El Mundo Antes de Ella

Capitulo 1

La noche en que el mundo la encontró

Dilia Ausehn nunca había deseado una vida extraordinaria.

No soñaba con abandonar Northbridge ni con descubrir secretos capaces de cambiar el mundo. Tampoco imaginaba castillos escondidos, familias poderosas o fuerzas antiguas pronunciando su nombre. A sus diecisiete años, sus mayores preocupaciones eran llegar a tiempo a casa, ayudar a su madre con la cena y evitar que Dilan convirtiera su habitación en un taller lleno de papeles, hilos y figuras imposibles.

Aquella tarde, sin embargo, el cielo parecía estar esperando algo.

Las nubes se habían detenido sobre el pueblo como una inmensa sábana gris. No llovía, pero el aire olía a tierra mojada. Las calles de Northbridge estaban casi vacías, y las viejas fachadas de ladrillo parecían más oscuras bajo la luz amarillenta de los faroles.

Dilia caminaba con una bolsa de pan apretada contra el pecho. Su cabello castaño, ligeramente ondulado, se movía con la brisa mientras avanzaba por el estrecho sendero que conducía hasta su casa.

En su muñeca izquierda llevaba una cinta azul oscuro cubierta de pequeños puntos blancos.

No era bonita de una manera especial. El hilo estaba desgastado y uno de los extremos comenzaba a deshacerse, pero Dilia nunca salía sin ella.

Dilan se la había hecho dos años atrás, después de pasar una tarde entera intentando dibujar las mismas figuras una y otra vez: círculos, estrellas, espirales y pequeños puntos que, según él, formaban constelaciones.

—No parecen estrellas —le había dicho Dilia al verla por primera vez.

—Porque no sabes mirarlas —respondió él, ofendido.

Desde entonces, la cinta permanecía atada a su muñeca.

Dilia dobló la esquina de la calle Willow y divisó la casa familiar. Era pequeña, de dos pisos, con paredes claras y un jardín que su madre intentaba mantener vivo durante todo el año. Una de las ventanas estaba abierta y, desde el interior, se escuchaba la voz de Dilan discutiendo con alguien.

O consigo mismo.

Con él nunca se sabía.

Dilia abrió la puerta.

—Ya llegué.

—¡No pises el suelo! —gritó Dilan desde la sala.

Ella se quedó inmóvil, con un pie todavía en el aire.

Decenas de hojas estaban esparcidas sobre la alfombra. Algunas tenían dibujos de animales; otras mostraban símbolos, líneas y patrones trazados con lápices de diferentes colores.

—¿Qué hiciste?

Dilan apareció detrás del sofá. Tenía once años, el cabello revuelto y una mancha de tinta verde en la mejilla.

—Estoy ordenándolos.

Dilia observó el desastre.

—¿Ordenándolos?

—Sí. Por formas.

—Parecen estar ordenados según el lugar donde se te cayeron.

Dilan frunció el ceño.

—No entiendes mi método.

Dilia soltó una risa delicada, apenas más fuerte que un suspiro.

—Claramente.

Pasó con cuidado entre las hojas y dejó el pan sobre la mesa. Dilan la siguió, hablando sin respirar sobre una nueva figura que había inventado. Según él, si se unían siete puntos en el orden correcto, aparecía la silueta de un pájaro.

Dilia no veía ningún pájaro.

Aun así, lo escuchó como si aquella explicación fuera la cosa más importante del mundo.

—¿Y este punto? —preguntó, señalando uno que parecía estar fuera del dibujo.

Dilan acercó el rostro al papel.

—Ese no debería estar ahí.

—Quizá sea el ojo.

Él guardó silencio durante unos segundos.

—Sí. Es el ojo.

—Entonces lo hiciste bien.

Dilan sonrió satisfecho y regresó corriendo a la sala.

La madre de ambos apareció desde la cocina, secándose las manos en el delantal.

—Pensé que te habías perdido.

—La señora Elwick decidió contarme toda la historia de su gato.

—¿Otra vez?

—Esta vez desapareció durante cuarenta minutos.

—El gato estaba dormido en su armario —intervino Dilan desde el otro lado de la casa.

Dilia volvió a reír.

Su madre tomó el pan y le dio un beso breve en la frente.

—Ve a lavarte las manos. Tu padre llegará pronto.

Aquella era la clase de noche que Dilia conocía de memoria.

El sonido de los platos sobre la mesa. El olor del estofado. Dilan preguntando cada cinco minutos cuándo estaría lista la comida. Su madre fingiendo molestia mientras probaba la salsa. El viento golpeando suavemente las ventanas.

Nada extraordinario.

Nada que mereciera ser recordado.

Y quizá por eso, años después, Dilia sería capaz de reconstruir cada detalle.

El lugar exacto donde estaba la cesta del pan.

La grieta pequeña en uno de los platos.

La mancha de harina en la mejilla de su madre.

Incluso la manera en que la llama de una vela se inclinó hacia ella cuando pasó cerca.

Dilia se detuvo.

La llama volvió a enderezarse.

—¿Qué pasa? —preguntó su madre.

—Nada.

Miró la vela una vez más antes de continuar.

No era la primera cosa extraña que ocurría aquel día.

Durante la mañana, los pájaros se habían reunido sobre el tejado de la escuela. No cantaban ni volaban. Solo permanecían allí, mirando hacia el patio.

Mirándola a ella.

Después, uno de los relojes del aula se detuvo exactamente cuando Dilia entró y volvió a funcionar cuando salió. La profesora lo golpeó dos veces y culpó a la humedad.

Dilia también quiso culpar a la humedad.

Era más fácil.

Su padre llegó unos minutos antes de las siete, llevando consigo el frío de la calle. Saludó a su esposa, revolvió el cabello de Dilan y tomó asiento frente a Dilia.

—¿Cómo estuvo tu día?

—Normal.

La palabra salió con demasiada rapidez.

Su padre levantó una ceja.

—Entonces ocurrió algo.

—No ocurrió nada.

—Cuando dices «normal» de esa manera, siempre ocurrió algo.

Dilia bajó la mirada hacia su plato.

—Solo estoy cansada.

No quería contarles lo de los pájaros ni lo del reloj. Mucho menos hablarles de la sensación que la había acompañado durante todo el día.




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