El eco de los disparos se desvanecía entre el humo y los destellos intermitentes de las alarmas. El laboratorio ardía con una mezcla de luces rojas y sombras que parecían devorar las paredes.
El aire olía a metal, sudor y sangre.
Ethan respiraba con dificultad. Su brazo temblaba mientras apuntaba a Victor. A su lado, Paulo jadeaba, cubierto de heridas y sudor. Frente a ellos, Claire Montrose cayó al suelo tras recibir el último golpe, su guardapolvo manchado de polvo y sangre.
El silencio que siguió fue tan tenso que parecía una pausa antes del fin.
—¡Se acabó, Victor! —gritó Ethan, su voz resonando entre el zumbido de las máquinas moribundas—. ¡Tu experimento termina aquí!
Victor Blackstone giró lentamente hacia ellos, sus ojos llenos de una calma perversa. En su mano, sostenía una jeringa que brillaba bajo la luz parpadeante. El líquido oscuro en su interior parecía vivo, reptando como un veneno consciente.
—¿Termina? —repitió con una sonrisa torcida—. Oh, Ethan... esto apenas comienza.
Alzó la aguja con teatralidad, dejando que la luz la atravesara.
—Los niños morirán de todas formas. El verdadero virus… el sucesor del Helix Nexus… está aquí. —Miró hacia Claire y extendió su mano—. Úsalo. Demuéstrame tu lealtad.
Claire bajó la cabeza. Su respiración temblaba. Por un instante, pareció dudar.
—Lo siento… señor.
Ethan la observó con el corazón en un puño. Pero entonces, con un movimiento rápido, Claire sacó un cuchillo oculto en su bota y lo apuntó directamente a la garganta de Victor.
—Recuerdo lo que es correcto.
El rostro de Victor se congeló. Por un segundo, el monstruo mostró algo humano: sorpresa. Luego sonrió con siniestra satisfacción.
—Eso es, Claire. La rebelión también es parte de la evolución.
Pero no hubo tiempo para más. Un grito desgarrador quebró el momento.
Kathy, arrastrándose por el suelo, su rostro bañado en sangre, apareció detrás de Paulo. Sus ojos estaban vacíos, pero su mano temblorosa sujetaba otra jeringa.
—Por la evolución… —susurró.
¡SHHHK!
La aguja se hundió en el cuello de Paulo antes de que Ethan pudiera reaccionar. Kathy cayó al suelo con una sonrisa vacía, muerta al instante.
Victor observó la escena con placer enfermizo.
—Admira la evolución, Blake. Tu amigo será el próximo paso de la humanidad.
Paulo cayó de rodillas, gritando. Sus venas se tensaron bajo la piel, las arterias brillando con un tono rojo carmesí que se expandía por todo su cuerpo.
—¡Paulo! —Ethan corrió hacia él, sujetándolo por los hombros.
—¡Soporta, amigo! ¡Respira! —intentó contenerlo mientras las convulsiones lo sacudían con violencia.
Victor dio un paso atrás, con una sonrisa satisfecha.
—La perfección duele, ¿verdad?
Y sin esperar más, se dio media vuelta y corrió por el pasillo trasero.
—¡Yo me encargaré de él! —gritó Claire, persiguiendo a Victor con el arma aún en mano.
Ethan se quedó con Paulo y los niños.
El laboratorio comenzó a temblar. Los tubos estallaban, las luces se apagaban una a una.
Brand y Jim, débiles sobre una camilla, miraban aterrorizados cómo su padre cambiaba ante sus ojos.
Grietas rojizas se extendían por su piel, como venas encendidas desde el interior. Su respiración se volvió un rugido gutural.
—¡Papá! —gritó Jim—. ¡No!
De pronto, Paulo abrió los ojos. No eran los suyos. Eran oscuros, inyectados en sangre, salvajes. Con un movimiento brutal, lanzó a Ethan contra una pared metálica.
Ethan sintió el impacto en su espalda, el aire escapando de sus pulmones.
El Helix Nexus respondió de inmediato. Su cuerpo ardió, su visión se distorsionó. Una parte de él, la parte que ya no era del todo humana, quería pelear. Quería destruir.
Ambos se abalanzaron el uno sobre el otro, monstruos diferentes luchando por mantener su humanidad.
Los golpes eran secos, pesados. El suelo se agrietaba con cada embate.
Desde la camilla, Brand reunió sus últimas fuerzas para gritar:
—¡Ethan! ¡Los antídotos!
Ethan, jadeando, miró hacia la mesa cercana. Los tres frascos brillaban entre el humo, intactos.
Con un esfuerzo sobrehumano, se soltó del agarre de Paulo y corrió hacia ellos. Pero justo entonces, un estruendo sacudió todo el complejo.
¡BOOM!
Una explosión hizo temblar el suelo. El techo comenzó a ceder. Fragmentos de acero y concreto llovían desde lo alto.
Uno de los trozos más grandes cayó directamente sobre Paulo, sepultándolo entre polvo y fuego.
Ethan se cubrió el rostro y corrió hacia él, pero algo lo detuvo.
Paulo aún respiraba. Entre las ruinas, sus ojos habían recuperado algo de claridad.
—Ethan… —murmuró, su voz rota.
Ethan se arrodilló junto a él, sosteniéndolo.
—Tranquilo, lo lograremos. —Le pasó uno de los frascos—. Ponte esto. Es tu única oportunidad.
Paulo lo tomó con manos temblorosas y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Lo haré… en el camino. Pero los niños primero.
Ethan asintió, su mirada firme a pesar del dolor. Corrió hacia Brand y Jim, inyectando los antídotos restantes en sus brazos. El brillo del líquido desapareció bajo la piel de los niños, y sus respiraciones comenzaron a estabilizarse.
El suelo volvió a temblar. Las llamas se extendían.
Ethan regresó junto a Paulo, lo ayudó a levantarse y lo pasó sobre su hombro. Ambos, tambaleándose entre humo y fuego, comenzaron a avanzar hacia la salida.
Cada paso era una lucha contra el derrumbe, contra el rugido del infierno desatado.
El laboratorio que alguna vez representó la ambición humana ahora se desmoronaba como un monumento a la arrogancia y la culpa.
Mientras caminaban entre ruinas, Ethan apretó la mandíbula y miró hacia el pasillo donde Claire había desaparecido.
Sabía que la batalla aún no había terminado.