El muerto

II

Una sacudida en el hombro despierta a Pili, que, sobresaltada, deja caer el libro de su regazo.

—¡Ayyyy! —protesta al ver que se trata de su hermano—. ¿Por qué me despiertas?

Javier no contesta. Tiene el gesto descolocado, está sudoroso, temblando y su rostro extrañamente pálido.

—¡Tienes que venir conmigo! —susurra Javier.

—¿Qué dices? —Pili sigue adormilada por un despertar tan súbito.

—¡Shhhh! —sisea Javier—. Tengo que enseñarte una cosa.

Javier la agarra del brazo, casi arrastrándola.

—Pero... —murmura Pili sorprendida.

—¡Tienes que venir a verlo; es importante!

Pili ve que sus padres siguen sumidos en el espeso sopor veraniego. No puede pedirles permiso, pero su hermano parece tan apremiante...

—¡Vale, vale! —susurra Pili—. ¿Qué es?

—¡No puedo decírtelo! —responde Javier—. Tendrás que verlo con tus propios ojos.

Pili sale de la caravana intentando no hacer ruido y, aunque no lo consigue del todo, sus padres siguen sin despertarse.

—¡Coge la bicicleta y sígueme! —ordena Javier montándose en la suya.

—¿Adónde vamos?

—¡Tú sígueme! ¡No te lo vas a creer!

Ambos pedalean en silencio. Y pese a que el calor de la tarde les abruma, Javier acelera con el ímpetu del que está ansioso por mostrar un auténtico hallazgo a alguien, tal vez para asegurarse de que lo que ha visto es real o quizás siente la necesidad de compartir temores y angustias para aligerar sus emociones tormentosas. Pili, aún soñolienta, se pregunta qué estará tramando Javier. No sería la primera vez que le gasta bromas pesadas para humillarla y reírse de ella. De todas maneras, su intuición le dice que su cara desencajada no es fingida; que hay algo realmente importante que quiere que vea y debe de serlo para que acuda a su hermana pequeña como apoyo.

—¡Al menos podrías decirme adónde vamos! —refunfuña entre resoplidos, pues empieza a estar fatigada.

—¡No queda mucho!

La respuesta escueta y apremiante de Javier la escama.

—Espero que sea interesante porque ya me estoy cansando.

Javier no contesta. Continúa ensimismado y, con la mirada perdida, avanza en dirección al pinar. La estridulación monótona de las chicharras y el crujir de las ruedas en el camino arenoso son los únicos sonidos que escuchan en el lugar. A pesar de que el sol ya no está tan alto, el calor les sigue envolviendo sin que Javier parezca notarlo, empecinado en llegar cuanto antes a su objetivo.

—¡Estoy cansada! —protesta Pili.

Javier sigue sin pronunciar palabra. Pili no sabe si porque su comentario le resulta irrelevante o porque su mente está en otra parte, pues sigue pedaleando con más ímpetu, si cabe. Es evidente que desea llegar cuanto antes a la pineda, que cada vez está más cerca. Pili se alegra de que, al menos, estarán bajo la sombra de los pinos, incapaz de soportar más tiempo el calor.

Los raíles del tren sobresalen como una larga cicatriz en la llanura donde la cebada silvestre, los cardos marianos y los jaramagos crecen a su alrededor, agitados por una suave brisa. El sendero se va desdibujando, devorado por las malas hierbas, y se estrecha lo justo para que puedan pasar las ruedas, hasta que, al llegar al umbral de la pineda, el camino desaparece.

Javier se detiene, permanece inmóvil unos segundos, se apea de su bicicleta y decide caminar entre los pinos, moviéndose despacio, sigiloso, sobre una alfombra de agujas secas. Pili le sigue intrigada, con una insoportable inquietud royéndole las entrañas. Daría cualquier cosa por volver atrás, a la seguridad de la caravana, al amor de una buena siesta o a la película del mediodía. Hasta preferiría continuar con los malditos deberes antes que estar ahí y ni siquiera sabe por qué. Tal vez por la soledad estremecedora que se cierne sobre ellos o por el panorama desapacible donde no puede encontrar ninguna placidez. Todo resulta amenazante en esa naturaleza áspera que deja bien claro que no son bienvenidos.

A medida que los niños avanzan, en sus cuerpos hay un baile de luces y sombras que, como caricias siniestras, se deslizan sobre ellos al moverse. Javier abandona la bicicleta sobre una roca y se acerca a las ruinas de una caseta que debió ser una antigua estación abandonada.

No muy lejos de ahí, semiocultas entre los árboles, emergen como un costurón mal zurcido las vías del tren.

Los pasos de Javier se ralentizan. Pili percibe su vacilación y un ligero temblor, lo que acrecienta su desasosiego. Javier se detiene mirando hacia un punto fijo, a una especie de bulto que parece un amasijo de ropas embrollado de mala manera.

—¡Está ahí! —susurra.

Pili, incapaz de distinguir lo que hay en el lugar señalado, no quiere moverse. Javier la coge de la mano, pues ninguno de los dos quiere aproximarse por voluntad propia. Solo si se mueven juntos podrán.

Cada paso resulta más difícil que el anterior. Pili abre la boca sin que ningún sonido surja de sus cuerdas vocales abotargadas por la angustia. Un enjambre de moscas, que revolotean nerviosas muy cerca de ellos, y un olor pútrido que inunda su paladar la obligan a cerrarla de nuevo.

Sin darse cuenta, mientras caminan, se han arrimado tanto que han acabado abrazados, a pesar del calor, a pesar del desprecio mutuo. Ante ellos, se presenta una realidad avasalladora que destroza cualquier otra. Continúan acercándose, con sigilo, temiendo hacer ruido. Tienen miedo, pero la curiosidad por observar algo prohibido, que suele ocultarse a los ojos del mundo, les atrae: un muerto.

Tiene un aspecto irreal, como si no fuera un ser humano de verdad, sino un muñeco deslavazado, con las piernas y brazos dislocados en una posición imposible, destripado y de rostro deforme, seguramente por el golpe del tren. Sin apenas advertirlo, se acercan lo suficiente como para no perder detalle del rostro: los ojos secos, desorientados, bizqueando de forma opaca. La boca abierta en un eterno grito silencioso, los intestinos amarillentos esparcidos entre sangre y grasa.




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