El muerto

I

Una caravana apostada, no lejos de las vías del tren, centellea al sol. Dos niños, Javier y Pili, se encuentran en su interior aburridos y solos. Llevan un par de días veraneando en una especie de secarral solitario, abandonado de la mano de Dios porque, por alguna razón misteriosa, al cabeza de familia le pareció buena idea permanecer allí lo que queda de agosto.

Sus padres han ido a comprar víveres al Carrefour, a varios kilómetros de distancia. Convencidos de que no tardarán en llegar, han dejado a sus hijos a cargo del campamento hasta su regreso.

La caravana, aún nueva, desprende un aroma a fórmica y plástico con persistencia sutil. Las cortinas anaranjadas, que le dan un tono áureo al interior, junto con los tapetes bordados con enormes cerezas de vivos colores, resultan de una cursilería extravagante. Sus finas paredes metálicas no protegen de la canícula sofocante ni del rumor de moscas y cigarras que pululan por doquier y cuya monotonía les amodorra. Javier, abrumado por el calor, sale y se tumba bajo la sombra de uno de los escasos árboles que hay por los alrededores, mientras Pili prefiere permanecer en el sofá leyendo un Reader's Digest antiguo.

Pili es una niña de nueve años, bajita para su edad, algo rolliza y de piel morena, bronceada durante su breve estancia en el páramo. Cuando se mira al espejo, solo ve reflejada a una niña fea y vulgar. No importa cuántas veces le repita su madre que es bonita, sus cabellos y ojos castaños, y su tendencia a engordar la desesperan, pues su tripa, más abultada de lo que desearía, le recuerda que no es ninguna de esas estrellas de Hollywood o de televisión que desearía ser algún día.

Javier tiene catorce años y, a diferencia de su hermana, es más alto que los compañeros de su clase, si bien su cuerpo conserva formas aniñadas y blandas. El cabello, más largo de lo que a su padre le gustaría, tiene un ligero tono castaño claro, casi rubio por el sol veraniego. Sus ojos, de un verde pardusco, y su sonrisa pícara hacen suspirar a más de una muchacha de su colegio sin que él se percate. Y no se da cuenta de su éxito entre las chicas porque está más concentrado en jugar al fútbol y hacer pases de kárate con sus amigos; a fin de cuentas, las niñas de la escuela no son más que una especie de réplica de «la tonta» de su hermana.

Javier vuelve a entrar de improviso, buscando en la despensa algún tentempié que le ayude a resistir hasta el almuerzo. De entre las latas, escoge un bote de salchichas. Con dificultad, lo agujerea con un abrelatas combado por el uso; se hace un corte en el dedo gordo y acaba farfullando una maldición.

Interesada por el trajín de su hermano, Pili le observa muy atenta y, para no perder el hilo de su lectura, coloca un dedo en la página de su revista.

—¡Dame una! —pide, sin muchas esperanzas de recibir ninguna dádiva por parte de su hermano.

Para su sorpresa, le extiende una salchicha fofa y húmeda del mismo color que sus dedos y con una gota de sangre resbalando por ella.

—¡Ay, qué asco! —protesta Pili.

—¿La quieres o no? —pregunta Javier en un tono entre irritado y divertido.

El estómago vacío de Pili decide ante la disyuntiva y acaba por cogerla. La limpia con la mano y le da un mordisco.

—¡Jo, qué repelús! —gimotea mientras come con avidez.

—¡De lo que se come se cría! —exclama Javier, que posee el típico aire burlón y desafiante de los hermanos mayores.

—¡Anda ya! —espeta Pili sin saber muy bien a qué se refiere.

Javier coge el botijo y hace alarde de su pericia al atrapar el hilo de agua con la boca llena.

—¡Dame otra! —ruega Pili.

Javier deja el botijo sobre la mesa para mirar a su hermana con desprecio infinito.

—¡Sí, hombre! ¡Con lo que me ha costado abrir la lata...! ¡Si quieres salchichas, te abres otra tú solita!

Solo de pensarlo, a Pili le invade una pereza inmensa. Le apetece más un bocadillo de queso o de chorizo, pero no queda pan. De todas maneras, sus padres no tardarán en volver y podrán almorzar como Dios manda o, al menos, eso espera.

Vuelve a su lectura del Reader's Digest, aunque ya no se puede concentrar en la historia. El antojo del bocadillo se vuelve obsesivo y no hace más que acordarse del que le hizo su madre el día anterior: estaba aceitoso, el pan se había reblandecido por el calor y tenía granos de arena dentro de la mortadela, tan rosada que parecía chicle y, aun así, le supo a gloria.

—¿Qué lees? —pregunta Javier, acabando con la última salchicha de la lata que traga casi sin masticar. Pili finge no oírle, contrariada por su glotonería egoísta.

—Digo que ¿qué lees? —insiste Javier.

Pili, sin responder, le muestra la revista con expresión de fastidio.

—¡Ya la he leído veinte veces! —Javier se encoge de hombros—. ¿Has llegado al relato del niño que ve cómo su padre le salta los sesos a su hermana?

La expresión maléfica de Javier irrita a Pili.

—¡Esa historia no está! —protesta.

—¡Sí que está! —La sonrisa perversa de Javier se transforma en una mueca de desdén—. ¡Te digo que he leído esa revista un montón de veces! ¡Trae!

Sin previo aviso, agarra la publicación ignorando la protesta chillona de Pili y pasa las hojas con rapidez para detenerse justo a la mitad; luego, le coloca la página seleccionada a escasos centímetros de su cara.

—¿Lo ves? Es la historia de un chaval traumatizado que no habla y un psicólogo lo cura.

—¿Qué es «traumatizado»? —pregunta Pili con los ojos fijos en la ilustración de un niño escondido bajo una cama.

—Alguien que se queda turulato por ver una cosa muy mala. Se quedó sin hablar porque vio como su padre le había abierto la cabeza a su propia hija con una plancha.

—¡Hala! —murmura Pili estremecida.

—¡Tampoco es para ponerse así! —Javier se encoge de hombros, mientras su sonrisa pérfida vuelve a aflorar en su semblante.

Fastidiada, Pili intenta ignorarle y coge el botijo, procurando imitar las habilidades malabaristas de su hermano, aunque con menos éxito. Sin querer, se moja casi toda la cara y eso provoca una inmediata hilaridad en su hermano.




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