Tierra salvaje
El amanecer no trajo a los guardias con cadenas, sino algo mucho peor: una campana de bronce que resonó en todo el ala norte, convocando a los estudiantes de uniforme gris a los patios traseros. Jules y yo caminamos en silencio, evitando mirarnos. Ella tenía los ojos hinchados por la falta de sueño, y yo mantenía la mano izquierda hundida en el bolsillo de mi capa, acariciando el trozo de pergamino arrancado que le había robado a la historia de los Bride.
Cuando llegamos al Patio de Carga, me di cuenta de que esto no era una clase normal. Frente a las colosales murallas traseras de la academia, tres carruajes de hierro pesado, sin caballos, flotaban a pocos centímetros del suelo rústico.
—Atención, parásitos —la voz del profesor Vane cortó el frío de la mañana. Tenía los dedos vendados tras el incidente del cristal de ayer, y su mirada se clavó en mí con un odio mal disimulado—. La Decana ha ordenado una expedición obligatoria de recolección al Valle de las Grietas Libres. Es hora de que la mano de obra rústica justifique su estancia en Ondeaville.
—¿El Valle de las Grietas? —susurró Jules a mi lado, palideciendo—. Eso está fuera de la burbuja de protección de la academia. Es territorio salvaje. La energía cruda del mundo se filtra por la tierra.
—Y como el entorno exterior es... inestable —continuó Vane, esbozando una sonrisa torcida—, el Consejo de la Nobleza ha enviado un supervisor para garantizar que no desobedezcan las leyes del flujo.
De las sombras del arco de piedra salió Neil Bride.
Me quedé helada. No llevaba su túnica impecable de ayer; vestía una armadura de cuero oscuro reforzada con placas de metal rúnico que destellaban con una luz dorada muy tenue. Tenía el labio inferior partido, una línea roja y seca que rompía su perfecta simetría aristocrática. Cuando sus ojos grises se cruzaron con los míos, no hubo amenazas verbales. Solo una promesa silenciosa de que, una vez que cruzáramos los límites de la escuela, las cosas se resolverían bajo sus propios términos.
Nos obligaron a subir a los carruajes de hierro. El viaje duró apenas una hora, pero el paisaje cambió de forma drástica. Los bosques ordenados y los jardines de la academia dieron paso a un desierto de roca negra y agrietada. El cielo de Ondeaville, que siempre había sido de un azul controlado, aquí arriba se retorcía en nubes de color violeta y gris que parecían estáticas, como si el tiempo avanzara más lento en el exterior.
Cuando los carruajes se detuvieron, el aire que entró por las ventanas nos hizo toser. Olía a azufre, a metal quemado y a algo primitivo. El suelo estaba surcado por profundas zanjas —las Grietas— de las que emanaba un vapor translúcido que distorsionaba el horizonte.
—Tienen dos horas para llenar sus sacos con cristales de flujo bajo —ordenó Vane desde la seguridad del carruaje, mientras Neil bajaba con paso firme, manteniéndose a unos metros de distancia con los brazos cruzados—. No se acerquen a los bordes del valle. Fuera de los muros, el flujo no tiene matemáticas. Es caótico.
Jules y yo tomamos nuestros picos y sacos de lona y nos adentramos en la cuenca del desierto. El suelo vibraba sutilmente bajo mis botas rústicas. A medida que nos alejábamos, la presencia de Neil se sentía como una sombra a mis espaldas. Él caminaba a unos veinte pasos de nosotras, vigilando cada uno de mis movimientos, analizando cómo respiraba, cómo caminaba. Estaba buscando el gatillo de mi Manifestación.
Fue a la mitad de la segunda hora cuando el cielo se rompió.
No hubo truenos, solo un silencio espantoso que hizo que todos los estudiantes Sin Linaje dejaran de picar la roca. Las nubes violetas del cielo comenzaron a girar en un remolino violento sobre el centro del valle. El vapor de las grietas se volvió negro.
—¡Una tormenta de Flujo Libre! —gritó un estudiante desde el fondo—. ¡Los escudos del carruaje no van a aguantar!
—¡Regresen! —bramó el profesor Vane desde lejos, pero ya era tarde.
La tierra bajo nuestros pies dio un sacudón violento. Una ola de energía invisible y ruidosa barrió el desierto. Vi a Jules salir despedida hacia atrás por el impacto del viento magnético. Quise correr hacia ella, pero el suelo entre nosotras se partió con un crujido colosal. Una nueva grieta, profunda y oscura, comenzó a abrirse a toda velocidad justo debajo de mis pies.
Perdí el equilibrio. El vacío se tragó la roca negra en la que estaba apoyada.
—¡Ausehn! —escuché un grito.
Para mi absoluta sorpresa, no fue Jules. Fue Neil. El heredero Bride corrió hacia el borde de la grieta que se abría, extendiendo su mano derecha. Su armadura brilló con fuerza y tres anillos de luz dorada salieron disparados de sus dedos, enroscándose en mi muñeca derecha para jalarme hacia arriba.
Pero la tormenta del exterior no obedecía a la nobleza. En cuanto su magia heredada tocó el aire caótico del valle, la luz dorada comenzó a parpadear y a resquebrajarse como vidrio templado. El flujo exterior absorbió su hechizo, desestabilizando la gravedad a su alrededor.
La fuerza del tirón no me salvó a mí; lo arrastró a él.
El suelo bajo las botas de Neil cedió. Vi sus ojos grises abrirse con auténtico terror mutuo mientras ambos caíamos al unísono hacia la oscuridad de la grieta, devorados por el vapor negro, mientras los gritos del profesor Vane y de Jules se desvanecían por completo en la superficie.
El impacto contra el fondo no me mató, pero me sacó todo el aire de los pulmones. Me arrastré por el suelo de arena gruesa y fría, tosiendo por el polvo. Estábamos a decenas de metros bajo el nivel del valle, en una especie de caverna natural iluminada únicamente por las venas de energía cruda que palpitaban en las paredes de piedra.
A unos metros de mí, Neil Bride se estaba incorporando a duras penas. Su armadura de cuero rúnico estaba agrietada, y las placas de metal que antes brillaban con orgullo ahora estaban completamente apagadas, muertas.