Julie, más rápida que sus propios pensamientos, dio un paso adelante. No estaba hecha para huir, ella miró la expresión de la chica y no vio amenaza. Vio... agotamiento, miedo puro. Y algo más, algo que no sabía explicar, pero que le erizó la piel al instante.
— Oye... —dijo Julie, con la voz suave pero firme—. Está bien, no vamos a hacerte daño.
La chica levantó la vista. Sus ojos eran enormes, oscuros, casi vacíos... pero vivos. Se aferró a la luz de la linterna de Julie como si fuera un salvavidas. Dio un paso hacia atrás, luego hacia adelante, parecía debatirse entre huir o desplomarse. Mike bajó su linterna lentamente, mostrando las manos abiertas para no asustarla.
— Podemos ayudarte —dijo él, respirando hondo para sonar calmado—. Estamos buscando a un amigo. Y... tú pareces necesitar ayuda también, mi casa no está lejos.
La chica no respondió, pero sus labios se movieron como si quisiera decir algo y no pudiera. Un trueno retumbó en el cielo, la chica se estremeció. Fue suficiente para que ella diera un asentimiento mínimo, apenas perceptible. Mike se quitó la chaqueta sin pensarlo dos veces y se la extendió. La chica tardó varios segundos en alzar las manos y tomarla. Julie sintió el aire cambiar a su alrededor. Algo en el bosque, en esa niña, en el silencio posterior, todo era una pieza de un rompecabezas que no conocían.
— Chicos... —susurró Dustin, encogiéndose bajo la lluvia—. ¿Qué hacemos ahora?
Lucas miraba a un lado y a otro como esperando que la niña desapareciera o que algo más saliera de la oscuridad. Julie dio un paso hacia Mike y la chica, poniéndose naturalmente entre ellos y el bosque, como un escudo.
— La llevamos a tu casa —dijo con una firmeza que no aceptaba discusión—. Sea lo que sea... ella sabe algo, no está aquí por accidente.
Mike asintió, aunque claramente no comprendía del todo lo que estaban haciendo.
El sótano de los Wheeler estaba oscuro y más frío de lo que recordaban. Desde el primer escalón se notaba la humedad pegándose en la ropa y en la piel, y ese olor a polvo viejo, metal oxidado y madera mojada que siempre parecía atrapado ahí, como si el lugar viviera en un otoño eterno. La linterna de Mike cortaba apenas un pequeño círculo de luz en medio de la oscuridad.
Mike bajó primero, tanteando cada escalón para no resbalar. Detrás de él venían Dustin, Lucas y Julie, todos todavía empapados por la lluvia que seguía golpeando la casa como si quisiera entrar. Cada gota que caía creaba un eco apagado que hacía vibrar los tubos de ventilación del sótano.
La chica se había quedado en lo alto de la escalera, quieta, con la mano apoyada en la pared. Observaba a los cuatro desde arriba, con esa expresión mitad asustada, mitad alerta, que nadie lograba interpretar. Sus ojos seguían cada movimiento como si fuera vital para su supervivencia. Parecía dudar incluso de si debía bajar o no, aunque finalmente bajó con ellos.
— Bueno... este es nuestro cuartel. —Murmuró Mike al llegar al sótano, sintiéndose un poco expuesto al mostrar su espacio "secreto" así, de la nada.
El sótano estaba lleno de cosas acumuladas por años: cajas apiladas, un viejo televisor en una esquina, el pequeño sofá raído que usaban para las campañas de D&D, manuales, lámparas descompuestas y una bicicleta desarmada de Nancy que nadie se había molestado en arreglar. La luz tenue hacía que todo se viera más inquietante de lo normal.
Dustin dejó caer la mochila en el piso con un golpe sordo. El sonido resonó un poco más de lo esperado.
— Genial, ahora también es un hotel de fugitivos. —Dijo, pero su tono no tenía enojo; había algo parecido a emoción nerviosa por lo desconocido.
Julie se quedó un poco atrás. Observaba a a la chica con detenimiento, sin acercarse demasiado. Había algo en la chica rapada, en su postura temerosa y en sus ojos enormes, que le generaba una mezcla de inquietud y ternura. No era una amenaza, era una herida caminando. Ella respiraba de forma corta, casi imperceptible, como si estuviera preparada para correr o defenderse en cualquier instante.
Cuando Julie dio un pequeño paso hacia ella,pero retrocedió apenas un centímetro, lo justo para dejar claro que no confiaba todavía. Mike intentó suavizar el ambiente.
— Puedes quedarte aquí por ahora... —dijo despacio, con esa voz casi protectora que usaba cuando hablaba de Will. La chica lo miró y asintió despacio. No dijo ni una palabra, pero su rostro mostraba alivio y temor al mismo tiempo, como si no esperara amabilidad.
Lucas, con los brazos cruzados y la ropa chorreando, no disimulaba su molestia.
Los cuatro subieron nuevamente, dejándola por un momento sola en el sotáno. Ellos la miraban desde las escaleras, ella se encontraba allí, en el sofá, sin saber qué hacer.
— ¿Y si nos mete en problemas? —soltó Lucas—. No sabemos nada de ella, nada.
Su tono fue más cortante de lo que pretendía, pero la preocupación era genuina: uno de sus mejores amigos había desaparecido, la policía estaba en alerta, y ahora tenían a una extraña escondida en un sótano.
La reacción de la chica fue inmediata. Levantó la mirada ante el sonido de la voz dura de Lucas, como un animal asustado que oye a alguien levantar la voz. Sus ojos se clavaron en él, oscuros, intensos, tensos.
Y entonces ocurrió.
La puerta del sótano, la de abajo, la que daba a las escaleras del sótano, se cerró de golpe, con un estruendo que reverberó por todo el lugar. No hubo viento, ni corriente, ni manos humanas. Solo un golpe seco, fuerte, definitivo.
Los cuatro se giraron al mismo tiempo, helados. La linterna de Mike tembló un poco en su mano, Dustin abrió los ojos como si estuviera frente a un monstruo salido del manual de D&D.
— Eso... eso no fue el viento.
Era evidente que ella había provocado el cierre. Julie sintió un escalofrío recorrerle la espalda, tragó saliva, sin apartar la vista de la puerta.