El eco de la primera anomalía
La luz de Ondeaville no amanecía; se filtraba a través del cristal como un hematoma azulado en el cielo. Tardé tres segundos exactos en recordar que no estaba en mi cama de Northbridge, que el olor a café de mi madre no flotaría por el pasillo y que mi hermano no estaría quejándose por el ruido. El techo abovedado de piedra gris y el frío cortante de la habitación de la academia me devolvieron a la realidad de golpe. Estaba atrapada.
Jules ya no estaba en su cama. En su lugar, sobre la mesa de madera, había dejado una muda de ropa doblada con cuidado junto a una pequeña nota manuscrita: «Póntelo. Es mejor que camines con esto que con tu ropa de ayer. Te veo en el comedor, busca la mesa del fondo».
Extendí la prenda sobre las sábanas. Era un uniforme, pero no tenía nada que ver con los trajes impecables de bordados plateados que les había visto a los guardias o al chico del campo de entrenamiento. Este era de un gris opaco, plano y desprovisto de cualquier insignia o escudo familiar. Era el uniforme de los Sin Linaje. Una etiqueta invisible pero ruidosa que gritaba lo que era: un bicho raro, una intrusa en el santuario de la sangre pura.
Me vestí a toda prisa, sintiendo que la tela me escocía en la piel. Lo último que hice fue ajustar con fuerza la manga izquierda sobre mi muñeca. Me aseguré de que la cinta azul de Dilan quedara perfectamente oculta. Era mi único lazo con el mundo real.
Tomé el pergamino que parpadeaba débilmente con el mapa de la escuela y salí al pasillo.
Fue entonces cuando la bomba estalló.
Anoche, la hostilidad era un asunto privado entre la Decana, los guardias y el heredero Bride. Esta mañana, era de dominio público. En cuanto mis botas pisaron el pasillo central del ala norte, las conversaciones se detuvieron en seco. Docenas de estudiantes, elegantemente vestidos con sus túnicas oscuras y botones de oro, se giraron hacia mí.
Los murmullos se propagaron como una plaga de abejas.
—Es ella… —susurró una chica de cabello plateado, tapándose la boca con un abanico—. La rústica. La que trajeron los Vanlogs.
—¿Una humana común? ¿En Ondeaville? Es una ofensa al orden —respondió un muchacho a su lado, mirándome con una mezcla de asco y desdén.
—Dicen que la Manifestación Primordial la eligió. Qué patético. No tiene sangre noble, no podrá usar la magia de los linajes. ¿Qué se supone que va a hacer aquí?
Apreté los puños dentro de los bolsillos del uniforme gris. Caminé con la cabeza en alto, obligando a mis piernas a no temblar. Ellos hablaban de "magia" y de "linajes", de canalizar la energía del mundo a través de su sangre perfecta. Pero la Decana había sido muy clara: lo mío no era magia. Era una Manifestación. Y yo no tenía la menor idea de qué significaba eso, ni por qué, entre millones de personas, esa fuerza me había elegido a mí. ¿Por qué romper un silencio de cien años conmigo?
Tragué saliva, conteniendo la frustración, y seguí el mapa hasta el Gran Comedor.
El lugar era imponente, un salón colosal iluminado por miles de velas flotantes que vertían una luz dorada sobre largas mesas de madera. Identifiqué a Jules al fondo, en la mesa más alejada y oscura, donde se sentaban los estudiantes becados o de rangos menores. Me deslicé entre la multitud y me senté a su lado.
—Vaya, toda la academia está hablando de ti —dijo Jules en voz baja, pasándome un trozo de pan—. Alguien filtró lo que pasó en el despacho de la Decana anoche. Toda la academia sabe que eres una humana sin una gota de herencia mágica. Los nobles están aterrorizados, Dilia, aunque lo disfracen de asco. Sienten que tu sola presencia es una amenaza.
—¿Una amenaza? —pregunté, frunciendo el ceño—. Si ni siquiera puedo hacer flotar un vaso de agua como hacen ellos. No tengo magia.
—Exacto. Ese es el problema —Jules se inclinó hacia mí, bajando aún más la voz—. La magia de los nobles se hereda, se controla, se escribe en tratados. Pero las Manifestaciones... no son magia. Son algo vivo, una fuerza libre. La última vez que una Manifestación Libre eligió a alguien que no pertenecía a la nobleza fue hace un siglo.
Dilia dejó el pan de lado, sintiendo un vuelco en el estómago.
—¿Qué pasó con esa persona? —pregunté.
Jules miró a su alrededor con nerviosismo antes de responder.
—Nadie lo sabe. Los registros de esa época están sellados en la sección restringida de la biblioteca superior. Mi abuelo decía que los nobles borraron su nombre de la historia. Desapareció de la noche a la mañana. Pero los rumores dicen que su poder era tan destructivo e incomprensible para la magia común que el Consejo de la Nobleza tuvo que hacer algo drástico para contenerlo. Los Bride lideraron esa cacería.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, el bullicio del comedor disminuyó drásticamente. Las enormes puertas dobles se abrieron y el círculo de la alta nobleza hizo su entrada. Al frente caminaba Neil Bride.
Caminaba con una elegancia innata, pero sus ojos grises, fríos como el granizo, escudriñaron el salón hasta fijarse con precisión quirúrgica en mí. Atravesó el comedor con paso firme, obligando a los demás estudiantes a apartarse, hasta detenerse justo frente a nuestra mesa. Todo el salón se quedó en un silencio sepulcral.
Miró mi plato, luego se detuó en mi uniforme gris opaco. Una sonrisa gélida se dibujó en sus labios.
—Disfruta el desayuno, rústica —dijo Neil. Su voz, aunque baja, resonó con una claridad aterradora—. En Ondeaville, los parásitos que no pertenecen al orden biológico de este mundo terminan secos antes del invierno. No tienes un linaje que te respalde. No eres nada. Y te aseguro que no durarás una semana si intentas buscar lo que no te corresponde.
Aquella última frase me erizó la piel. Lo que no te corresponde. No se refería solo a estar en la academia; se refería a la Manifestación. Había un secreto enorme detrás de sus ojos grises, una verdad que su familia llevaba cien años protegiendo bajo llave.