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La lluvia había amainado cuando el grupo finalmente llegó a la calle donde Joyce y Hopper los esperaban. Las luces de la camioneta del sheriff iluminaban las gotas sobre el pavimento y los charcos reflejaban un cielo gris, pesado, cargado de tormenta.
— ¡Ahí están! —exclamó Joyce, corriendo hacia ellos mientras su rostro reflejaba preocupación y alivio a partes iguales.
Hopper, con la gorra calada y los ojos entrecerrados, evaluaba a los chicos con rapidez. El barro manchaba sus botas, y la respiración entrecortada de todos hacía que el momento se sintiera aún más tenso.
— ¿Están todos bien? —preguntó Hopper—. ¿Qué pasó? —Julie bajó de su bicicleta y se adelantó.
— Fue el Demogorgon. —Dijo, intentando resumirlo sin asustarlos más de lo necesario—. Once lo detuvo, nos salvó a todos.
Once permanecía junto a Mike, todavía pálida y temblando, pero con los ojos brillantes de determinación. Hopper la miró con cierta incredulidad.
— ¿Otra vez tú, chica? —murmuró—. Esto no puede seguir pasando...
Once no respondió, solo asintió levemente y bajó la cabeza. Joyce se acercó y la abrazó sin dudarlo, como si quisiera transmitirle que todo estaría bien, aunque nada pareciera estarlo.
— Tenemos que movernos rápido —intervino Mike—. El Upside Down sigue activo, y no podemos quedarnos a la intemperie.
Julie miró a Joyce y Hopper, su corazón latiendo con fuerza.
— Tenemos un plan —dijo—, pero va a necesitar la ayuda de todos.
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— Tenemos que encontrar a Will. —Dijo Mike, rompiendo el silencio que pesaba sobre ellos como una losa.
— Tenemos que hacerlo ahora. —Agregó Lucas, esta vez sin el tono desafiante que a veces lo caracterizaba, solo miedo y determinación. Dustin asintió con la cabeza, sus labios apretados.
— Si el Demogorgon está más activo, significa que algo lo está obligando. O que el Otro Lado se está abriendo más. —La voz de Dustin era baja, pero cargada de preocupación.
Julie miró a Once, quien levantó apenas la cabeza, los ojos enrojecidos, y respiró con dificultad.
— Puedo encontrarlo, —murmuró Once, arrastrando las palabras con un cansancio profundo—, pero necesito ayuda.
— ¿Qué necesitas? —preguntaron, con la voz suave, apenas un susurro.
Once señaló con la mirada las instrucciones que el profesor Clarke les había dado tiempo atrás: un tanque sensorial, agua salada, aislamiento. Su dedo temblaba ligeramente al indicar cada elemento.
— Un tanque real no podemos, pero el gimnasio de la escuela tiene la piscina grande. Podemos improvisar. —Mike asintió, comprendiendo al instante la magnitud del desafío.
— ¡Eso! Con suficiente sal... —agregó Dustin, su voz temblando de emoción y miedo a la vez.
Antes de salir, Julie notó que Lucas seguía tenso, con el ceño apretado. No era enojo esta vez; era culpa y ansiedad. Ella se acercó lentamente, apoyando una mano en su brazo.
— Lucas... —dijo en voz baja. Él levantó la mirada, vacilante, buscando palabras.
— Lo sé. —murmuró él—. Fui un idiota, te arrastré al bosque. Y si te hubiera pasado algo...
— Pero no me pasó, y tampoco fue solo culpa tuya —respondió Julie, cruzándose de brazos, firme pero suave—. Todos estábamos asustados, solo que el miedo te hizo actuar... fuerte.
Lucas bajó la cabeza un segundo, luego volvió a mirarla, con los ojos brillando por la mezcla de vergüenza y alivio.
— Solo... no quiero perder a nadie más. Ni a Will... ni a ustedes.
Julie sintió un nudo en la garganta. Sin meditarlo, avanzó y lo abrazó con fuerza. Lucas se quedó rígido un instante... y luego rodeó sus brazos alrededor de ella, escondiendo la cara en su hombro como si hubiera estado conteniendo las lágrimas todo el día.
Dustin, desde el otro lado, los observó con una pequeña sonrisa, mezcla de alivio y diversión.
— Bueno, bueno, ¿Ya terminaron? —dijo, con su tono característico para cortar la tensión—. Porque si seguimos tardando, el Demogorgon va a encontrar a Will antes que nosotros.
Lucas rió apenas, limpiándose la cara, y Dustin infló el pecho con orgullo.
— Gracias, Dust.
— Para eso estoy —respondió el chico—. Aunque... si vuelves a acercar a Juls-bee al Demogorgon otra vez, te mataré yo con mis propias manos.
Julie sonrió, apretando suavemente los labios.
— No me vas a perder. —Dijo ella, golpeando su casco con suavidad—. Nunca.
El grupo se levantó y, con las bicicletas, se dirigieron hacia la escuela. La noche estaba cerrada, y el aire frío los azotaba mientras avanzaban. Once iba con Mike, aferrándose a su cintura; se veía frágil, pero su expresión era de pura determinación. Julie pedaleaba al lado de Dustin, sintiendo cómo el viento cortaba sus mejillas, mezclándose con la lluvia ligera que aún caía.
El silencio de las calles era casi absoluto. Cada sombra parecía viva, cada crujido de rama o charco golpeando el pavimento hacía que su corazón latiera con fuerza.
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Llegaron a la escuela, vacía y silenciosa como un templo abandonado. Forzaron la puerta lateral y entraron sin encender luces. El eco de sus pasos se multiplicaba en los pasillos, creando un ritmo inquietante que los acompañaba hasta el gimnasio.
Allí, el olor a cloro los envolvió, mezclándose con el frío húmedo del edificio. Dustin dejó caer la bolsa llena de sal robada del aula de ciencias, y suspiró.
— No puedo creer que estamos haciendo esto.
— Yo sí —respondió Mike, con los ojos fijos en Once—. Es la única forma de llegar a él.
Once avanzó hasta el borde de la piscina, respirando con lentitud, cada paso reflejando su concentración y miedo. Lucas fue el primero en acercarse.
— No tienes que hacerlo sola. —Su voz era firme, tranquilizadora. Julie se unió, tomando la otra mano de Once.
— Vamos a estar aquí, pase lo que pase.