Capítulo 3
El veredicto de la Decana
La presión mágica de los guardias no me dio tiempo para procesar la mirada de asco que me había dedicado aquel chico de ojos grises en el campo de entrenamiento. Mis piernas se movieron solas otra vez, obligándome a marchar a través de las colosales puertas de madera del edificio principal. El frío de los pasillos de piedra me calaba los huesos, pero la humillación y la furia que quemaban en mi pecho eran mucho más intensas. No dejaba de pensar en la soberbia de ese estudiante; me había tratado como si fuera basura solo por no llevar su uniforme.
Los guardias me detuvieron frente a una imponente entrada doble con relieves de plata. Las puertas se abrieron solas, revelando un despacho inmenso. Detrás de un escritorio de roble negro tallado con runas vivas que palpitaban con una luz violeta, se encontraba una mujer de postura impecable, cabello canoso recogido en un moño perfecto y ojos tan afilados como cuchillas.
La Decana Norms.
—Déjennos —ordenó la mujer. Su voz no era alta, pero poseía una autoridad que hizo que los guardias retrocedieran de inmediato y cerraran las puertas a sus espaldas.
En el segundo en que nos quedamos solas, el lazo invisible que controlaba mis piernas se cortó. Di un traspié, recuperando el equilibrio a duras penas, y me froté las muñecas. Lo primero que hice fue asegurar la manga de mi suéter sobre la cinta azul de Dilan.
—Tienes preguntas, Dilia Ausehn —habló la decana, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. Y yo tengo un flujo escolar que mantener. Así que seré breve. Estás en la Academia Ondeaville, el santuario de los linajes mágicos más puros de este mundo.
—Tiene que ser un error —solté de inmediato, dando un paso al frente. Mi voz temblaba por la mezcla de miedo y rabia—. Yo no tengo magia. Soy normal. Vivo en Northbridge, ayudo a mi mamá con la cena, mi hermano dibuja en la sala... ¡No pinto nada aquí! Es un error, una confusión. Por favor, abra ese portal y déjeme volver a casa. Mi familia debe estar muriéndose de terror.
La decana Norms esbozó una sonrisa gélida, carente de cualquier rastro de calidez humana.
—Las Manifestaciones Primordiales no cometen errores, Dilia. Ellas eligen. Y la manifestación te ha escogido a ti. Eres la segunda vez en un siglo que esto ocurre con un espécimen sin linaje de sangre.
—¡Pues eligió mal! —le grité, perdiendo los estribos, mientras las lágrimas de frustración amenazaban con salir—. ¡No tengo nada dentro de mí! ¡No puedo hacer flotar libros, ni encender fuego, ni mover el agua! ¡No soy nada!
—Eso lo descubriremos aquí —sentencié Norms, ignorando mi arrebato con una indiferencia absoluta. Deslizó un pergamino grueso y un pequeño emblema de metal plateado sobre la mesa—. Este es tu horario para principiantes y tu pase a los dormitorios. No puedes regresar a tu hogar, Dilia. El portal hacia tu mundo está sellado para ti. Hasta que no descubras tu manifestación, la domines y demuestres que no eres un peligro rústico para el flujo de Ondeaville, permanecerás aquí. Te guste o no.
Miré el pergamino como si fuera una sentencia de muerte. Todo mi cuerpo temblaba. El nudo en mi garganta era tan espeso que casi no me dejaba respirar. Estaba atrapada. Secuestrada en una academia de élite donde las leyes de la física no aplicaban, obligada a buscar algo que estaba segura de que no existía.
—Tu compañera de cuarto se llama Jules —añadió la decana, volviendo su atención a unos papeles, dándome a entender que la audiencia había terminado—. Reza para que aprendas rápido, Ausehn. En Ondeaville, los débiles suelen ser devorados por el entorno. Retírate. No querrás cruzarte de nuevo con muchachos como el heredero Bride; la alta nobleza no suele tolerar la presencia de los de tu clase.
Al escuchar ese apellido, congelé mis pasos en la puerta. Heredero Bride. Así que ese era el nombre de la familia del chico insoportable que me había dejado tirada en el suelo del campo.
Mientras tanto, en la torre más alta del pabellón de la alta nobleza, Neil Bride contemplaba el patio central desde el gran ventanal de su habitación privada. Sus puños estaban tan apretados que sus nudillos se habían vuelto blancos. La imagen de la chica rústica del campo de entrenamiento, defendiéndose con los ojos empañados en lágrimas pero con una mandíbula rígida, no salía de su cabeza. No tenía aura. No tenía uniforme. Era una humana común y corriente.
Un destello azul iluminó el espejo de su tocador. La superficie de cristal se distorsionó, mostrando el rostro severo y aristocrático de su padre, el líder del Consejo de la Nobleza.
—Neil —la voz de su padre resonó con una vibración pesada—. Asumo que ya te has enterado del disturbio en el ala de ingreso.
—La vi en el campo de entrenamiento, padre —respondió Neil, manteniendo la postura perfecta que le habían enseñado desde niño—. Una humana. Los Vanlogs la trajeron a la fuerza. No posee una sola gota de linaje heredado. Es un bicho raro.
El rostro de su padre se endureció en el reflejo del espejo.
—No la subestimes, Neil. Las manifestaciones libres y puras son una anomalía que amenaza el orden que nuestra familia ha protegido durante generaciones. Si los civiles descubren que una humana común puede albergar una fuerza primordial sin pertenecer a la nobleza, nuestro derecho de sangre flaqueará. Las manifestaciones solo escogen a aquellos con un corazón valiente, y el caos que eso puede desatar si no se controla es inimaginable.
Neil entornó los ojos, recordando el sutil e imperceptible calor que había sentido en el aire cuando la chica cayó al suelo. Un destello de sospecha cruzó por su mente.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó el muchacho.
—Vigílala. Hazle entender que no pertenece a Ondeaville. Destruye su voluntad antes de que esa manifestación despierte. Si la academia la ve como el bicho raro y patético que es, se romperá por sí sola y la decana no tendrá más opción que desecharla. No permitas que gane terreno, Neil. El rumbo de nuestras vidas depende de que mantengamos el control.