El búnker del siglo pasado
Neil apretó la mandíbula. Las venas de su cuello se tensaron mientras procesaba mis palabras, pero la realidad de su armadura apagada y sus dedos desprovistos de chispas doradas lo obligaron a tragarse el orgullo. Se enderezó a duras penas, limpiándose un hilo de sangre fresca del labio partido con el dorso de la mano.
—No juegues conmigo, Ausehn —murmuró, con una voz que intentaba mantener el hielo de la nobleza pero que delataba el frío de la cueva—. No sé qué demonios eres, pero las Grietas Libres son un laberinto cambiante. Si la tormenta de la superficie colapsa la entrada, nos quedaremos sin oxígeno antes de que el Consejo envíe un equipo de rescate. Camina.
No esperó mi respuesta. Comenzó a avanzar por el túnel de piedra negra, arrastrando levemente la pierna derecha. Yo lo seguí a tres pasos de distancia, manteniendo las manos en los bolsillos del uniforme gris.
A medida que nos adentrábamos en las profundidades del exterior, las paredes de roca natural empezaron a cambiar. La piedra irregular dio paso a bloques de piedra perfectamente cortados, pero no tenían las runas talladas de la academia ni los relieves de plata de la alta nobleza. Eran bloques lisos, grises y ensamblados con una precisión matemática que me resultaba extrañamente familiar.
El zumbido sordo de baja frecuencia se volvió más nítido, haciendo que el aire vibrara contra mis tímpanos. Bajo mi manga, la cinta de Dilan latía a un ritmo constante, como si estuviera respondiendo a un corazón oculto en las paredes.
—Es imposible… —escuché susurrar a Neil.
Se había detenido en seco frente a una enorme compuerta metálica empotrada en la roca viva.
Me acerqué y sentí que el corazón me daba un vuelco. No era una puerta de Ondeaville. Era una estructura de acero reforzado, cubierta de óxido y polvo acumulado durante décadas. En el centro, grabado con pintura blanca que ya se estaba descascarando, había un símbolo de peligro de alto voltaje y una palabra escrita en letras occidentales, en perfecto español: ACCESO RESTRINGIDO.
—Esto… esto no pertenece al flujo —murmuró Neil, dando un paso atrás, mirando las letras como si fueran una maldición—. ¿Qué tipo de dialecto rústico es este? Las líneas de los trazos no tienen vectores mágicos.
—Es mi idioma —dije, sintiendo que un escalofrío me recorría la espina dorsal—. Es de mi mundo.
Me adelanté a él y toqué la superficie fría de la compuerta de acero. Al igual que en la biblioteca, no necesité conjuros. Al contacto con mi piel, la Manifestación Libre dentro de mis venas reconoció el entorno. El cosquilleo frío bajó por mi brazo y un mecanismo hidráulico pesado, dormido durante un siglo, rugió dentro de la pared con un gemido de metal oxidado. La compuerta se deslizó hacia la izquierda, revelando un espacio sumido en la penumbra.
Entramos. En cuanto pisamos el interior, una hilera de luces parpadeó en el techo de hormigón. No eran velas flotantes ni esferas de luz dorada noble. Eran tubos fluorescentes parpadeantes, bombillas humanas que zumbaban al encenderse, arrojando una luz blanca y cruda sobre el lugar.
Era un búnker. Un refugio militar o científico incrustado en el subsuelo de Ondeaville.
A lo largo de las paredes de hormigón había escritorios de metal, archivadores metálicos y pantallas de monitores antiguos, de esos de tubo que mi hermano solía ver en los documentales de tecnología vieja. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo gris. En el centro de la sala principal, sobre una mesa de metal, descansaban varias mochilas de lona descoloridas, linternas sin batería y un tablero lleno de fotografías y notas conectadas por hilos rojos.
Neil caminaba por el lugar con los ojos abiertos de par en par, tocando las pantallas apagadas con miedo y repugnancia. Para el heredero de la dinastía más pura de Ondeaville, estar aquí era como caminar por una dimensión alienígena. Su magia de linaje se basaba en la supremacía de su sangre; ver que una humana había construido una fortaleza tecnológica debajo de sus narices destruía toda su lógica.
—Ella estuvo aquí —dije en voz alta, acercándome al tablero de fotos—. La primera elegida.
Limpié el polvo de la fotografía central con la manga de mi uniforme. La imagen estaba un poco descolorida, pero el rostro de la chica era claro: tenía el cabello oscuro, una mandíbula rígida idéntica a la mía cuando estaba furiosa y una mirada llena de una determinación salvaje. Vestía ropa ordinaria de nuestro mundo. Pero lo que me hizo dejar de respirar fue su muñeca izquierda.
En la foto, ella llevaba una cinta azul exactamente igual a la mía. Con el mismo nudo, el mismo tono de tela.
—Su nombre era Elena —la voz de Neil sonó a mis espaldas, extrañamente baja y desprovista de su habitual arrogancia.
Me giré hacia él. Estaba de pie junto a un archivador abierto, sosteniendo un cuaderno de cuero ajado que había sobrevivido al tiempo.
—¿Sabes quién era? —le exigí, dándole un paso al frente—. Dijiste que había causado una masacre. Que destruyó tres distritos.
Neil levantó la vista del cuaderno, y por primera vez, no vi odio en sus ojos grises. Vi el peso de una verdad heredada que lo estaba aplastando.
—La historia que nos enseñan en el Consejo dice que ella era un monstruo, un error del Flujo Primordial que intentó drenar la sangre de los nobles para quedarse con la academia —explicó Neil, apretando el cuaderno contra su armadura rota—. Mi padre me hizo memorizar su ejecución como una advertencia. Me dijo que las Manifestaciones Libres en cuerpos humanos solo traían caos. Pero este diario... las fechas no coinciden con los registros del Consejo.
—¿Qué dice? —pregunté, acercándome.
Neil tragó saliva, abriendo la primera página del cuaderno donde la caligrafía en español de Elena había sido traducida al margen por alguien de la academia hace muchos años.