El Mundo Antes de Ella

Capítulo 8

El dilema del heredero

Un golpe sordo e hidráulico retumbó desde el túnel de piedra, haciendo que el hormigón del búnker vibrara. Las bombillas del techo parpadearon con violencia antes de estabilizarse.

—Están aquí —susurró Neil. El pánico tiñó sus ojos grises, y por primera vez lo vi perder por completo la compostura aristocrática.

Cerró el cuaderno de cuero de un golpe, levantando una pequeña nube de polvo. El sonido de pasos metálicos y voces distorsionadas por el eco de la caverna comenzó a filtrarse a través de la compuerta de acero abierta. Era el equipo de rescate del Consejo. Los guardias privados de la Casa Bride.

Miré a Neil, con el corazón golpeándome las costillas y la Manifestación Libre pulsando con fuerza bajo mi piel. Si los guardias entraban y nos veían allí, con el diario de Elena y las luces humanas encendidas, mi vida se terminaría antes del anochecer. Pero la de él también cambiaría para siempre.

—Si me entregas, nada de esto habrá pasado para ti —le dije, dando un paso hacia atrás, lista para defenderme con el Flujo salvaje de la cueva si intentaba atacarme—. Puedes darle el diario a tu padre, inventar que me encontraste muerta en las grietas y seguir siendo el perfecto heredero de la nobleza. Seguir viviendo una mentira.

Neil se quedó estático, sosteniendo el cuaderno contra su pecho. A través de las placas rotas de su armadura apagada, podía ver el ritmo acelerado de su respiración. Fuera de la compuerta, una voz resonó con claridad:

¡Registren el sector sur de la grieta! ¡El flujo del heredero se extinguió aquí abajo! —Era la voz del comandante de los guardias de su padre.

Neil miró la fotografía de Elena con la cinta azul, luego el diario en sus manos y, finalmente, me miró a mí. La herida de su labio partido volvió a sangrar sutilmente cuando apretó los dientes. Toda su vida, su estatus y el orgullo de su apellido dependían de la decisión que tomara en los próximos cinco segundos.

—Muévete —siseó Neil de golpe, agarrándome bruscamente del brazo del uniforme gris y jalándome hacia el fondo del búnker.

—¿Qué haces? —intenté zafarme, pero su agarre era firme.

—Salva tu vida, rústica, y cállate —respondió en un susurro furioso.

Nos deslizamos detrás de una hilera de archivadores metálicos oxidados, justo en la esquina más oscura de la sala, donde la luz de los tubos fluorescentes apenas llegaba. Neil se arrodilló a mi lado, obligándome a agacharme. Colocó el diario de Elena en el suelo, justo entre los dos, y luego extendió su mano derecha sobre el metal de su propia armadura.

—¿Qué vas a hacer? Tu magia no funciona aquí —le advertí en voz baja.

—Mi magia de flujo común no funciona, pero la firma de mi sangre sí —explicó, con los ojos fijos en la compuerta—. Si fuerzo un pulso rúnico de emergencia con los restos de energía de la armadura, sobrecargaré los circuitos de este lugar. Las luces se apagarán y el Consejo pensará que es solo una cueva colapsada. Pero necesito que tu Manifestación no absorba el impacto. No hagas nada, Ausehn. Pase lo que pase, no reacciones.

Los pasos de los guardias ya estaban en la entrada del búnker. Dos figuras con armaduras pesadas de plata y lanzas de flujo aparecieron bajo el umbral de la compuerta de acero, mirando el búnker humano con absoluta estupefacción.

—¿Qué es este lugar...? —murmuró uno de los guardias, levantando su lanza iluminada.

Neil no esperó a que avanzaran. Clavó sus dedos desnudas directamente en la placa rúnica rota de su pecho. Un destello dorado, agónico y violento, brotó de sus nudillos. El impacto de su propia energía pura recorrió su cuerpo, haciéndolo jadear de dolor, pero el pulso mágico fue suficiente.

La energía noble chocó contra los cables humanos del búnker. Las bombillas del techo estallaron al unísono en una lluvia de chispas blancas, sumiendo la fortaleza de Elena en una oscuridad absoluta. Al mismo tiempo, el techo de hormigón cedió parcialmente, dejando caer una lluvia de piedras y polvo que bloqueó el pasillo central entre los guardias y nosotros.

—¡Atrás! —gritó el comandante desde la entrada—. ¡La grieta se está colapsando! ¡Suelten un rastreador de sangre!

En medio de la negrura total, sentí la mano de Neil temblar contra el suelo de arena. Había elegido. Había traicionado el secreto de su propia familia para mantenernos con vida a los dos, y ahora estábamos atrapados en la oscuridad con un diario que podía encender una revolución.

El estruendo del derrumbe dio paso a un silencio denso, interrumpido únicamente por el goteo constante de agua subterránea y nuestra propia respiración agitada. La oscuridad en el fondo del búnker era total, una negrura tan sólida que borraba las distancias. Afuera, tras el muro de escombros, los gritos de los guardias comenzaron a alejarse, convencidos de que la grieta había colapsado por completo y debían buscar otra ruta de acceso.

Neil soltó un quejido ahogado. Escuché el crujido del cuero de su armadura cuando se dejó caer de espaldas contra los archivadores metálicos. Estaba temblando. El pulso rúnico forzado que había usado para apagar las luces le había cobrado factura, dejando su cuerpo exhausto y desprovisto de cualquier rastro de ese Flujo majestuoso que solía presumir.

Bajo mi manga, la cinta azul de Dilan emitió un sutil parpadeo de calor, lo suficiente para que mis ojos se adaptaran a la penumbra y distinguieran la silueta de Neil. Tenía la cabeza apoyada en las rodillas, con las manos aferradas al cabello desordenado. La perfecta e intocable postura del heredero Bride se había desintegrado.

—¿Estás bien? —pregunté, rompiendo el silencio con un susurro.

—No me hables, Ausehn —respondió. Su voz no tenía la frialdad de antes; sonaba rota, despojada de su máscara—. No tienes idea de lo que acabo de hacer. He traicionado al Consejo. He traicionado a mi sangre. Si mi padre se entera de que oculté este lugar... de que sé la verdad...




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