El alba se asoma con lentitud sobre el páramo, amarilleando las espigas esparcidas aquí y allá, dorándolas, dándoles un brillo singular.
Dolores dormita, sentada en la silla de camping con un cuchillo en el regazo, sin darse cuenta de que ya ha salido el sol. No está dormida del todo, sino que permanece sumida en una especie de duermevela desasosegante. Algunas imágenes brotan inconexas, centelleantes e irrumpen por unos segundos con un ruido infernal; luego, el silencio y otro resplandor: el tren, el disparo... Los sonidos no se corresponden con las imágenes: el tren chilla, la cabeza cortada aúlla como una bocina o los flashes de una cámara suenan como disparos. El pinar es un bosque inmenso y sus árboles están inclinados hacia el mismo lado; los matorrales sarmentosos mutan en esqueletos trémulos que intentan atraparla, y una figura negra aguarda inmóvil en medio del páramo, con las manos crispadas como garras. Después, la nada envuelta en el trino de los grillos para luego materializarse una cara terrible aullando a través del vacío. Dolores sacude la cabeza intentando apartar la vista, pero con las pesadillas solo se puede hacer una cosa: despertar.
Abre los ojos. Un dolor agudo se clava en la nuca y la espalda por la postura incómoda mientras dormía. Además, la quemazón en la canilla, enrojecida por los arañazos que le propinó el intruso, la mortifica. Ayer estaba demasiado ajetreada como para darse cuenta del dolor y ahora su piel arde.
Se mira el tobillo. Aquel tipo debió clavar bien sus zarpas, como si sus dedos hubieran querido no solo clavarse en su carne, sino soldarse en ella.
Se levanta entumecida, se estira y da unos pasos cojeando para que sus músculos entren en calor y vuelvan a funcionar. Al girarse, se sobresalta al ver a Pili en el umbral. Por unos segundos interminables, está a la expectativa de cómo va a reaccionar.
Tiene una expresión indescifrable, como si no hubiera en ella ningún pensamiento; de hecho, diría que dentro de Pili no hay nada.
Para estupor de Dolores, estira los brazos bostezando soñolienta.
—¿Qué hora es? —pregunta con el sabor de su bostezo en la boca.
—N... no lo sé —murmura Dolores, escrutando a su hija para desentrañar sus emociones—. Las siete, creo.
—¡Ah! —Pili tiene los ojos entrecerrados, aún amodorrada.
—¿Se ha levantado ya Javier? —pregunta Dolores, confusa.
Pili gira la cabeza para localizarlo.
—No, sigue tirado en el sofá y es un fastidio porque tengo hambre. Quiero desayunar.
Dolores no sale de su asombro.
—¿Desayunar?
Pili pone los ojos en blanco y se encoge de hombros.
—Bueno, ya me espero a que se levante —rezonga con resignación bovina.
Dolores, en un gesto maternal, le acaricia la frente en busca de fiebre. Pili, poco acostumbrada a las caricias, levanta las cejas, sorprendida.
—¡Da igual! —murmura Dolores—. Voy a calentar la leche. ¿Quieres Colacao o Nesquik?
—¡Colacao! —responde Pili, todavía desconcertada. No se le escapa el extraño comportamiento de su madre, que, por cierto, lleva un cuchillo en la mano.
Dolores entra en la caravana y saca un cazo del armario. Hace ruido y agita sus paredes sin ningún miramiento por Javier, que sigue durmiendo en el sofá. El ajetreo le despierta aturdido con la impresión de que es una mañana cualquiera. Por unos segundos, en su leve amnesia, ha olvidado los sucesos horribles del día anterior y, sin que los recuerdos broten del todo, observa a su madre echar la leche condensada en un cazo lleno de agua para preparar el desayuno. Su hermana también la mira pasmada, aunque enseguida se cansa y se sienta al otro lado de la mesa.
—¿Hay galletas? —pregunta Pili cogiendo uno de sus tebeos que hojea distraídamente.
Los eventos acaecidos unas horas atrás emergen con lentitud y comienzan a cristalizarse nítidos en la mente de Javier. Este mira interrogante a su madre y ella le mira a su vez a él. Javier hace un gesto señalando a Pili, como si quisiera preguntar: «¿Y a esta qué le pasa?».
Su madre sacude la cabeza y se encoge de hombros.
—Hay galletas y magdalenas. Tú misma —contesta Dolores.
—¿Las galletas son de chocolate?
—No, pero tienes Nocilla.
—¡Ah, sí, Nocilla! —exclama Pili con una amplia sonrisa.
Javier tiene un aspecto lúgubre y ojeroso sin que eso llame mucho la atención a su hermana. Está a punto de decir algo, cuando su madre le interrumpe:
—¿Y tú? ¿Quieres galletas o magdalenas?
Javier sigue asombrado, sin saber si esa rutina mañanera le reconforta o le desasosiega. «¿Qué coño le pasa a Pili? ¿Se habrá vuelto tarumba como el niño del Reader’s Digest y la tendrán que encerrar?».
—Magdalenas —decide al fin.
Una vez hervida la leche, la vierte en sendas tazas; luego, de uno de los armarios, saca los paquetes de galletas, magdalenas, Nocilla y los cubiertos. Dolores no tiene suficiente fuerza en las piernas como para continuar de pie, por lo que opta por sentarse junto a Javier y ambos observan estupefactos la naturalidad y glotonería con la que desayuna Pili.
—Tú no te acuerdas de nada, ¿verdad? —pregunta Dolores con cautela.
—¡Ah, sí! —suspira Pili—. Tengo que hacer los deberes. Ya lo sé. Los haré luego, ¿vale?
Javier y Dolores se intercambian miradas de asombro.
—¿Te acuerdas de lo que hiciste ayer? —vuelve a preguntar Dolores con la misma precaución.
¿Será posible que su hija no recuerde lo que pasó? ¿Será temporal? Y si vuelven a su memoria los acontecimientos del día anterior, ¿le dará otro ataque histérico? ¿Se volverá loca? Dolores desearía la bendición del olvido al igual que su hija. Esta hace rodar los ojos hacia arriba intentando recordar:
—Pelé las patatas, hice los deberes, me bañé en la charca, jugamos al parchís... —Se encoge de hombros—. Bueno, es un poco aburrido estar aquí.
—¡¿Aburrido?! —espeta Javier.
Dolores le da un codazo. Tiene que impedir que su hijo la despierte de su encantamiento.