El Mundo Antes de Ella

Capítulo 5

Capítulo 5
Páginas arrancadas

El silencio del ala norte a las tres de la mañana era absoluto, pero en mi cabeza el estallido del cristal seguía resonando como un eco eterno. Me froté las manos debajo de las sábanas; la piel aún me escocía con un cosquilleo frío y ajeno, como si la Manifestación Libre estuviera atrapada justo debajo de mis poros, arañando por volver a salir.

Un crujido leve me hizo saltar en el colchón.

—Dilia, despierta —susurró Jules.

Me incorporé de golpe. Mi compañera de cuarto ya estaba de pie, vestida con una capa oscura que devoraba su uniforme y sosteniendo un pequeño candil de cristal opaco que emitía una luz verdosa y mortecina. En su otra mano sostenía mi pergamino-mapa.

—¿Qué haces? —pregunté en un susurro ahogado, apartando las mantas.

—Lo que viste hoy en el aula de Flujo no fue una rabieta mágica, Dilia. Desestabilizaste el espacio. Convertiste un cristal calibrado de la nobleza en polvo. Si los Vanlogs o la Decana deciden que eres demasiado peligrosa antes de que entiendas qué eres, te encerrarán en los sótanos —Jules se acercó a mi cama, con los ojos brillando por una mezcla de terror y determinación—. Tenemos que ir a la biblioteca superior. Esta noche. El mapa rúnico que te dio la Decana tiene los accesos de nivel uno, pero si lo combinamos con un catalizador menor... podemos ver los pasillos ocultos del Consejo.

No necesité que me lo dijera dos veces. El miedo a lo desconocido era grande, pero el deseo de respuestas y el recuerdo de la mirada de pánico de Neil Bride eran más fuertes. Me calcé las botas, me eché la capa oscura sobre los hombros y guardé la cinta azul de Dilan bajo la manga.

Salir de la habitación 214 se sintió como sumergirse en agua helada. Los pasillos de Ondeaville parecían diferentes de noche; las gárgolas de piedra de las esquinas proyectaban sombras alargadas que se movían con el parpadeo de nuestro candil. Jules caminaba al frente, guiándose por el pergamino. El mapa, que durante el día solo mostraba las aulas comunes, ahora revelaba delgadas líneas de tinta plateada que se retorcían como venas hacia la torre más alta del castillo.

—Por aquí —indicó Jules, girando a la izquierda hacia una escalera de caracol que parecía ascender hacia las nubes.

Subimos durante lo que parecieron horas, con el aire volviéndose cada vez más fino y frío. Finalmente, nos topamos con una colosal puerta de hierro negro, tachonada con inscripciones que no brillaban, sino que absorbían la luz de nuestra lámpara. La sección restringida de la biblioteca superior.

—Está sellada con un bloqueo de linaje —murmuró Jules, pasando sus dedos cerca de la cerradura sin tocarla—. Solo los profesores o los miembros del Consejo de la Nobleza pueden abrirla. Si la toco con mi flujo, la alarma sonará en el despacho de la Decana en un segundo.

Me acerqué a la puerta, sintiendo una extraña pulsación en la boca del estómago. El metal negro parecía emitir el mismo zumbido sordo que había destruido el cristal en el aula.

—Déjame intentar algo —dije.

—Dilia, no. Si usas magia aquí...

—No voy a usar magia. No sé cómo —la interrumpí, colocando mi palma derecha directamente sobre el frío hierro.

Al principio, no pasó nada. Luego, cerré los ojos y me concentré en la frustración de estar encerrada, en la injusticia de las leyes de este mundo. No invoqué ninguna energía; simplemente dejé que mi voluntad empujara contra el sello. Bajo mi manga, la cinta de Dilan ardió. El espacio alrededor de la cerradura pareció curvarse sutilmente. El sonido del viento exterior desapareció por completo durante un latido, devorado por la Manifestación. Con un crujido seco y ahogado, los pesados cerrojos de hierro se deslizaron hacia atrás por sí solos. La puerta se entornó.

Jules se quedó con la boca abierta, pero no perdimos tiempo. Nos deslizamos al interior.

La biblioteca superior era un cementerio de conocimiento. Pasillos infinitos de estanterías de madera podrida que se elevaban hasta un techo invisible. El olor a pergamino viejo y polvo flotaba en el ambiente. Caminamos a paso rápido, buscando la sección cronológica de los últimos dos siglos.

—Aquí está —susurró Jules, deteniéndose ante un estante etiquetado como «Era del Consenso Rúnico: Siglo IX»—. Busca el año de la Primera Anomalía. Hace exactamente cien años.

Empecé a pasar los dedos por los lomos de los pesados tomos de cuero. Año 824, Año 825, Año 826... Mi corazón dio un vuelco cuando encontré el volumen correspondiente al año del desastre. Lo saqué con cuidado; era un libro grueso, forrado en piel de animal oscura, con el escudo de la familia Bride grabado en oro en la esquina inferior.

Colocamos el libro sobre una mesa de lectura cercana. Jules iluminó las páginas con el candil verdoso. Mis manos temblaban mientras pasaba las hojas manuscritas, llenas de registros de nacimientos nobles, decretos del Consejo y calibraciones del flujo.

—Pasa más rápido, tiene que estar a mediados de año, cuando las Manifestaciones Libres se activaron —presionó Jules, mirando nerviosa hacia la entrada.

Llegué a la sección de junio. Pasé la página 142. Luego la 143.

Me detuve en seco. El nudo en mi garganta se cerró por completo.

La página 144 no estaba. Tampoco la 145, ni la 146. Una sección entera del libro había sido cortada limpiamente con una cuchilla afilada. Lo único que quedaba en el borde del lomo era un pequeño residuo de ceniza negra y una anotación marginal escrita con una caligrafía aristocrática, firme y gélida:

«La anomalía ha sido contenida. El nombre del portador queda proscrito de la sangre y el suelo de Ondeaville. El orden biológico prevalece. — Consejo de la Nobleza, bajo la supervisión de la Casa Bride».

—Lo borraron —susurró Jules, con la voz temblorosa—. Literalmente borraron su existencia del registro oficial.




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