El viento silbaba entre los árboles cuando la avioneta descendió con dificultad, abriéndose paso entre la neblina que cubría el claro. El tren de aterrizaje tocó tierra con un chirrido áspero, levantando una nube de polvo y hojas muertas.
El rugido del motor se apagó lentamente, dejando tras de sí un silencio pesado… casi fúnebre.
A los pocos segundos, las luces de varios vehículos se proyectaron entre los árboles.
Holf y Clover, acompañados de un escuadrón de la OCR, irrumpieron en el claro. Los agentes levantaban sus armas, cubriendo todos los ángulos, mientras el veterano comandante avanzaba hacia la avioneta con paso firme.
—Aseguren el perímetro —ordenó Holf, su voz profunda cortando el aire.
Subió a la aeronave de un salto, empuñando su arma por instinto.
El interior estaba oscuro, impregnado del olor metálico del combustible y del humo de la explosión lejana.
Sus ojos recorrieron cada rincón… pero Ethan no estaba.
Solo los dos niños.
Brand y Jim, sentados en silencio, con la mirada perdida y las ropas manchadas de hollín.
Por un instante, Holf se quedó quieto, sin decir nada.
Luego, bajó el arma, dejando escapar un suspiro cansado.
—Ethan… —murmuró—. Pensé que esta vez sí te habías ido al infierno.
Brand lo miró con atención, como si ya supiera quién era.
—Tú eres Holf… ¿verdad?
El hombre arqueó una ceja.
—Así es, chico. ¿Y tú quién demonios eres?
El niño se enderezó, intentando sonar más fuerte de lo que realmente se sentía.
—Soy Brand. Ethan me dijo que te diera esto. —Sacó un sobre algo arrugado de su chaqueta y se lo extendió.
Holf lo tomó sin decir palabra.
Lo abrió con cuidado, y de su interior cayó un pequeño teléfono celular, junto con una hoja escrita a mano.
La reconoció al instante: la letra firme, ordenada, de Ethan Blake.
Comenzó a leer en voz baja, pero a medida que las palabras cobraban peso, su tono se volvió más grave, más lento.
“Como este exjefe ya habrá visto que sigo vivo, quiero decir que nunca más volveré a trabajar con la OCR.
Quiero que todo lo que queda de mi sueldo se lo den a estos dos niños.
Entrénalos, enséñales a sobrevivir, a ser mejores que nosotros.
Si no lo haces, ya sabes dónde encontrarme.
A mi abuela y a mi hermana ya les llegó mi informe de muerte; no quiero meterlas en esto.
Eso sería todo.
Holf… adiós.”
El silencio que siguió fue casi insoportable.
Ni siquiera el viento se atrevía a moverse.
Clover, que se había acercado al umbral de la puerta, escuchó la lectura en silencio.
La expresión de Holf se endureció, pero en sus ojos se asomaba algo más profundo: respeto… y culpa.
El viejo agente apretó el papel entre sus dedos, bajando la vista.
—Maldito testarudo… —susurró con voz ronca—. Siempre haciendo las cosas a su manera.
Brand lo observó con cautela.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó, rompiendo el silencio.
Holf levantó la mirada hacia él.
Por un momento, el hombre que todos conocían como un militar frío y calculador pareció humano, vulnerable.
—Primero… —dijo, respirando hondo—. Asegurar que ustedes estén a salvo.
—¿Y después? —insistió el niño.
—Después reconstruiremos lo que se destruyó… y encontraremos las respuestas que Ethan buscaba.
Clover dio un paso adelante, posando una mano sobre el hombro de Brand.
—Vamos a llevarlos a un lugar seguro. Han pasado por demasiado.
El sol comenzaba a descender tras las montañas, tiñendo el cielo de un rojo profundo.
La luz del ocaso se filtraba por la cabina de la avioneta, iluminando los rostros cansados, las heridas, los silencios.
Por primera vez en mucho tiempo, Holf permitió que su mirada se suavizara.
Los niños eran la última chispa de un futuro que aún podía cambiar.
Y Ethan…
Ethan había dejado su última lección grabada en cada palabra de esa carta:
nunca volver atrás, sin importar el costo.
Mientras los agentes aseguraban la zona, Holf cerró el sobre con cuidado y lo guardó dentro de su chaqueta.
—Vamos —dijo con voz firme, recuperando su temple—. Tenemos trabajo que hacer.
Clover asintió.
Brand y Jim los siguieron, caminando entre el polvo y las sombras del bosque.
El aire olía a tierra quemada… pero también a libertad.
A lo lejos, el sol desapareció del todo, dejando solo la penumbra.
Una nueva etapa estaba a punto de comenzar, una donde los nombres de Victor, Vosk y los Cuervos de Hierro aún resonaban como ecos lejanos de una pesadilla sin terminar.
Pero por ahora, Holf, Clover y los niños siguieron avanzando bajo la tenue luz del crepúsculo.
Porque incluso en un mundo corrompido por el virus, la esperanza aún respiraba.
Y en alguna parte del horizonte, donde el mar y el cielo se unían,
Ethan Blake seguía vivo.
Vigilando. Esperando.
Una semana más tarde…
(12 de diciembre 2014)
El ruido de vasos, el humo del tabaco y el murmullo de conversaciones llenaban un bar a las afueras de Estambul.
Ethan Blake estaba sentado en la esquina más oscura, con la mirada perdida en su vaso de whisky.
Su rostro reflejaba cansancio, pero también una calma peligrosa, la de alguien que había visto demasiado y sobrevivido a todo.
En la televisión del bar, un noticiero internacional hablaba de los “misteriosos incendios en el Mar Negro” y del “colapso de una base de investigación biológica no registrada”.
Ethan no prestó atención. Solo bebió otro sorbo y exhaló, como si intentara enterrar los fantasmas del pasado con cada trago.
—Bonito trabajo el que hiciste allá, Blake. —dijo una voz grave a su espalda.
Ethan levantó la vista.
Un hombre de unos cuarenta años, barba bien recortada, chaqueta de cuero y mirada calculadora, se sentó frente a él sin pedir permiso.
No era un civil. Su postura, su tono, su presencia… todo gritaba soldado.