Ondeaville
La puerta de la casa aún permanecía abierta.
La lluvia seguía cayendo sobre el pequeño jardín de los Ausehn mientras el silencio se apoderaba de todos.
Dilia respiraba con dificultad.
Sentía el corazón golpeándole el pecho tan fuerte que por un momento creyó que iba a desmayarse.
Los tres desconocidos permanecían inmóviles frente a ella.
Ninguno parecía nervioso.
Ninguno parecía tener prisa.
Como si arrancar a una hija de su familia fuera la cosa más normal del mundo.
Su madre dio un paso al frente.
—Mi hija no irá con ustedes.
Su voz temblaba, pero sus ojos no.
El hombre que parecía dirigir a los otros dos la observó unos segundos.
—Debemos llevarla.
—¡No! —respondió el padre de Dilia, colocándose delante de su esposa—. No sabemos quiénes son ustedes. No tienen ningún derecho.
Dilia miró de un rostro a otro sin entender absolutamente nada.
Todo aquello era absurdo.
Hacía apenas unos minutos estaba riéndose con Dilan porque había llegado empapada por la lluvia.
Ahora había tres personas dentro de su casa diciendo que debían llevársela.
—Tiene que ser un error... —murmuró.
Nadie respondió.
Miró al hombre.
—Señor... yo creo que me están confundiendo con otra persona.
Una pequeña sonrisa nerviosa apareció en su rostro.
—Aquí solo vivimos nosotros. Nunca me he metido en problemas. De verdad... creo que buscan a alguien más.
Silencio.
La lluvia golpeaba el techo con más fuerza.
—¿Me está escuchando?
Nada.
Su sonrisa desapareció poco a poco.
—No entiendo qué está pasando...
Su madre tomó su mano.
—No te preocupes, mi amor.
Nadie va a llevarte.
Todo va a estar bien.
Dilia apretó los dedos de su madre.
Quería creerle.
De verdad quería hacerlo.
Entonces el hombre levantó lentamente una mano.
No pronunció ninguna palabra.
No hizo ningún gesto extraño.
Simplemente...
Levantó la mano.
Y algo cambió.
Dilia sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
Intentó dar un paso hacia atrás.
Su pie, en cambio, avanzó hacia la puerta.
Frunció el ceño.
Volvió a intentarlo.
Su cuerpo dio otro paso.
Su respiración se aceleró.
—...
Miró sus piernas.
Acababan de moverse.
Pero ella...
Ella no las había movido.
—¿Qué...?
Intentó detenerse.
Otro paso.
—No...
Otro más.
Esta vez fue más rápido.
—No...
Su voz apenas salió.
Levantó la vista hacia su padre.
—Papá...
Intentó volver.
Las piernas siguieron caminando.
Ahora sí el miedo le atravesó el pecho.
—Papá...
Su padre corrió hacia ella.
Pero, antes de alcanzarla, uno de los acompañantes del hombre extendió discretamente la mano.
El aire vibró.
El padre de Dilia se quedó inmóvil.
No estaba atado.
No había ninguna cuerda.
Simplemente...
No podía avanzar.
Intentó hacerlo una y otra vez.
Sus músculos temblaban por el esfuerzo.
Pero era como empujar una montaña.
—¡Suéltela!
Su madre también intentó correr.
El mismo resultado.
Dilia comenzó a llorar.
—¡¿Qué me están haciendo?!
Sus piernas seguían caminando.
—¡No puedo detenerme!
Miró desesperada a los desconocidos.
—¡Hagan que pare!
Nadie respondió.
—¡Por favor!
Intentó sujetarse al marco de la puerta cuando pasó junto a él.
Sus dedos resbalaron por la madera.
Fue inútil.
Cada paso la alejaba un poco más de su casa.
Un poco más de su familia.
—¡Mamá!
Su madre lloraba desconsoladamente.
—¡Mi niña!
Dilan salió corriendo detrás de ella.
—¡¡Dilia!!
La chica giró la cabeza con desesperación.
—¡Dilan!
El niño corría tan rápido como podía.
Las lágrimas le impedían ver bien.
Extendió ambos brazos intentando abrazarla.
Pero cuanto más corría...
Más lejos parecía quedar.
—¡Espérame!
Dilia comenzó a sollozar.
—¡Yo no quiero irme!
Miró nuevamente al hombre.
Ya no había miedo en su voz.
Había desesperación.
—¡Les juro que esto es un error!
Las lágrimas caían sin control.
—¡Yo no hice nada!
Nadie respondió.
—¡No he hecho nada malo!
Su voz se rompió.
—¿Por qué me están llevando?
Silencio.
Solo el sonido de la lluvia.
—¡Díganme algo!
Nada.
Dilan seguía corriendo detrás de ella.
Ya estaba completamente empapado.
—¡Dilia!
Ella levantó una mano cuanto pudo.
La cinta azul alrededor de su muñeca se movió con el viento.
—Cuida a mamá...
No sabía por qué había dicho aquello.
Ni siquiera sabía si volvería en diez minutos.
Pero algo dentro de ella...
Algo muy profundo...
Le decía que aquella despedida era distinta.
Y eso la aterraba.
El bosque comenzó a tragarse poco a poco las luces de Northbridge.
Primero desapareció el jardín.
Después el tejado.
Luego la ventana de la cocina.
La última luz que vio fue la del comedor.
La misma mesa donde, apenas unos minutos antes, habían estado hablando de pan caliente y dibujos.
Entonces...
También desapareció.
Y Dilia comprendió que ya no podía ver su hogar.
Se le hizo un nudo en la garganta.
—No...
Susurró.
—No, no...
Esto no puede estar pasando.
Debe ser una pesadilla.
Sí.
Eso era.
Una pesadilla.
En cualquier momento iba a despertar.
En cualquier momento abriría los ojos y escucharía a Dilan golpeando la puerta de su habitación porque llegaba tarde al desayuno.
Se obligó a creerlo.
Porque la otra opción...
Era demasiado dolorosa.
El frío desapareció.