El Mundo Antes de Ella

Capitulo 1

Dilia

***

Nunca quise que mi vida fuera especial. En serio. Yo solo quería que las cosas siguieran como siempre: vivir en Northbridge, ayudar a mi mamá con la cena y pelear con Dilan para que no llenara toda la casa de papeles y dibujos raros. No sabía nada de castillos, ni de familias poderosas, ni de fuerzas antiguas. A mis diecisiete años, eso me sonaba a cuento de niños.

Pero esa tarde, el cielo se veía... mal.

Las nubes estaban quietas, como una manta gris y pesada que tapaba todo el pueblo. No llovía, pero el aire olía raro, como cuando va a caer una tormenta eléctrica, de esas que te ponen los pelos de punta. Las calles estaban vacías y las casas se veían más oscuras de lo normal. Me daba una sensación horrible, como si el pueblo estuviera intentando esconderse de algo.

Caminaba rápido, apretando la bolsa del pan contra mi pecho. Tenía frío, aunque no era un frío normal. Mientras avanzaba hacia mi casa, sentí el roce de la cinta azul que llevo en la muñeca.

No es una cinta bonita. Está vieja y se está deshilachando, pero jamás me la quito. Dilan me la hizo hace dos años después de pasarse toda una tarde intentando dibujar estrellas.

—No parecen estrellas —le dije yo en ese momento.
—Es porque no sabes mirarlas —me respondió él con esa cara de niño serio que pone a veces—. Esta cinta te va a cuidar cuando yo no esté.

Me acordé de eso y sonreí, pero la sonrisa se me borró en cuanto doblé la esquina de la calle Willow.

Me quedé helada. En el techo de la escuela había cientos de pájaros. Estaban ahí, quietos, sin hacer ni un solo ruido. No volaban, no cantaban. Solo estaban ahí, recortados contra el cielo gris, y todos tenían la cabeza girada hacia abajo.

Me estaban mirando a mí.

Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Empecé a caminar más rápido, sintiendo que el aire pesaba, que me costaba respirar. En cuanto llegué a mi casa, entré y cerré la puerta de golpe. El pestillo vibró en mis dedos.

—Ya llegué —grité, tratando de que no se notara que estaba asustada.

—¡No pises el suelo! —me gritó Dilan desde la sala.

Me quedé con un pie en el aire. Ver el desastre de siempre me tranquilizó un poco. Había hojas por todos lados: dibujos de animales, símbolos extraños y líneas de colores.

—¿Qué hiciste ahora? —le pregunté, dejando el pan en la mesa.

Dilan salió de detrás del sofá. Tenía once años, el pelo hecho un desastre y una mancha de tinta verde en la mejilla.

—Estoy ordenando los dibujos por formas —me dijo muy serio.

—Parece que los ordenaste según dónde se te cayeron —le bromeé, aunque por dentro seguía nerviosa. Me fijé en el reloj de la pared: se había detenido exactamente a las seis. Justo cuando yo entré.

Dilan me mostró un papel con siete puntos unidos por líneas. Me agaché y le acaricié el pelo. En ese momento entró mi mamá a la cocina, secándose las manos con el delantal.

—Pensé que te habías perdido, Dilia. Los animales están raros hoy. El gato de la vecina no para de arañar las paredes.

—Es el clima, los tiene nerviosos —le mentí. Yo quería creer que era eso.

Cenamos con mi papá, que llegó poco después trayendo el frío de la calle. Todo parecía normal; Dilan hablaba de que quería ser explorador del océano, pero yo no podía dejar de sentir una presión en el pecho. No era que alguien me estuviera mirando... era más como si algo me hubiera *encontrado*. Como si algo hubiera viajado desde muy lejos solo para buscarme a mí.

Dilan me tiró suavemente de la cinta de la muñeca.
—Se está rompiendo. Te puedo hacer otra.
—Cuando se rompa —le prometí, apretando la tela contra mi piel. Fue como un pacto entre nosotros.

—¿Alguna vez han querido irse de Northbridge? —pregunté de repente.
—¿A dónde irnos? —me respondió mi mamá, extrañada.
—No sé... a cualquier parte.
—Yo nunca querría irme de aquí —dije yo, mirando a las tres personas que más amaba en el mundo.

—Entonces no lo hagas —me sonrió mi papá.

Y en ese segundo, todo se rompió.

Todas las luces y las velas de la casa se apagaron al mismo tiempo. Nos quedamos en una oscuridad total y un frío que calaba los huesos. Dilan soltó un grito.

—Tranquilo —dijo mi papá, levantándose—. Debe ser la luz.

—Pero las ventanas están cerradas —susurró mi mamá. Su voz temblaba. Tenía miedo.

Nadie dijo nada más. Pero afuera, el pueblo se volvió loco. Los perros empezaron a aullar como si los estuvieran matando, los caballos relinchaban histéricos y miles de pájaros salieron volando del techo al mismo tiempo.

Entonces, empezó el ruido.

No era un ruido de afuera. Era un zumbido dentro de mi cabeza. Una vibración violenta que me hacía temblar desde los dientes hasta las rodillas. Me agarré el pecho, sin aire. El aire a mi alrededor empezó a soltar chispas, como electricidad, y mi cabello empezó a flotar.

—¿Dilia? —mi mamá gritó mi nombre, pero se escuchaba lejos, como si estuviera bajo el agua.

Los platos y los vasos de la mesa empezaron a temblar y, de repente, salieron volando hacia arriba. Flotaban en la cocina como si la gravedad ya no existiera.

—¡Papá! ¡Mamá! —intenté gritar, pero no me salió la voz.

De la nada, una luz dorada y cegadora salió del suelo, rompiendo la madera. Eran como hilos de fuego que se enredaron en mis piernas y me levantaron del suelo.

—¡DILIA! —Dilan estiró la mano, gritando de terror al verme flotando en medio de esa luz.

Sentí un golpe brutal en el pecho, como si una mano invisible me estuviera arrancando el alma. El aire se rasgó y se abrió un agujero negro, un vórtice que empezó a tragarse todo.

Vi las caras de mis padres, aterrados, intentando llegar a mí. Vi a Dilan llorando y gritando mi nombre. Estiré mi brazo con todas mis fuerzas para alcanzarlo, pero la corriente era demasiado fuerte.

Lo último que escuché antes de desaparecer en ese agujero fue el sonido de la cinta azul de mi muñeca tensándose al máximo, justo antes de que mi mundo desapareciera para siempre.




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