El Misterio De El Fugitivo Encadenado

Capítulo 11: Nueva Fuerza

El aire del laboratorio estaba impregnado de electricidad, de ese silencio tenso que precede a algo importante.
La doctora Vosk se mantuvo inmóvil unos segundos, observando a Ethan y Paulo con una mezcla de cautela y curiosidad.
Luego, con un gesto preciso, extrajo de un contenedor hermético un pequeño insecto translúcido. Su exoesqueleto brillaba bajo la luz blanca del techo, con un resplandor casi metálico. Las antenas del ser vibraban con un zumbido apenas audible, como si percibiera el miedo o la energía de quienes lo observaban.

—Este... —dijo la doctora con un tono orgulloso, casi reverente— es un modelo de combate biotecnológico clase Virex-9. Diseñado para seguir comandos neurológicos y atacar con precisión quirúrgica. Puede perforar acero... o hueso.

Ethan la miró, arqueando una ceja.
Paulo, cruzado de brazos, soltó una carcajada seca.
—¿Un bicho? ¿Eso es todo tu arsenal, doctora?

Ethan no pudo evitar reírse también.
—Déjame adivinar… ¿te hace el desayuno también?

Vosk los fulminó con la mirada, claramente ofendida.
—Se burlan de lo que no comprenden. Este insecto fue creado para obedecer sin miedo ni fatiga. Si se los ordenara, los haría pedazos antes de que pudieran pestañear.

Ethan bajó la sonrisa y, de pronto, su tono se volvió más serio, más frío.
—No dudo de eso. Pero no estoy aquí para competir con tus mascotas. Estoy aquí para acabar con Victor... y necesito sobrevivir para hacerlo.

Un silencio pesado los envolvió.
Las luces parpadearon una vez más. La doctora lo observó con atención, estudiando cada movimiento de Ethan.
Había algo en su postura, en su mirada obstinada, que le resultaba... fascinante.

—Dime, doctora —dijo Ethan rompiendo el silencio—, tú conoces este virus mejor que nadie.
¿Podrías ayudarme a controlarlo?
—¿Controlarlo? —repitió ella con una mueca de asombro—. He visto a docenas intentarlo. Todos terminan calcinados desde dentro.
—Yo no soy “todos”.

Esa frase, dicha con esa voz firme, bastó para que Vosk se acercara unos pasos más.
—Eres el sujeto Helix, ¿verdad? —preguntó con tono bajo—. El nuevo prototipo. Te vi en los registros de Kronovus.
No quise participar en ese proyecto... era demasiado cruel incluso para mí.
—Sí, bueno... ya sabes, moriré, sufriré, bla, bla, bla —murmuró Ethan con su típico sarcasmo.

Ella lo miró, seria.
—No te burles de eso. Si tu cuerpo ha resistido hasta ahora, es por pura coincidencia. El Helix Nexus quema a sus portadores desde dentro. Lo que tienes no es poder, es una bomba esperando explotar.

Paulo interrumpió, inquieto.
—Entonces, ¿cómo sobrevivió el Sujeto N.03?

Vosk suspiró, como si aquel recuerdo pesara más de lo que quería admitir.
—Lo estabilicé con un suero neutralizador temporal. Pero... el compuesto alteró su mente. Lo volví incontrolable. Un monstruo sin propósito.

Ethan frunció el ceño.
—Entonces, tendrás que aplicarme ese mismo suero. Si me voy a convertir en algo, al menos que sirva para derrotar a Victor.

Paulo lo miró incrédulo.
—¿Estás loco? Eso podría matarte.
—He tenido peores días —respondió Ethan con una media sonrisa—. Además, no tengo mucho que perder.

Vosk lo observó unos segundos, y algo cambió en su mirada.
No era solo respeto científico… era admiración.
Su voz bajó, casi un susurro.
—Está bien, agente Blake. Te ayudaré... pero con una condición.

Ethan arqueó una ceja.
—¿Y cuál es el precio de tu milagro?

Ella se acercó lentamente.
El aire entre ambos parecía cargarse de una electricidad nueva.
Cuando habló, su voz fue tan baja que Paulo apenas la escuchó.
—Cumplirás mi parte del trato cuando esto acabe. Y te juro que sabrás cuándo.

Ethan la miró fijamente, su mandíbula tensa.
No sabía si confiar, pero en ese momento, no tenía opción.
—Trato hecho —dijo con voz firme.

La doctora asintió y preparó una jeringa con un líquido plateado que brillaba tenuemente.
Paulo dio un paso atrás.
—Eso no parece medicina.
—No lo es —respondió ella, clavando la aguja en el brazo de Ethan.

El líquido entró en su cuerpo como fuego líquido. Ethan apretó los dientes, sintiendo cómo su sangre ardía, cómo su visión se llenaba de destellos dorados.
Pero no cayó. No gritó.
Solo respiró hondo y se mantuvo en pie.

—Imposible… —susurró Vosk, maravillada—. Lo está asimilando.

Ethan abrió los ojos.
Su iris ahora brillaba con un resplandor dorado y sutil, como si una nueva energía se hubiese despertado dentro de él.
Una fuerza contenida, lista para desatarse.

—Se siente... diferente —murmuró, flexionando los dedos—. Más estable.
—Eso es porque lo es —dijo Vosk, con un brillo de orgullo en la mirada.
Paulo lo observó, impresionado.
—Tienes fuego en los ojos, Blake.
Ethan se pasó una mano por el rostro.
—Es hora de usarlo. Vamos por Victor.

Antes de irse, Ethan se giró hacia Vosk.
Ella lo miraba en silencio, con una mezcla de admiración y algo más que no se atrevía a decir.
—Ten lista esa avioneta, doctora —dijo él con media sonrisa—. Cumpliré mi parte del trato.

Ella asintió, bajando la mirada apenas, pero su sonrisa traicionó la emoción en su voz.
—Te esperaré, Ethan.

Con un último vistazo, él y Paulo se adentraron por el pasillo metálico, las sombras tragándolos poco a poco.
La doctora se quedó sola frente a las luces intermitentes del laboratorio, su bata manchada de suero y sudor.
Miró la jeringa vacía en su mano…
y susurró, apenas audible:

—Ethan Blake… no sabes lo que acabas de aceptar.

El cielo sobre las instalaciones de los Cuervos de Hierro estaba teñido de gris. La tormenta que se avecinaba agitaba los árboles, y el viento parecía gemir entre los muros metálicos del complejo.



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Editado: 06.01.2026

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