CAPÍTULO 2
Un cultivo de amor que crece sobre el agua.
El viernes por la mañana, la ciudad se despertó debajo del agua, los barrios con la menor altura fueron devorados por el agua y la mayoría de calles estaban llenas de agua. Las personas comenzaron a movilizarse con canoas en las zonas más afectadas, algunos temerarios saltaban entre los techos que quedaban descubiertos por el agua, mientras que, otros más arriesgados, nadaban en medio de aquellas calles.
Alejandro despertó con una misión que parecía ser imposible. Debido a las lluvias, la mayoría de las escuelas habían cancelado las clases, no obstante, hubo una que no lo hizo, y esa es la escuela a la que asistían dos de sus hermanos, María y Benjamín, los dos menores de la familia.
Antes de salir de su habitación, logró divisar el dado que la doncella le había dejado en la noche anterior, cosa que le hizo recordar todo y darse cuenta de que lo que pasó no había sido un sueño y que en realidad había ocurrido.
Decidió tomar el dado entre sus manos y cuando estaba dispuesto a lanzarlo, vinieron a su mente las palabras que había escuchado la noche anterior. «Cada día deberás lanzar un dado de veinte caras, uno que decidirá lo que será sacrificado ese día. Cada mañana lanzarán ese dado y dependiendo de su número, deberán sacrificar algo que corresponda con su valor. Pero no con su valor económico ni cultural. Con el valor que ese objeto tenga para ustedes.»
Al analizar la situación, y analizar loque podría perder, decidió confiar en su suerte y lanzar el dado. Al hacerlo, el dado aterrizó en el número cinco. Al mirar a su alrededor, no notó ningún cambio, lo que le permitió seguir su mañana como si nada hubiera pasado.
El sector en el que Alejandro y su familia vivían era uno medianamente alto en la ciudad, lo que les permitió recibir pocas afectaciones de las inundaciones. Al salir, Alejandro les advirtió a sus hermanos que no se separaran de él bajo ninguna circunstancia, ellos aceptan rápidamente y una vez esto ocurre, se ponen en marcha para llegar lo más antes posible a la escuela.
Verónica despertó con un fuerte dolor de cabeza que no le dejaba caminar correctamente, mientras avanzaba por la casa, tenía que apoyarse en las paredes mientras evitaba mirar fijamente a las fuentes de luz. Al llegar al baño, el malestar comenzó a disminuir.
Los bombillos parecían iluminar más fuerte que nunca mientras que escuchaba una risa que provenía de todas las direcciones, su cabeza dolía como si fuese a estallar, sus ojos se cerraban, sus piernas temblaban y sus lágrimas comenzaban a salir.
—Nunca dudes de lo que no puedes entender. —la voz era femenina y se escuchaba amenazante.
Después de esa frase, todo terminó, su cabeza regresó a la normalidad, su malestar desapareció por completo y sus lágrimas se habían secado.
Tras ducharse y cambiarse, vio en su cama un objeto que llamó su atención. Un dado de 20 caras, el mismo que había recibido la noche anterior y que debía lanzar cada mañana. La joven divisó el dado y lo tomó en sus manos para lanzarlo inmediatamente después de tomarlo.
Tres, al ver el número, buscó entre todas sus pertenencias algo que pudiera haber desaparecido. No había nada, todo seguía en su lugar. Lo que le hizo pensar que lo más probable es que fuese algo que no tuviera ningún tipo de valor para ella, o en su defecto fuese algo que no le importaba demasiado.
Toda su concentración fue interrumpida por una llamada telefónica que recibió en ese momento, una que le parecía extraño recibir y es que era de su madre, una mujer que no solía hablar con ella.
—Hola, Verónica necesito pedirte una cosa. —su voz era refinada, su acento era prácticamente neutro y su tono era seco, como el de una máquina.
—Hola madre.
—Necesito que salgas de la casa hoy.
—¿Por qué? El día está nublado y toda la ciudad está inundada, nuestra casa está lo suficientemente arriba para habernos salvado de la inundación, pero, incluso las calles que comunican nuestra vivienda con el exterior están transportando agua, no debería salir en estas condiciones.
—No me interesa eso, sabes perfectamente que la reputación de nuestra familia es lo más importante, dime ¿Qué pensarías si una de las personas más famosas del mundo viviera junto a ti, pudieras verla a menudo en la calle, pero no esté presente cuando ocurre una catástrofe? No te pido que ayudes a nadie, esos monos no merecen la pena, pero, necesito que sí o sí estés presente en la ciudad y que seas visible para los demás.
—Pero, ¿Qué importa lo que yo haga o deje de hacer? Yo no soy hija de Alexander, ¡Yo no soy parte de la familia Montreval!
—A ojos del público, sí lo eres, así que no hagas ningún berrinche o terminaré mandándote a la calle.
—Los medios no perdonarían eso.
—Los medios se pueden comprar, y si no lo he hecho, es porque eres mi hija y por eso debo tener un cierto grado de tolerancia, pero, una inútil que no es capaz de demostrar de la buena familia que viene, no es capaz de ser la primera en nada en lo que decidimos enviarte, no eres capaz de relacionarte con nadie, no eres capaz de seguir mis indicaciones, y no eres capaz de aceptar la buena vida que te damos. Estoy harta de esto, de verdad, así que no me des más motivos para desaparecerte de mi vida.
—La llamada finaliza, la habitación se queda en silencio. Los segundos pasan, los relojes suenan, las agujas bailan y las lágrimas caen sin consuelo, la vida acaba de volver a golpear en un punto sensible a Verónica quien está a punto de volver a perder la esperanza. Hasta que su celular suena una vez más, esta vez con un mensaje crudo y directo. «No me des más razones Verónica» Frase que es suficiente para obligar a la joven a hacer lo que se le pide, guardando sus lágrimas y saliendo de la casa con un rumbo desconocido.
—Las calles transportan un gran flujo de agua que hace eco con todas las esquinas en las que colisiona, la poca luz de sol que se filtra entre las nubes negras se estrella y se refleja en el agua, generando un ambiente pacífico en un entorno destruido por el hombre.
Alejandro y sus hermanos caminan hasta que finalmente llegan a la parte más alta de la ciudad, donde se encuentran las bibliotecas, universidades y la escuela primaria «Luz de esperanza» a la cual iban sus hermanos. El ambiente lo relajaba, un sonido natural que le encantaba escuchar y una compañía que no molestaba, ya que tanto María como Benjamín eran silenciosos y no hablaban a menos que hubiera algo que verdaderamente llamara su atención.
Todo el ambiente armonioso que se había construido, se cayó a pedazos cuando una pequeña e inocente pregunta surgió de los labios de su hermana.
—Hermano… ¿se cumplió tu deseo?
—¿Qué deseo? —Benjamín interrumpió a su hermano que estaba a punto de responder.
—Mi hermano pidió un deseo muy especial anoche. Quiero saber si se cumplió, porque ese deseo lo hará muy feliz.
—¿Qué clase de deseo?
—Es secreto, solo él lo sabe.
—Está bien. —la voz de Benjamín lo hacía ver más tímido de lo que ya era.
—Mira, yo… confié en una leyenda para pedir amor.
—¿Amor? ¿Mamá no te ama?
—Otro tipo de amor diferente.
—No entiendo.
—No te preocupes, es normal.
—Él quiere una novia. —María interrumpe con una risa.
—Por favor, no es tan así.
—Claro que sí.
—Está bien, si es una novia.
—¿lo ves? Yo siempre tengo razón.
—Eso es increíble María. —Benjamín se veía muy alegre con lo que había pasado.
—Miren, ya estamos en frente de su escuela.
—Sí, ya llegamos hermanito. —María parecía emocionada de venir a la escuela.
—Qué lástima, yo quería faltar hoy. —Benjamín se veía un poco decaído con la llegada.
El ambiente familiar se disolvió en el momento en el que una chica se acercó a Alejandro por la espalda.
—Disculpa, ¿Tu casa no se inundó de casualidad? —Verónica se acercó a él lentamente y preguntó con una voz temblorosa.
—¡Sí funcionó! —Benjamín señaló a la chica con ojos de emoción, para luego ser interrumpido por María quien le cubrió la boca con una de sus manos.
—Vamos a llegar tarde, nos vemos hermanito. —gritó mientras se llevaba a su hermano menor adentro de la escuela.
—¿Son tus hermanos? —preguntó Verónica mientras los miraba alejándose.
—Sí, ambos son mis hermanos, los más pequeños de la casa.
—Yo no tengo hermanos, siempre quise tener uno o dos.
—Te aseguro que no es algo bueno, bueno, si todos fuesen como ellos dos, sería increíble.
—¿En serio te caen mal tus hermanos? —ella lo mira fijamente mientras pregunta.
—No, en realidad me caen bien. Pero, invaden mi espacio y siempre tienen preferencia en los asuntos de la familia. Creo que lo correcto sería decir, que me molesta la actitud de la familia en torno a ellos.
—Entiendo. Disculpa, pero, aunque suene extraño… quiero saber si a tu casa le pasó algo con las inundaciones.
—No, en realidad vivimos por esta zona, así que las afectaciones fueron mínimas. ¿Por qué?
—Ninguna razón en particular. Solo, digamos que es mi trabajo.
—¿Trabajo? ¿Eres periodista o algo así? —una risa sale en medio de sus preguntas.
—No, solo que… digamos que mi familia quiere que haga esto.
—¿Por qué? No le veo nada divertido a estar visitando lugares inundados.
—Verás, Soy… soy la hijastra de Alexander Montreval, ellos no se encuentran en la ciudad y desean que yo sea quien dé la cara por ellos en esta situación, ya que ellos saldrían a ver a los afectados para defender su reputación.
—Entiendo, pero al parecer no estás de acuerdo con hacer eso.
—No, no lo estoy, para nada estoy de acuerdo con ello.
—¿Por qué lo haces entonces?
—Simplemente decido que es la mejor opción. Así evito problemas. —su mirada se estrella con el suelo en el momento en el que pronuncia aquellas palabras, su energía baja y sus brazos se sueltan en paralelo con su cuerpo.
—No deberías hacer eso. —Alejandro dice eso mientras pone su brazo sobre el hombro de la chica, quien inmediatamente levanta la mirada.
—¿Qué debería hacer entonces? —su pregunta causa una alteración en el joven quien inmediatamente aparta la mirada y su rostro se tiñe del color de la vergüenza.
—¿Se supone que solo debes estar presente y preguntar por la situación en la que se encuentran los demás cierto? —espera a la respuesta, la cual llega cuando ella asiente con la cabeza. —entonces… no hay problema, con que t-te diviertas.
—¿Qué quieres decir? —su mirada denota confusión.
—Quiero decir… q-que, si quieres, p-podemos… salir a ver la ciudad, y así… así no te aburres y cumples con tu tarea también.
—No es necesario, no te preocupes por eso.
—Sí, si lo hago, porque, no me gusta ver a las chicas con caras tristes. —dice mientras sus ojos se vuelven a encontrar con los suyos. Los latidos de su corazón se vuelven intensos y su cara sigue roja, un color que resalta sus ojos color café.
—Está bien, supongo que, es una forma de, de, de hacer esto sin sentirme obligada. —sus palabras titubeaban y sus ojos danzaban entre su entorno, su cara se enrojecía a cada momento y su respiración comenzaba a agitarse.
—Claro, entonces… deberíamos bajar un poco, aquí arriba la inundación casi no se nota.
—Así, ambos jóvenes comenzaron a caminar por las mojadas calles de su ciudad, una que había pasado de un ambiente festivo a uno lúgubre y abandonado en menos de veinticuatro horas. Una transición que, no se notaba en todos los rincones de la ciudad, ya que, un dúo de jóvenes traía aires de incomodidad y afecto que le daban un ambiente acogedor a aquella inundada ciudad.
Tras unos minutos, llegaron a los primeros lagos urbanos que se habían formado, y el ambiente era interesante, por un lado, había personas intentando sacar lo poco que les quedaba y maldiciendo la suerte que les ocasionó aquel incidente, mientras que, en otro extremo, había niños que jugaban en el agua sin importar que sus madres los regañasen después, una dualidad que hacía curioso aquel ambiente.
En cada casa había una parada, y con ella, una pregunta, Verónica se encargaba de transmitir un convincente mensaje de solidaridad de parte de su familia a cada persona que encontraba, mientras tanto, Alejandro se encargaba de jugar con los niños que encontraba, lo que ocasionó que varias madres lo regañaran por darle ideas a sus hijos.
Tras un rato, ambos pararon en una tienda que se había salvado de la inundación, compraron comida y siguieron caminando hasta llegar a una zona más baja donde decidieron comer en el techo de un parque infantil.
—Dime, ¿Qué te parece lo que ves?
—¿Estaría mal que diga que me parece hermoso? —pregunta ella mientras abre los brazos hacia el paisaje que tiene enfrente.
—Creo que no, en realidad a mí también me parece hermoso.
—En parte, siento pena por las personas que perdieron todo, pero, no puedo evitar pensar en lo hermosos que son los cuerpos de agua y, sobre todo, lo hermoso que se ve este paisaje lleno de este líquido.
—Estoy de acuerdo, ciertamente me encanta todo lo que tiene que ver con la naturaleza.
—¿No te gusta la ciudad? —su tono se vuelve de sorpresa absoluta.
—No mucho, en realidad, me gusta estar en comunidades pequeñas, tener naturaleza alrededor, pero, no me gusta para nada estar asfixiado entre un montón de cemento. —sus ojos y manos se extienden hacia el cielo.
—Que extraño, generalmente a las personas les suele gustar las ciudades, incluso, entre más grande sea la ciudad mejor. —su pregunta es lanzada mientras lo mira fijamente.
—P-pues, me parece que soy un poco diferente. —su rostro se vuelve a tornar rojo y sus palabras se vuelven a ralentizar.
—Sí, eso es agradable.
—Sí. —su mirada se clava en el agua que tienen alrededor y su mente se comienza a inundar de pensamientos.
«¿Agradable? ¿Qué significa eso para una mujer? Esto es extraño, primero me entero de que nunca fui amigo de mis “amigos” y ahora me pasa esto ¿Será obra del deseo? Puede ser, pero, no creo que sea ella, es muy bonita, no puede ser, debe ser coincidencia, sí, eso debe ser. Claro.»
Sin embargo, no era el único con esas ideas en su cabeza, ya que, su acompañante estaba pasando por el mismo episodio.
«¿En qué momento pensé que sería buena idea? No puedo creer que dejé que un chico me trajera a un lugar inundado en donde no hay nadie. Esto no puede estar pasando, ¿Sería más divertido? Sí lo fue, pero no tiene nada que ver, debería estar en el punto medio entre la parte alta y la parte baja de la ciudad. No aquí. ¿Debería decirle que me quiero ir? ¿Debería quedarme? En muchos aspectos le debo un agradecimiento por lo que hizo, pero, no puedo dejar que me vean. ¿Qué hago?»
Las dudas los seguían carcomiendo mientras la tarde se aproximaba y ellos seguían en el mismo lugar y en la misma dinámica. Hasta que, una gota de agua se precipitó sobre la frente de Verónica y la hizo despertar del trance.
—¿Está lloviendo? —su mirada se desvía hacia el cielo, que se encuentra cubierto de nubes negras.
—Al parecer, no puedo creer que me distraje. —su expresión cambia a una de nerviosismo rápidamente y decide tomarla de la mano mientras se alejan de ese lugar.
—¿Por qué nos vamos tan rápido? Es solo lluvia.
—Esta zona, como sabrás está en la parte baja de la ciudad.
—¿Qué significa eso?
—Que todas las aguas que vienen de la parte norte aterrizarán aquí en unos minutos.
—¿En serio? —sus palabras salían en medio del miedo que le ocasionaba estar en ese lugar en ese preciso momento.
Tras un par de minutos de correr, logran divisar como a lo lejos se acerca una gran cantidad de agua a gran velocidad la cual amenaza con llegar ahí rápido.
—¡Mira adelante! ¿Qué hacemos? —Verónica grita producto del miedo que ahora se había apoderado de ella.
—¡Vamos por aquí! —tira más fuerte de la mano de Verónica mientras la guía al interior de un centro comercial.
Pocos segundos después, el agua entra al primer piso del centro comercial, lo que los obliga a seguir subiendo las escaleras buscando un lugar seguro. Al seguir subiendo, se dieron cuenta que el ascenso a la azotea estaba bloqueado por un conjunto de armarios.
La lluvia comenzaba a volverse más intensa y el agua comenzaba a llegar al cuarto piso que es donde los jóvenes estaban, lo que aumenta su desesperación.
—¡¿Qué se supone que vamos a hacer ahora?! —Verónica estaba tan asustada que parecía que iba a llorar en cualquier momento, lo que terminó provocando una reacción instintiva en Alejandro.
—Ven conmigo. —Alejandro se acerca a la pared de armarios y se pone de espaldas a ella. —Apóyate en mis brazos y pasa por encima de los armarios.
—¿Qué? No puedo dejarte aquí. —sus ojos transmitían tristeza y preocupación.
—Claro que puedes. ¿Yo te hice bajar aquí no? Déjame hacerme responsable por lo que hice.
—No puedo, no voy a aceptar tu vida por sobre la mía. —el agua comenzaba a llegar a sus rodillas.
—Necesitas subir.
—Prométeme que vas a ir conmigo al otro lado.
—No puedo prometer eso.
—¡Promételo! No voy a aceptar que mueras por mí.
—Está bien, lo prometo.
—Verónica se apoya en los brazos de Alejandro y sube por los armarios hasta llegar a pasar por un agujero que estos dejaban y llegar al otro lado.
Alejandro comenzó a intentar derribar los armarios con su fuerza, pero era inútil, sus capacidades físicas eran insuficientes para derribar aquella pared y el agua comenzaba a llegarle al pecho. Luego, consiguió una barra de metal con la cual intentó romperlos, cosa que logró en un principio, pero los agujeros para pasar eran muy pequeños, necesitaba más tiempo para llegar más lejos, pero no lo tenía, porque el agua ya le llegaba al cuello.
Sus fuerzas se iban, sus piernas temblaban, no sabía nadar y apenas y se mantenía en pie ahora. Sin embargo, algo sucede, un grupo de carritos de compras irrumpen en el lugar y mueven los armarios lo suficiente para que Alejandro pase y logre llegar al techo. Momento para el cual, la lluvia ya había disminuido bastante su intensidad, pero estaba lejos de terminar.
—¿De dónde salieron los carritos? —entre la tos y la respiración agitada, sus palabras aparecían como los pequeños rayos de sol entre las nubes negras.
—Yo los lancé. —ella toma su mano y lo ayuda a caminar hacia el otro lado de la azotea.
—Muchas gracias, en serio.
—Te dije que no iba aceptar que murieras.
—Claro, es cierto. —una sonrisa resplandece en su rostro agotado.
—Debemos encontrar la forma de llegar a lo más alto. El agua podría subir hasta aquí. —sus órdenes se escuchaban como las de un general liderando a sus hombres.
—¿Un lugar más alto que la azotea?
—El techo del almacén. —su mano se extiende señalando el lugar que acababa de mencionar.
—Podemos usar la camioneta que está al lado.
—Sí, eso te iba a decir.
—Ambos corren entre la lluvia mientras el agua seguía subiendo, dibujando un paisaje aterrador, miles de casas siendo devoradas por los infinitos lagos que habían aparecido la noche anterior, y que seguían expandiéndose por las desoladas calles de la ciudad.
En un momento llegan a la camioneta, sus colores brillaban debido al agua que había caído durante la noche anterior y el transcurso del día. Al subir, Verónica resbaló y Alejandro evitó que ella cayera mientras la sostenía con sus brazos. Una escena que inmediatamente los obligó a alejarse debido a la vergüenza.
—Sube tú primero. —Alejandro miraba subir el nivel del agua, ahora era más lenta que hacía unos minutos, pero aún seguía siendo una amenaza.
—¿Por qué haces eso? —ella clava su vista en el rostro de él intentando comprender su comportamiento.
—¿Hacer qué?
—¿Por qué tiene que importarte más la persona que tienes al lado que tú?
—No hay una razón.
—No me mientas.
—No lo hago.
—Mírame a los ojos y dímelo. —su tono se volvió incisivo y muy seco mientras se mezclaba con un toque de preocupación.
—No puedo. —su voz se quebró mientras miraba hacia el piso.
—Entonces, deja de preocuparte al menos por esta vez, lo que más debe interesarte es tu propia seguridad. Debes, debes, debes intentar verte como alguien importante.
—¡Mi prioridad ahora eres tú! Yo te traje a este lugar, es mi culpa, no puedo aceptar que alguien salga lastimado por lo que yo hice.
—Eres un tonto. Yo vine contigo porque quería venir, y si estoy aquí, es porque pensé que estaría mejor si te tenía a mi lado hoy que estando sola, yo misma elegí este camino, no tienes por qué preocuparte, debemos cargar la responsabilidad juntos. Debemos salir de esta, juntos. —sus palabras eran más poderosas que la lluvia que intentaba separarlos.
—Tú te quedaste atrás, porque piensas que soy más importante que tú. Lo veo en tus ojos, pero dime, ¿Cuánto cuesta una vida? ¿Por qué la mía debería ser considerada de mayor valor para alguien externo a mí? Eso no tiene sentido. ¡En tu vida no hay nadie más importante que tú, nunca lo olvides! ¡Siempre busca ponerte a salvo antes de apoyar a otros!
—La mirada de Alejandro se llenó de lágrimas mientras aquellas palabras hicieron eco en su interior, aquella era la misma pregunta que él había hecho antes a quienes juzgaban a los demás, y a quienes ponían el valor de algunos por sobre de otros con mala intención. En ese momento, él decidió saltar y agarrarse del techo del almacén para poder subir.
Tras conseguirlo, extendió su brazo hacia abajo para que Verónica pudiera subir también, ella dudó en agarrar su brazo, pero decidió hacerlo y finalmente subieron a la cima de aquel almacén.
La lluvia seguía cayendo sobre aquella ciudad, una que amenazaba con no dejar nada a salvo, un fenómeno que había obligado a dos jóvenes a subir al techo de un centro comercial solo para escapar de las aguas que buscaban ahogarlos, y que, ahora que había cumplido su objetivo, comenzaba a desaparecer progresivamente.
—Mira, las nubes se están dispersando. —Verónica señala el cielo nocturno que se estaba despejando lentamente.
—Tienes razón.
—La ciudad ha quedado destruida, es terrible.
—Pero, logramos salvarnos, eso es lo importante.
—Sí, es cierto. —el silencio invade la conversación, reina durante unos cortos segundos para, posteriormente desaparecer con la misma rapidez con la que apareció.
—Sabes… te agradezco mucho lo que me dijiste. Pero, no deseo cambiar esa parte de mí.
—¿A qué te refieres? —dice ella mirando hacia el horizonte.
—A dejar de poner a los demás por sobre de mí.
—¿Por qué no quieres cambiar eso? —ella mira su rostro y ve una mirada llena de tristeza.
—Quiero ayudar a los que necesiten ayuda, quiero ser alguien que guíe, quiero apoyarlos sin importar lo mal que yo me encuentre, porque yo se lo horrible que se siente sentir que nadie te apoya ni te valora, y no quiero que nadie sufra eso mismo.
—¿Pero sí quieres seguirlo viviendo tú mismo?
—No, pero a diferencia de ellos, yo no tengo otra opción, yo estoy para cada uno, nadie está para mí. A veces siento que ese es el sentido natural de las cosas, simplemente estoy aquí para evitar que los demás sigan sufriendo mientras comparto su dolor y lo hago más ligero, así termine almacenando cosas que no me pertenecen.
—No deberías vivir así, y tampoco deberías pensar así.
—Vivo desde la lógica, y esta es la respuesta lógica que encuentro a una vida completa de soledad, desamor y tortura.
—¿Lógica? ¿Ya conociste a todas las personas del mundo? ¿Ya confirmaste que todas sienten lo mismo por ti? ¿Estás cien por ciento seguro de que todo lo que vivirás será simplemente ayudar a otros sin ninguna retribución? No puedes generalizar con esas cosas.
—¿Por qué no? Comienzo a creer que solo un milagro podría ser capaz de cambiar las cosas.
—¿No crees en los milagros?
—Intento, pero, incluso cuando imploro con todas mis fuerzas a algo, no parece que tenga algún efecto.
—¿Intentaste pedirle algo a la luna como en la leyenda?
—Sí, pero, no creo que funcione, todo lo que logré después de eso fue quedarme atrapado aquí.
—¿Qué fue lo que pediste? —su mirada se pierde en el rostro de su acompañante.
—No puedo decirlo, es de mala suerte revelar nuestros deseos.
—Tiene sentido. ¿Sabes? Yo también pedí un deseo a la luna. —su cara estaba teñida de rojo y su mirada se había vuelto a estrellar con el piso.
—¿No se supone que no creías en la leyenda?
—No, en realidad no creía. Pero, pasaron cosas que me obligaron a buscar una salida a lo que estaba viviendo. Supongo que un milagro es una buena forma de escapar de la realidad. —Su voz se volvió a apagar y su tono inspirador había desaparecido.
—Supongo que tienes razón. Sin embargo, creo que la vida no tiene salidas fáciles al parecer.
—Sí, es cierto. —su voz marcó el regreso del silencio a la conversación, uno que les dio suficiente tiempo para organizar el caos que se había formado en sus cabezas después de sus declaraciones:
«¿Cómo se supone que salgo de esta situación? Definitivamente seguirá preguntando por mi deseo, no puedo decirle simplemente que pedí amor porque creerá que mi objetivo fue encerrarnos aquí a propósito, ¿Qué clase de persona es capaz de hacer tal cosa? No soy un monstruo ni una bestia, no puedo simplemente decirle lo que desee, eso sería contraproducente, pero… ¿Cómo escapo de esta situación? ¿Cómo cambio de tema? Necesito encontrar una salida.»
En ese momento, el viento se intensifica, un frío gélido recorre sus cuerpos en ese momento y los hace temblar. Algo que los obliga a intentar mantenerse cálidos mientras se sientan en un rincón.
—Toma, póntela. —Alejandro se quita su chaqueta y se la da a ella. —sé que está mojada, pero, supongo que te ayudará con el frío.
—Otra vez estás haciendo lo mismo.
—Claro, pero, esta vez es diferente, esta vez sí aprecio a la persona que ayudo. —él evitaba mirarla a toda costa para evitar que su cara roja quedara al descubierto.
—No creo que deberías dármela, pero es lo suficientemente grande como para compartirla. —ella abre la chaqueta mostrando que aún puede abarcar más espacio.
—Es grande para que las personas no sientan frío sin importar qué, además, no sé si sea buena idea estar tan juntos.
—¿Por qué?
—¿Qué pasa con la reputación de tu familia si se enteran que estás haciendo esta clase de cosas?
—En primer lugar, nadie nos verá aquí, y, en segundo lugar, estoy harta de lo que puedan decir, además, yo no soy la hija de Montreval, no pienso hacer lo que ellos me digan, porque yo no soy su hija.
—Pero, aun así…
—Si sigues poniendo peros, te vas a enfermar ahí. —dice ella mientras lo mira con una sonrisa en la cara.
Alejandro duda durante unos segundos, pero al final, decide sentarse junto a ella y abrigarse con la chaqueta, su incomodidad era absoluta, su cara estaba completamente roja y sus piernas estaban pegadas a su pecho mientras sus brazos las rodeaban.
—Jamás pensé que estaría en esta situación. Es decir, no hablo con nadie normalmente, y ahora estoy ofreciéndole a un chico que se siente a mi lado para evitar que tenga frío, la vida es extraña.
—¿De verdad no hablas con nadie?
—No, nunca lo hago, bueno, solo cuando alguno intenta burlarse de mí. Momentos en los que, por cierto, siempre salgo perdiendo.
—Si estudiara contigo, no dejaría que nadie te acosara, en realidad, me dan asco las personas que hacen ese tipo de cosas.
—¿Asco? ¿Quieres decir que las odias? —ella sentía confusión por la peculiar elección de palabras que él había tomado.
—Mucho más, me causan repudio solo con verlos, es como ver a alguien vomitar, una sensación similar, algo tan profundo que te hace sentir nauseas con solo verlo.
—Nunca he sentido algo así.
—Es mejor que no lo hagas, así tienes tu corazón en paz. —el melódico sonido del silencio, acompañaba la sonata que componían el agua y la brisa en aquella alta ubicación. Una armonía que fue interrumpida por un estornudo.
—Salud. —su mano se posa en la espalda de Alejandro, un movimiento que lo tomó por sorpresa. —te dije que te apresuraras, ahora te vas a resfriar. —sus miradas se cruzaron mientras ella pronunciaba aquellas palabras.
—Eres muy delgado, no puedo creer que hayas sido capaz de levantarme, dos veces. Es sorprendente. —los latidos de su corazón no dejaban que las palabras ingresaran correctamente a sus oídos, sus sentidos se encontraban en alerta al sentir el contacto con su brazo, una mano se deslizaba por él, una suave y cálida mano que contrastaba con el frío ambiente.
—T-tal vez s-solo haya s-sido la adrenalina. —sus ojos estaban nuevamente clavados en el suelo, su cara completamente roja y sus manos se apretaban con fuerza entre sí mientras dejaba que ella tocara su brazo.
—Desde antes te pido disculpas si lo que te voy a preguntar te incomoda, pero, antes dijiste que has tenido una vida llena de desgracias, quiero saber, ¿No tienes amigos?
—La pregunta cayó como un balde de agua fría sobre él, quien olvidó por completo la situación en la que estaba y una profunda tristeza invadió su mente y se apoderó de sus palabras consecuentes.
—No, ninguno, en su momento pensé que sí tenía, pero me equivoqué. No tengo ninguno, ninguno de ellos me apoyaría como yo los apoyé, ninguno haría las cosas que yo hice por ellos. Soy simplemente una herramienta que todos usan antes de ser desechada.
—Entonces… Yo seré tu amiga. Quiero ser yo la que te demuestre que todavía hay personas buenas y que sí hay personas que se preocupan por ti. Quiero que tú sientas y entiendas que no eres menos que nadie, quiero que me veas como tu igual, como tu amiga. —su mirada se fijó en sus ojos, sus manos se pusieron debajo de su propio mentón y su expresión cambió a una más alegre. —aunque, si no quieres no te culpo, no tengo amigos y no sé cómo hacerlos, así que solo te lo dije así y ya.
—No, no podría, no podría decirte que no.
—¿Por qué? —ella vuelve la mirada hacia él y sus miradas se cruzan nuevamente, sin embargo, en esta ocasión, ninguno aparta su vista.
—Porque, siempre quise una amiga, y te agradecería que hicieras esto por mí. De verdad, no sabes lo mucho que ansío tener amigos. —su respiración se hacía más agitada mientras sus pupilas se dilataban, su visión se enfocaba en la cara de Verónica y el mundo parecía hacer más ruido en ese momento.
—Pues, ahora ya tienes una. —el tono rojizo en su piel se hacía más intenso, sus manos apretaban su falda con fuerza y su corazón latía con fuerza.
—Entonces… ¿De verdad quieres estar conmigo, al menos como amiga?
—Claro que sí. Lo estaré.
—Ambos rostros se teñían del color del aprecio, sus manos sudaban, y sus corazones tocaban la misma melodía, ambos se estaban desprendiendo de este plano terrenal y se encomendaban a sus sentimientos, una nube rosa que los alejaba del sufrimiento que siempre había sido el director de esta orquesta.
Un momento emotivo que fue interrumpido por una potente luz que los iluminó en medio de la noche, un helicóptero estaba sobrevolando su zona y los vio en el techo del centro comercial.
«Quédense donde están, nuestros hombres bajarán a rescatarlos y volverán a sus hogares»
Los altavoces del helicóptero habían roto la escena y habían intercambiado los sentimientos a unos de vergüenza absoluta. Al subir al helicóptero, fueron interrogados por los soldados quienes cuestionaron su estancia en aquel lugar, y la forma en la que sobrevivieron a la mayor tormenta de la historia.
En cuanto los hombres dejaron de hacer preguntas, ambos se acercaron el uno al otro y comenzaron a contemplar el paisaje inundado como si fuese una maravilla, una que solo ellos comprendían, una que asustaba a quienes los escuchaban.
Al llegar a tierra, ambos fueron recibidos por sus familias, ambos con la misma emoción, recibieron un regaño público al haber desaparecido todo el día, acompañados de advertencias que intentaban llenar de miedos sus corazones, sin embargo, eso no era posible en este momento, porque ahora, el sentimiento que se había colado en sus corazones era mayor a cualquier miedo o resentimiento que pudieran tener, el sentimiento de satisfacción, la sensación de que ahora todo estaba bien, la certeza de que el deseo que le pidieron a la luna se había vuelto realidad, movió sus mentes y sus corazones creando un caparazón que los protegería de la tristeza.
Tras una despedida agridulce, ambos fueron llevados a sus casas, donde sus acciones fueron juzgadas, criticadas por personas que han olvidado sus andanzas de la juventud, sus salidas clandestinas cada calle, sus amoríos escondidos, esos momentos de ternura adolescente que se diluían en el anaranjado cielo del atardecer; Una neblina que se dispersó bajo la luz de la adultez, una luz que alumbró con sombras un pasado brillante.
Al llegar a su habitación, Alejandro decidió sacar de su clóset su pijama para irse a dormir, sin embargo, al abrir las puertas, las prendas que buscaba habían desaparecido, se esfumaron de un lugar que solo él manipulaba, una desaparición que dejó más preguntas que respuestas.
Nota del autor: Espero y estén disfrutando de esta historia, la he escrito con todo el empeño posible para que sea de su agrado. Agradezco a las pocas personas que la leen y espero que puedan hacer llegar este pequeño mundo a más personas. Posiblemente tenga que dejar en pausa la emisión por un mes, cosa que no estaba en mis planes iniciales, pero que, parece ser la realidad a la que me enfrento. A pesar de todo lo anterior, intentaré escribir cada vez que pueda para que los diez capítulos de esta bella historia sean publicados en este mismo año. Nuevamente, gracias y sigan creando vidas en la tierra de nunca jamás.
Att: Escritor Enmascarado.