El sol está ya en su cénit cuando los veraneantes se marchan. Del estanque asoman burbujas ambarinas que estallan en chasquidos viscosos. El muerto asoma la cabeza casi descarnada, emergiendo lentamente de las aguas gelatinosas.
Parece mirar al cielo con sus ojos pútridos mientras las cigarras murmuran letanías interminables a la calina veraniega.
Desde su decadencia íntima, contempla el páramo y los torbellinos de polvo que envuelven el vehículo que se aleja cada vez más, engullido por el horizonte. Y, sin embargo, desde lo más profundo de su ser, sabe que, de alguna manera, le llevan consigo...