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La mañana estaba fría, una de esas de noviembre en las que el aire parece recién salido del congelador. La neblina todavía flotaba cerca del suelo cuando Julie empujó la puerta principal de la escuela Hawkins y entró al edificio, frotándose las manos. El murmullo de los estudiantes llenaba el pasillo: casilleros abriéndose, risas, pasos apresurados, olor a libros viejos mezclado con desinfectante barato. Lo de siempre.
Mientras caminaba hacia su casillero, vio una figura agazapada cerca de la entrada lateral. Dustin Henderson.
Y no solo Dustin: Dustin en modo "estoy escondiendo un crimen federal".
Llevaba la mochila apretada contra el pecho, como si dentro guardara una bomba de relojería o un bebé alienígena. Sus ojos iban de un lado a otro, vigilando que nadie lo observara demasiado. Julie elevó una ceja.
No necesitaba más de dos segundos para detectar que su mejor amigo estaba tramando algo.
— Buen día, Dust-bee... —canturreó mientras se recostaba contra su casillero y lo examinaba como si analizara un espécimen raro de laboratorio—. Tienes cara de haber robado un reactor nuclear. —Dustin dio un respingo tan grande que casi se le cae la mochila.
— ¿Qué? No, no, no... nada que ver —respondió rápido, demasiado rápido—. Solo... cosas. Cosas de... ciencias.
Julie lo observó fijamente. Dustin evitó su mirada con una sonrisa que pretendía ser casual, pero se veía peligrosamente parecida a la de un gremlin a punto de causar caos.
— Ajá... —dijo Julie, entornando los ojos—. Muy convincente, la próxima vez intenta no parecer que estás a punto de desmayarte de los nervios. —Dustin apretó más la mochila, abrazándola como si dentro hubiera un tesoro invaluable.
— ¡No estoy nervioso!
Apenas terminó la frase, se escucharon pasos apresurados. Lucas apareció primero, jadeando, mirando hacia todos lados con urgencia. Mike llegó detrás, con la misma expresión de "misión ultrasecreta del gobierno". Ambos se frenaron al ver a Julie con Dustin.
— Oh, no... —murmuró Mike, creyendo que estaba susurrando.
— ¡Dustin! Ya casi va a sonar el timbre —dijo Lucas—. Vamos, tenemos que ir ya.
Dustin asintió frenéticamente, como si la orden activara un protocolo de emergencia en su cerebro. Antes de irse, los tres intercambiaron una rápida señal con las manos, una especie de código improvisado cuyo mensaje parecía ser "máxima discreción, operación ultra secreta, no hablar con nadie".
Julie cruzó los brazos.
— ¿Qué están haciendo? —preguntó, genuinamente intrigada.
— Cosas. —Respondieron los tres al unísono.
— ¿Cosas? —repitió Julie, frunciendo el ceño.
— ¡Sí! ¡Cosas importantes! —añadió Dustin, Lucas lo empujó suavemente.
— Nos vemos después, Julie.
Y los tres salieron casi corriendo hacia el aula como si escaparan de una criatura sobrenatural. O, peor aún, del director. Julie los observó alejarse con un suspiro paciente y resignado. Con esos chicos, siempre había un misterio nuevo, y una mentira muy obvia.
— Si Hawkins explota, yo te lo advertí... —murmuró para sí misma, cerrando su casillero.
Ajustó su mochila en el hombro y caminó hacia su propia clase, preguntándose, no por primera vez, si su amistad con Dustin terminaría algún día con ella rellenando un informe para el FBI.
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El recreo en Hawkins era un ruido constante: charlas superpuestas, pasos, risas, bandejas golpeando mesas, el viento arrastrando hojas secas por el patio. Julie salió con un sándwich envuelto en papel y una carpeta bajo el brazo, buscando un lugar donde sentarse lejos del bullicio, pero al doblar la esquina del edificio principal, se encontró con un cuadro... demasiado obvio incluso para un detective mediocre.
Los chicos estaban pegados a la pared, como si intentaran pasar desapercibidos.
No lo lograban, para nada.
Dustin estaba adelante, rígido, con la mochila al pecho. Lucas y Mike estaban detrás de él, inclinados, claramente tapando algo que se movía. Sí, vibraba o hacía ruido, o ambas cosas. Julie se detuvo, masticando lentamente, observándolos con la ceja arqueada típica de "soy mayor que ustedes y no pueden engañarme".
— ¿Están tramando algo? —preguntó finalmente, cruzándose de brazos. Los tres pegaron un brinco.
— ¿Eh... Nosotros? —tartamudeó Mike.
— ¡Jamás! —dijo Dustin enseguida, sonriendo demasiado, absolutamente demasiado, tanto que parecía a segundos de desmayarse. Detrás de él, Lucas empujó algo dentro de la mochila. Mike le clavó el codo en las costillas. Julie entrecerró los ojos.
Con ellos había aprendido a reconocer tres niveles de mentira:
Nivel 1: "no fui yo".
Nivel 2: "no pasó nada".
Nivel 3: "Oh Dios, definitivamente hicieron algo".
Esto era nivel 3.5.
Antes de que pudiera hablar de nuevo, se oyó el sonido de ruedas raspando el piso.
Max.
La chica nueva llegó deslizándose casi hasta chocarlos, apoyándose en una pared para frenar. La melena pelirroja le acarició los hombros mientras levantaba la vista con expresión afilada.
— ¿Qué esconden? —preguntó directo al grano.
Dustin se puso rígido como una estatua, Mike tragó saliva, Lucas sonrió como si se hubiera sacado la lotería.
— Podríamos contarlo... —dijo Lucas, con ese tono que usaba cuando su curiosidad era más fuerte que su prudencia. Mike le lanzó una mirada asesina.
— No, no podemos. —Max puso los ojos en blanco.
— Wow. Dramático.
— No es drama, es seguridad. —Replicó Mike, cruzando los brazos como si tuviera 40 años en lugar de 13.
— ¡Chicos! —susurró Dustin—. Por favor, cállen...
La mochila se movió, muy perceptiblemente.
Max dio un paso adelante.
— Eso no es normal. ¿Qué tienen ahí? ¿Un animal? ¿Un robot? ¿Una bomba?
Lucas abrió la boca para contestar, Mike lo agarró del abrigo y lo tironeó hacia atrás.