El muerto

III

Dolores es la primera en despertarse justo al romper el alba. Contempla envidiosa a su marido y a sus hijos enroscados en sus sábanas, durmiendo como lirones. Sabe que no se podrá mover hasta que Manuel se despierte, ya que cualquier zarandeo en esas cuatro paredes se amplifica como un terremoto.

Dolores suspira y coge un Pronto para hojear mientras espera. Dormir en una caravana no solo es incómodo, sino que hace tiempo que tiene problemas para conciliar el sueño. Demasiados nervios y sinsabores: las cosas de la casa, los niños siempre peleándose e intentando cuestionar su autoridad... A veces los siente como intrusos en su vida. Se pregunta con frecuencia si fueron un error, pero ya no hay vuelta atrás.

Manuel fue posiblemente la mayor equivocación. La sedujo porque era joven e inexperta y, cuando quedó embarazada de Javier, no tuvieron más remedio que casarse. Cuando eran novios, era atento y cariñoso. En cambio, ahora, apenas le habla cuando vuelve del trabajo. Se pasa el tiempo viendo la tele y ni siquiera cuando se van de vacaciones existe algo parecido a la comunicación. Dialogan lo justo para la convivencia, pues ya no queda ni rastro de la complicidad de los primeros años.

Sospecha que Manuel también se siente prisionero en ese matrimonio forzado desde el principio, atrapado por unos niños agobiantes y una esposa frustrada. ¿De quién fue la culpa? ¿Hay algún responsable o debería achacarse ese error a la ignorancia y al ímpetu juvenil? Si al menos hubieran tenido más información... La que les dan a los críos hoy día en el colegio habría sido mejor que nada y, posiblemente, la trampa del sexo no les habría llevado a la situación en la que están ahora.

Dolores se pregunta a menudo si no tuviera esa vida, ¿qué otra vida habría tenido? Cuando era más joven, la única aspiración de una mujer era casarse y tener hijos. Con esa idea se consuela pensando que, probablemente, en otras circunstancias, su vida no sería muy diferente. Si no hubiera conocido a Manuel, habría sido otro cualquiera, otro hombre huraño al que lavarle la ropa, otros hijos insufribles... La cuestión no sería si casarse o no, sino encontrar al mejor de los maridos posibles o al menos malo. A menudo, Dolores se siente culpable por no poder sentir un amor inmutable y constante, sino que hay una intermitencia errática, una especie de botón en sus afectos que se apaga y se enciende según su estado emocional. Si hubiera armonía, si hubiera paz, quizá...

Mueve la cabeza y ve que Manuel está despierto y, sin decir palabra, coloca la mano en su pecho y lo masajea. Dolores no se resiste. Ya hace mucho tiempo que las obligaciones maritales no son más que eso: obligaciones. No muy diferentes a otras tareas como fregar y lavar. Precisamente ahora le parece un fastidio que Manuel se ponga rijoso en un lugar tan incómodo y con los niños delante, aunque estén dormidos.

Lanza una ojeada furtiva a sus hijos para asegurarse de que siguen en brazos de Morfeo. Su cabeza divaga en futuros quehaceres: hacer las camas, preparar el desayuno, lavar la ropa a mano... El sexo no es más que una pérdida de tiempo. Él, como es hombre, no se da cuenta de que casi toda la intendencia está a su cargo y no se puede relajar. ¿Cómo podría entender eso? Para ellos, el tiempo libre es realmente libre; sin embargo, para ella son las mismas obligaciones en un lugar distinto.

Javier se despierta y Dolores aprovecha la ocasión para apartar la mano de su marido y levantarse con celeridad, aliviada por poder escapar de las garras de Manuel.

Los ojos de Javier continúan soñolientos y desconcertados. Tiene la impresión de que está en su habitación hasta que, progresivamente, va recordando dónde está.

La luz de la mañana le ha despertado. Retira despacio la cortina y contempla, entumecido, el páramo yermo. ¿Por qué habrán elegido sus padres ese lugar desolado para veranear? Echa de menos a su amigo Sergio, el único que le comprende. Cuando están juntos, suelen pasar horas enteras hablando de películas de kung-fu mientras recrean los pases marciales de Bruce Lee. Le hubiera encantado compartir su «secreto» con él y no con la tonta de su hermana.

En fin, la vida es así; nada es perfecto.

Pili se despierta con el ajetreo de su madre, que prepara el desayuno sin ninguna consideración con los que duermen. De todos modos, dormir en la litera es increíblemente incómodo, pues es demasiado estrecha y apenas puede moverse. Se ha quejado mil veces y nadie le hace caso. Pili, en su insomnio, se ha pasado la noche oteando a través de la ventana hasta el alba, cuando, por fin, pudo dormir. Intuye que debe de haber alguna carretera lejana porque ha visto las luces de los coches moverse en la lontananza y, de tanto en tanto, el tránsito de algún tren que le hacía sentir escalofríos cuando surcaba el pinar. Lo que alberga en él la aterra. No comprende que su hermano, que a duras penas le dirige la palabra, le haya compartido ese descubrimiento horrible.

Se ha pasado la noche observando el erial silencioso con los ojos puestos en la pineda, atenta ante cualquier movimiento extraño. El difunto debe de estar realmente enfadado. Nadie sabe que ha fallecido, excepto dos niños tontos que le tienen como un pasatiempo en ese lugar espantoso.

Sin duda, se querrá vengar.

Se lo imagina levantándose del suelo con las tripas colgando, aproximándose hacia la caravana, y esa idea le ha dado tanto miedo que ha permanecido inmóvil y casi sin dormir toda la noche. No importa cuántas veces se haya dicho a sí misma que no puede ocurrir nada, que eso son cosas de las películas o de los tebeos de terror, que los muertos no caminan y mucho menos persiguen a los niños.

No hay manera de convencerse. Cuando amaneció, pudo conciliar el sueño, pero el descanso ha durado poco. Su madre, poseída por un extraño frenesí mañanero, prepara el desayuno de la manera más furibunda que puede, dando toda suerte de golpes con cazos y tazas para asegurarse de que nadie pueda descansar.




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