El muerto

Prólogo

La suave brisa mece sus cabellos con la misma cadencia que la hierba amarilla, alta y seca, casi pajiza. El movimiento racheado del viento lo agita ora rápido, ora lento, y es lo único que confiere vida al cadáver que, oculto entre las espigas, ha sido atropellado por el tren.

Se descompone con lentitud, con discreción. Ni los pasajeros ni los conductores de los convoyes que vienen y van perciben su presencia. Habría que estar muy atento para distinguir que ese bulto informe entre el follaje es un muerto. Solo la fauna cadavérica, que palpita y se alimenta convulsa en el interior de sus orificios, da buena cuenta de su ser.

Un gran charco pestilente rodea su cuerpo y lo convierte en una especie de isla corrompida que ennegrece el matorral envolvente. Algunos huesos verduscos asoman grasientos en una improvisada escultura tétrica; los ojos, entrecerrados en ensoñación ulcerada, están cerosos, ambarinos; la piel, ocre, encuerada; el cabello, enrevesado; la mandíbula, desencajada y en su faz lleva esculpida una expresión de horror que permanecerá congelada para siempre como vestigio macabro de su aniquilación.

Y a pesar del silencio, parece gritar para ser descubierto porque, aun muerto, sigue existiendo.




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