jajaja! ¡Caíste!

El agente apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Ethan Blake emergiera de la sombra detrás de él como un espectro.
Un solo golpe certero al cuello bastó. Hentrix cayó al suelo, inconsciente.

Ethan exhaló, estirando los hombros.
—Vaya... no sabía que tenías una resortera, pequeño. Buena puntería.

Brand sonrió, orgulloso.
—Gracias. ¿Tú también eras un agente, como los de la OCR?

Ethan lo miró, sorprendido.
—¿Cómo sabes de eso?

—Lo escuché cuando los guardias hablaban. Dijeron que eras peligroso.

Ethan rió suavemente, mientras revisaba el cuerpo del guardia y le quitaba su pistola.
—Bueno, no estaban tan equivocados.

Luego levantó la vista hacia la cámara de seguridad.
Sabía que Kathy estaba mirando.

Con una sonrisa arrogante, levantó la mano, hizo un gesto de beso y dijo:
—Hola, Kathy... te extrañé.

Disparó.
La pantalla del monitor estalló en chispas, y las alarmas comenzaron a rugir como bestias mecánicas.
Luces rojas inundaron los pasillos.

En la sala de control, Kathy se levantó de golpe.
—¡Código rojo! ¡Tenemos una brecha en el sector C! —gritó—. ¡Max, Claire, movilicen al equipo de contención!

Max, desde el canal de radio, respondió con fastidio y una sonrisa arrogante:
—Tranquila, Kathy. Solo es un agente con complejo de héroe. Me encargaré personalmente.

Mientras tanto, Ethan, Brand y Jim corrían por el pasillo iluminado por las alarmas. El sonido metálico de las compuertas cerrándose los perseguía.
Ethan sabía que no tenían tiempo.

—Brand, ponle los audífonos a tu hermano. Súbele la música todo lo que puedas —ordenó, mientras empujaba una mesa de metal para bloquear la entrada.

—¿Por qué? —preguntó el niño, desconcertado.

—Porque lo que va a pasar a continuación va a ser ruidoso —respondió Ethan con una media sonrisa.

Brand obedeció. Jim, con los audífonos puestos, comenzó a escuchar “Mamma Mia” en bucle, inconsciente del infierno que se acercaba.

El sonido de pasos resonó desde el corredor.
Guardias armados con fusiles tácticos aparecieron.

Ethan se cubrió tras la mesa.
—¡Cúbrete!

El primer disparo estalló contra el metal, haciendo saltar chispas. Ethan respondió con precisión quirúrgica, disparando dos veces y derribando al primer enemigo.

—¡Uno menos! —gritó con energía.

Brand, excitado por la adrenalina, se asomó y lanzó otra bola de papel con su resortera.
—¡Toma eso!

Ethan soltó una carcajada entre disparos.
—Eres todo un soldado, chico. No dejes de moverte.

Otro guardia cayó.
—¡Dos! —anunció Ethan, recargando con un movimiento limpio.

El aire se llenó de humo, el sonido de los disparos retumbaba en los pasillos cerrados, y las luces rojas parpadeaban como si todo el complejo respirara con vida propia.

A pesar del caos, Ethan sonreía.
No era solo un combate: era una declaración.
Después de días siendo un experimento, por fin estaba tomando el control.

Los tres avanzaban entre el humo y el ruido, con la determinación ardiendo en sus ojos.
Cada bala, cada movimiento, los acercaba más a la libertad... y más a una guerra que apenas comenzaba.

El pasillo quedó en silencio.
Solo el zumbido eléctrico de las luces de emergencia rompía la quietud, y el olor a pólvora impregnaba el aire.
Los cuerpos de los guardias estaban esparcidos por el suelo, inmóviles.
Ethan respiraba con dificultad, el sudor corriendo por su frente.

—Bien hecho, chico... —dijo, mirando a Brand—. Ya estamos cerca.

Brand lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Lo logramos...?

Ethan asintió, levantando la vista.
Al final del pasillo, una gran compuerta metálica se abría lentamente. Detrás, la luz natural del exterior se filtraba por primera vez.
El bosque de la isla los esperaba.

Pero justo cuando dio el primer paso hacia la salida, una voz helada resonó detrás de él.

—¿De verdad pensaste que sería tan fácil, agente Blake?

Ethan giró lentamente.
Del humo, Max emergió con una sonrisa soberbia, su traje oscuro impecable, los ojos brillando con una arrogancia casi inhumana. A su lado, Claire Montrose, su silueta elegante sosteniendo una pistola de diseño plateado, avanzaba con paso firme.

—Oh, grandioso... —murmuró Ethan, ajustando su arma—. Me hacían falta ustedes dos para completar el maldito cuadro.

Max soltó una carcajada.
—¿De verdad creíste que ibas a huir con un par de mocosos? Qué adorable.



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Editado: 06.01.2026

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