Hawkings - 1984
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Las paredes del arcade estaban cubiertas de carteles desteñidos, pegatinas con puntuaciones legendarias y una luz de neón que nunca se apagaba por completo, aunque a veces pareciera querer dormirse. Un sonido constante, mezcla de botones, risas y el chasquido metálico de palancas, revestía el lugar como una segunda piel. Era un universo fuera del tiempo, uno donde el mundo real quedaba suspendido detrás del tintineo de fichas.
Dustin entró apurado, como siempre. Tenía el cabello alborotado, la gorra ladeada y esa mezcla de excitación y pánico que lo hacía encantadoramente nervioso. Julie lo siguió con paso más relajado; ella conocía ese ritmo de emoción por hábito: ir con Dustin al arcade era una promesa de caos controlado y de historias para contar.
— ¡Ahí está! —exclamó Dustin antes de que la puerta terminara de cerrarse—. ¡Toma nota, Juls-bee! Voy a batirle el récord a Lucas hoy.
Julie rodó los ojos con sonrisa, guardando el abrigo en un perchero mientras observaba las pantallas. Las luces verdes y moradas se reflejaban en sus pupilas. Le gustaba el lugar por razones distintas a Dustin: allí podía leer caras, notar cómo la gente se movía cuando un juego la absorbía; le gustaba ver los pequeños rituales, la forma en que un chico limpiaba la palanca, la manera en que una niña masticaba el labio antes de apretar Start. El arcade era una biblioteca de gestos.
Caminaron entre máquinas hasta la esquina donde estaba DIG DUG, el monitor rectangular parpadeando con píxeles perfectos. Un pequeño grupo se arremolinaba alrededor como cuando en la escuela aparece algo que ninguno entendía del todo: la pantalla mostraba un nuevo nombre en la cabecera del ranking, y las monedas de la vieja plaza parecían resonar con ese descubrimiento.
En letras blancas, destacadas, brillaba: MADMAX Puntaje: 751300.
Las iniciales parpadeaban con una autoridad insolente, como si dijeran "aquí mando yo". Keith, el dueño, de mirada cansada y sonrisa resignada, se acercó con la fregona en la mano cuando vio que más gente se iba acumulando.
— Qué raro —murmuró, revolviendo un rollo de tickets con el pulgar—. No vi quién lo hizo, no dejó ficha especial ni nada. —Dustin pegó un salto que habría hecho temblar las monedas.
— ¡Eso es imposible! —dijo en voz demasiado alta, tapando el murmullo alrededor—. ¡No hay nadie que juegue así en Hawkins! ¡Juls-bee, mira! —Julie se apoyó con el codo en la máquina, observando la tabla de puntuaciones con interés científico y sin dejar de sonreír a su mejor amigo.
— ¿Y tú por qué piensas que es imposible? —preguntó, más curiosa que incrédula.
— Porque nadie tiene esa precisión, ese timing... —Dustin hizo un gesto con las manos, como si describiera una epopeya técnica—. Es el tipo de jugada que se practica tres años en la oscuridad de una habitación con pizza fría y manos entumecidas, nadie en Hawkins se mete tanto en este maldito juego. —A los lados, algunos chicos cuchicheaban. Una chica mayor comentó, incrédula.
— Vi aparecer ese ranking esta mañana. Llegó, lo clavó y se fue. Parecía que ella tenía prisa.
— ¿Se fue? —preguntó una voz desde la puerta.
Todos giraron. En la entrada, Mike y Lucas entraban con la calma tensa de quien trae problemas en los bolsillos. Mike hizo un leve gesto con la cabeza, saludo, sin detenerse, como si la gravedad que lo sujetaba aún fuera demasiado densa para sonreír de verdad. Dustin empujó a Julie con un codazo.
— ¿Ella? —Dustin abrió los ojos de par en par— ¿Lo viste! ¡Eso es lo que te decía? —susurró—. Tiene que ser una chica. —Julie arqueó una ceja y miró de nuevo la pantalla, anotando mentalmente: nombre extraño, nadie lo registró, la figura misteriosa. Era una ecuación que pedía resolución.
— O puede que alguien haya traído una tarjeta mala y nos esté jugando una broma pesada, —propuso Julie, práctica—. O simplemente se lo merece, punto.
— No es una broma. —Dustin lo dijo como quien pronuncia una verdad revelada—. ¡Y si es una chica, tenemos que hablarle! Si es buena, puede ayudar con la estrategia para la próxima campaña.
Julie se aguantó la risa. Keith se acercó, escaneando el salón con los ojos de quien había visto miles de récords y más engaños que victorias limpias.
— Es raro. —Repitió.
Dustin, como si la energía de la posibilidad lo alimentara, dio unos pasos hacia la puerta.
— Voy a averiguarlo —declaró solemne—. Voy a encontrar a MadMax, voy a descubrir su identidad. Y si es chica, la invito a... —vio a Julie y se cortó— a un batido.
Julie le dio un codazo con el codo.
—Tranquilo, campeón. No la secuestres.
— No secuestraré a nadie, a menos que ella quiera. Solo le pago un batido y le hago preguntas científicas sobre cómo llegó a ese maldito puntaje. —Insistió.
Lucas rodó los ojos, divertido pese a la tensión subyacente. Mike permanecía al margen, mirando la pantalla. Julie notó la sombra en su rostro y apretó la mandíbula, a Mike le seguía pesando la desaparición de Once. Mientras tanto, la gente empezó a comentar: algunos sugerían que el nombre tenía que ver con la nueva chica de la escuela; otros decían que era una broma de alguien que trabajaba ahí. Keith, viendo el revuelo, empujó a Dustin con el hombro.
— Ten cuidado, ¿Eh? No se vayan a pelear por un puntaje —dijo con una media sonrisa—. Y si alguien pregunta, yo no escuché nada.
Dustin, obstinado, volvió a mirar la cabecera. MADMAX. La única información que les había dado la ciudad era una señal: alguien nuevo había llegado y había dejado su marca como el que planta una bandera. Julie respiró hondo y miró a Dustin de reojo, cariñosa pero seria.
— Si llegas a encontrar a esa chica, empieza suave, civil, normal, ¿Quieres? Nada de correr detrás de ella y gritarle "¡Ey, rompiste mi record!" —le dijo—. Podrías espantarla. —Finalmente rodó los ojos, volviendo su vista a Dustin.