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La noche después del encuentro en el basurero fue un torbellino de miedo y silencio. Julie no había podido dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía esas bocas abiertas, esos dientes afilados, la piel tensándose como si la criatura quisiera cambiar de forma en cualquier momento. Y en medio de eso, la mirada de Dart... el resabio de algo que alguna vez fue inofensivo.
A primera hora de la mañana, la casa de los Wheeler estaba llena de voces tensas. Los chicos se habían reunido allí para planear qué hacer con lo que habían visto, con lo que Will estaba sintiendo, y con la creciente certeza de que algo enorme estaba por estallar.
Will no había dicho casi nada. Y eso, para todos, era lo más aterrador.
Sentados en el sótano, rodeados de luces tenues y papeles desperdigados, el grupo formaba una especie de círculo desigual, como si todos intentaran proteger a Will desde donde estaban. Mike estaba a su lado, atento, preocupado.
Julie observaba a Will con el corazón encogido. Desde el primer día había notado algo extraño en él, un temblor en su mirada, un tipo de tristeza que no pertenecía a ningún niño de trece años. Dustin estaba inquieto, moviendo sus piernas sin parar. Lucas repasaba una hoja con anotaciones que no parecían tener sentido para nadie excepto para él.
— Tenemos que entender qué quiere el monstruo. —Dijo Julie, finalmente rompiendo el silencio—. No podemos seguir a ciegas.
Will respiró hondo. Cuando habló, su voz era un susurro.
— No es que "quiera" algo. Es que... lo siente todo. Lo que ve, lo que toca, lo que busca. Y yo... yo lo siento con él.
Un escalofrío recorrió el cuarto.
Mike apretó los puños.
— Entonces tenemos que usar eso. Tenemos que entenderlo... a través de ti.
Will bajó la cabeza.
— A veces no puedo controlarlo. Me arrastra. Como si yo... fuera una parte de él.
Julie sintió la garganta cerrarse.
— Will, nadie va a dejar que eso pase. ¿Está claro?
Él asintió, sin levantar la vista.
— El laboratorio puede ayudar —dijo Lucas—. Hopper está ahí, ellos saben qué está pasando.
Esa idea quedó suspendida en el aire. Todos pensaron lo mismo: los científicos no siempre eran de fiar... pero la situación ya estaba fuera de sus manos. Mike miró a Will.
— ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes... mostrarnos algo? ¿Alguna pista?
De pronto, Will se inclinó hacia adelante, respirando entrecortado. Julie se impulsó de inmediato y lo sostuvo por el brazo.
— Will... tranquilo. Estoy aquí.
Entonces, su voz salió en un murmullo tembloroso.
— Es oscuro... más oscuro que la noche. Huele a tierra mojada. Hay muchos... moviéndose bajo el suelo... como venas. No son animales. Son parte de él.
Mike se incorporó.
— ¿"Él"? ¿El monstruo?
— La Sombra... —susurró Will—. Se está extendiendo, está usando todo Hawkins para crecer.
Julie sintió la piel erizarse.
Dustin tragó saliva.
— ¿Qué tan rápido?
Will abrió los ojos lentamente. Su respiración era inquieta.
— Demasiado.
— Los demodogos. —Julie miró a Dustin.
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La noche en Hawkins estaba tan quieta que parecía contener la respiración. En la sala de los Byers, la tensión era tan densa como el aire húmedo que venía desde el bosque. Will estaba recostado en el sofá, con el rostro más pálido que nunca. Joyce no dejaba de tocarle la frente, como si temiera que en cualquier segundo dejara de ser su hijo.
Julie estaba en la cocina, sentada frente a Dustin, que no paraba de mover la pierna bajo la mesa.
— Dust, vas a hacer un agujero en el piso. —Murmuró ella, empujando suavemente su rodilla.
— No puedo —susurró él—. Will está... raro. Más raro que lo normal, y lo normal ya es bastante raro.
Julie tragó saliva. Al igual que Dustin, sentía que algo invisible les rozaba la nuca desde que entraron a esa casa. Mike apareció en el marco de la puerta.
— Vengan, Will quiere decir algo. —Los tres caminaron al living. Will estaba sentado, respirando entrecortado. Algo en sus ojos no era del todo... él.
— Dice que duele. —Explicó Joyce, desesperada.
— ¿Qué duele? —Preguntó Dustin.
Will levantó la mirada.
— Todo.
La voz sonaba hueca, como si hablara alguien más a través de él. Julie sintió un escalofrío subirle por la columna. Will no estaba temblando, pero ella sí. El chico miró al vacío un segundo y de pronto, susurró.
— Viene.
Mike se inclinó.
— ¿Qué viene?
Will respiró hondo.
— Él.
La luz de la lámpara titiló. Julie apretó la mano de Dustin sin darse cuenta. Él la sostuvo fuerte, como si lo necesitara más que aire.
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El viento cortaba como cuchillas cuando Steve llegó corriendo, cargando el bate con clavos como si fuera parte de él. Su respiración formaba pequeñas nubes que se disipaban rápido en el aire helado. Julie y Dustin avanzaban a toda prisa hacia el interior del basurero, mientras Lucas y Max terminaban de saltar el cerco oxidado que chirrió ominosamente bajo su peso.
— Ustedes dos no se separan, ¿Está claro? —ordenó Steve, señalando a Dustin y a Julie con el bate.
— Claro que sí, señor padre responsable —respondió Julie, alzando las manos como si se rindiera. Dustin asintió de forma teatral.
— Prometo no morir. Es mi mejor habilidad.
Steve soltó un bufido y siguió caminando al frente, vigilando cada sombra. El basurero estaba más silencioso que de costumbre. Ni ratas, ni cuervos, ni viento entre las chapas. Sólo el eco del metal, el crujido bajo sus botas, el olor a óxido y humedad.
Prepararon las trampas rápido: barriles volcados, pedazos de chatarra amontonados, el viejo autobús escolar convertido en su "fortaleza". Cada metal sonaba hueco, frágil, como si ya anticipara el golpe de algo peor.
Julie se agachó junto a Dustin para colocar los cebos en el piso. Podía sentir el latido acelerado de su propio corazón retumbando en sus oídos.