El Mortal Juego del Amor

CAPITULO 1: ¿UN DESEO O UNA MALDICIÓN?

Bajo el manto de la luna azul,
Cuando el cielo se viste de olvido,
Rafael buscó un extraño baúl
De deseos que nunca han sido.

A las once y once, en la oscuridad,
Una súplica al aire lanzó;
alguien atendió su voluntad,
una doncella le respondió.

Era un día como cualquier otro, las aves cantaban, los susurros florecían y la escuela se ve más vívida que nunca; cada estudiante a la vista está hablando con su grupo de amigos, algunos sobre sus planes para la tarde, otros sobre sus calificaciones, otros se burlaban de momentos cómicos que habían vivido en el transcurso del día y algunos más hablaban con sus parejas sobre cosas de enamorados.

Todos los estudiantes eran capaces de hablar con otros sobre cualquier cosa, y sus palabras eran respondidas por aquellos que les rodeaban, sin embargo, había una estudiante que no era capaz de hacer eso. Verónica, una chica que veía melancólicamente a todos hablando sobre cualquier nimiedad con otras personas sin que estas mostraran rechazo, veía como incluso aquellos que veía como escoria conseguían encajar en algún grupo, y eso le causaba tristeza.

Al aproximarse a la salida, un joven se acerca a ella y le pregunta si quiere salir con él a algún lado, sin embargo, su amigo llega desde atrás a decirle que se confundió de chica y que en realidad tenía que invitar a la que estaba detrás de ella. Un evento que demostró a ojos de Verónica lo poco que valía su presencia y lo dispensable que era su existencia.

Al llegar a casa, se encerró en su cuarto y fue a su estantería a buscar el manga que estaba leyendo. Al encontrarlo, se sentó en su cama e intentó leer, no obstante, las lágrimas que se asomaban en sus ojos se lo imposibilitaban, cada vez que recordaba que cada persona que podía distinguir tenía a alguien con quien hablar de cualquier cosa, alguien a quien pedir consejos, alguien con quien salir o incluso a quien amar, se sentía excluida, como si ella no fuera suficiente para ninguna persona, como si su presencia fuera descartable, como si ella no existiera.

A la mañana siguiente, mientras se sumergía en su soledad durante el receso, unos jóvenes se acercaron a ella mientras estaba leyendo manga.

—¿Qué haces? —su cara era arrogante, su voz fastidiosa, era uno de los populares del salón.

—Leo manga. —su voz salió con un aire de temor que quedó impregnado en la nariz de los chicos inmediatamente.

—¿En serio? Déjame ver. —rápido como una serpiente tomó el manga de Verónica y se apoderó de él.

—¿Qué haces?

—No somos japoneses, no deberías leer estas cosas.

—¿Por qué?

—Porque nada de esto tiene sentido por fuera de japón, esa es su cultura no la nuestra, no debes leer cosas que no son de aquí.

—Pero eso es lo que me gusta.

—Por eso es que nadie habla contigo, eres una estúpida.

—Tú… tu ves películas, todas, o al menos la mayoría son extranjeras, ninguno de tus argumentos tiene sentido, incluso, incluso el equipo de fútbol que apoyas es extranjero, no tienes derecho a reclamarme.

—Estaba planeando regresarte tu manga, pero, me hiciste enojar. —la primera página del manga es desgarrada con sus manos.

—¡Detente! —el grito paraliza a todas las personas a su alrededor.

—¿O qué? ¿Llamarás a alguien para que te defienda? Oh cierto, no tienes a nadie. —el tono pasó a uno burlón.

—Tu vida es un asco. —declara otro de los abusadores.

—¿Verdad? Tiene ojeras tan grandes como sus ojos, tiene un cabello que siempre parece despeinado y siempre está vestida de blanco o negro, ni siquiera llegas a darme lástima, tu mera existencia me provoca asco; no solo a mí, le das asco a todos a tu alrededor.

—Los ojos de Verónica saltaron de persona a persona, todas, sin excepción alguna, tenían la misma expresión en el rostro, asco.

La joven arrebató su manga de las garras de aquel monstruo y decidió correr, correr hacia donde nadie la pudiera encontrar, un lugar que solo ella conociera, sin embargo, eso no existía dentro de la escuela, por lo que tuvo que evadir clases hasta la hora de salir donde por fin pudo escapar a su lugar feliz.

Una tienda era el último rayo de luz en la vida de Verónica, una tienda que estaba dedicada a las personas que no encajaban, y que buscaban evadir su universo al sumergirse en otros que solo existen en el mundo del manga.

Es una tarde nublada, un grupo de amigos camina por una calle que parece desierta, seis personas, unos comiendo, otros hablando, todos con cara de felicidad, excepto uno de ellos, Alejandro.

El grupo avanzaba y el tiempo seguía corriendo, todos disfrutaban aquella tarde en la que gracias a la ausencia de su entrenador de fútbol habían podido pasársela genial por toda la ciudad, o eso pensaría cualquiera que viera la situación desde afuera.

«No sé qué hago aquí, cada quien tiene a alguien mejor con quien hablar, todos ellos se ven tan felices hablando entre ellos, todos ellos se divierten mientras comen y cuentan alguna tontería, pero, ¿Qué queda para mí? A pesar de caminar con el grupo, nadie habla conmigo, ninguna persona está realmente interesada en dirigirme la palabra, ojalá desaparecer en este momento, así, yo no estaría aquí y ninguno de ellos notaría la diferencia.»

pensaba Alejandro mientras que caminaba detrás de su grupo, lo suficientemente cerca como para que ellos no le dirijan la palabra preguntando la razón por la que se queda atrás.

—Oigan, tengo que irme a mi casa, mi mamá va a salir y necesita que cuide a mis hermanos. —tomó su celular y lo revisó para simular que estaba viendo un mensaje.

—¿En serio? Qué lástima hermano, te vas a perder la tarde. —su voz es interrumpida varias veces por una tos ocasionada por la bebida que se estaba tomando.

—Sí, ¿no pueden quedarse solos? —uno de los que iban adelante se regresa para hacer la pregunta.

—No, no pueden, son pequeños, no puedo dejarlos solos, ustedes no se preocupen y diviértanse.




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