El laberinto de la academia
La caída a través del portal rúnico se sintió como ser succionada por un tornado de luz cegadora que me robó el aire de los pulmones. Cerré los ojos con fuerza, gritando el nombre de Dilan, pero mi voz se ahogó en un vacío absoluto.
Entonces, el frío desapareció de golpe.
Fue tan repentino que abrí los ojos por puro instinto, tambaleándome sobre mis pies. Mi respiración seguía acelerada y el corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que por un momento creí que iba a desmayarse. Lo primero que vi fue un cielo completamente distinto; no estaba oscuro, sino que una tenue luz azul iluminaba todo el lugar de manera irreal.
Parpadeé varias veces, mareada. No reconocía absolutamente nada. Frente a mí se levantaban enormes y majestuosos edificios de piedra blanca cubiertos por enredaderas verdes perfectas. Había puentes que unían unas torres con otras, jardines llenos de flores exóticas que jamás había visto en Northbridge y árboles tan altos que prematuramente parecían tocar el cielo. Un lago se extendía a la distancia, tan quieto que reflejaba las luces como un espejo. Todo era extrañamente hermoso, y eso me asustó todavía más. En mi cabeza solo había una pregunta que me quemaba: ¿Dónde demonios estoy?
Retrocedí un paso y miré detrás de mí. Mi casa, la sala y mi familia habían desaparecido. En su lugar, solo quedaba un imponente arco de piedra. El brillo de la entrada comenzó a cerrarse lentamente ante mis ojos, apagándose por completo.
—No... ¡esperen! —mi voz salió apenas en un susurro.
Corrí hacia el arco, golpeando la piedra con desesperación. Estaba fría y completamente normal. Golpeé dos veces rascándome los nudillos, pero no hubo respuesta. Apoyé la frente contra el pilar, repitiéndome una y otra vez que esto tenía que ser una pesadilla. Una pesadilla muy rara y muy larga, pero un sueño del que pronto despertaría en mi habitación con el olor al desayuno de mi madre.
—Síguenos.
Una voz fría cortó mis pensamientos. Me giré bruscamente y me topé con tres desconocidos vestidos con túnicas azul oscuro que habían cruzado el portal justo detrás de mí con una tranquilidad pasmosa. El hombre que parecía liderarlos me observaba sin que su expresión cambiara un ápice.
—¡Ábranlo otra vez! —les grité, con las lágrimas desbordándose por mi rostro—. ¡Ábranlo! ¡Mi familia está allá! ¡Tengo que volver!
El hombre ni siquiera se inmutó.
—Tu lugar está aquí ahora. Camina.
—No pienso moverme —sentencié, plantando firmemente los talones en el suelo de piedra.
Durante un segundo creí que funcionaría, hasta que el hombre levantó ligeramente una mano. No pronunció ninguna palabra, pero de inmediato sentí una fuerza invisible reclamando mi cuerpo. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y mis piernas comenzaron a avanzar por sí solas.
—¡No! ¡Otra vez no! ¡Ya basta! ¿Es que ustedes no escuchan? ¡No quiero ir! —supliqué, intentando clavar los pies, pero mis músculos obedecían a su magia, no a mí.
Al ver que mis gritos no causaban ningún efecto, dejé de hacerlo. Estaba demasiado cansada, demasiado confundida, demasiado rota. Mientras avanzaba forzada por los pasillos exteriores, me di cuenta de que era la única que caminaba completamente perdida. A mi alrededor, el lugar estaba lleno de jóvenes. La mayoría vestía un uniforme azul oscuro con detalles plateados impecables, lo que me hizo pensar que este inmenso lugar era algún tipo de academia o escuela militar, aunque no tenía la menor idea de cómo se llamaba ni en qué rincón del mundo me encontraba.
Una chica pasó junto a mí a toda velocidad, montada sobre una especie de criatura blanca parecida a un ciervo. Un muchacho caminaba poco después con varios libros flotando alineados detrás de él, siguiendo sus pasos como cachorros obedientes. Parpadeé y volví a mirar; los libros seguían suspendidos en el aire. Más allá, otra estudiante encendía una pequeña esfera de luz sobre la palma de su mano para leer un mapa, y otro hacía crecer una planta en cuestión de segundos.
La idea de que fuera un sueño volvió a mi mente. Si era un sueño, solo tenía que despertar. Me di un pequeño pellizco en el brazo.
—Ay —fruncí el ceño. Dolió. Me pellizqué otra vez, esta vez mucho más fuerte—. ¡Ay!
Miré mi propio brazo enrojecido y luego todo el lugar. Una sola idea aplastante cruzó por mi cabeza: si dolía, entonces era real. La magia existía y yo estaba atrapada en ella. El miedo regresó de golpe.
Los guardias subieron unas majestuosas escaleras de piedra. Frente a nosotros se levantaba el edificio principal; era inmenso, con puertas de madera tan altas que diez personas podrían atravesarlas al mismo tiempo. El líder se detuvo en el umbral y miró a uno de sus compañeros.
—Avísale a la Decana que la Manifestación Pura ha llegado.
El hombre asintió y desapareció por una de las puertas, mientras los otros dos permanecieron allí esperando. En ese instante, miré discretamente a ambos lados. Nadie me estaba sujetando y la presión invisible sobre mis piernas había desaparecido de golpe. Miré el camino, un jardín denso y, más allá, un puente colgante. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Ahora.
No lo pensé. Di media vuelta y corrí.
—¡Eh! ¡Deténganla! —escuché la voz de alerta detrás, pero no miré atrás. Solo seguí corriendo con el alma en un hilo.
No sabía hacia dónde iba ni dónde estaba la salida de este inmenso laberinto de piedra, pero quedarse no era una opción. Corrí por un sendero rodeado de árboles, giré a la derecha, luego a la izquierda, subí unas escaleras y bajé otras en un intento desesperado por perderlos.
—Tengo que salir... tiene que haber una salida... —murmuraba entre jadeos, sintiendo que el aire me faltaba.
Una enorme puerta de roble apareció frente a mí. La empujé con todas mis fuerzas y la abrí de golpe. El ruido y el impacto de lo que encontré al otro lado me obligaron a detenerse en seco.