El Mundo Antes del Alba

Capítulo 1: Entre la Aurora y las Sombras

Prólogo: Ecos en la Piedra

La penumbra en el interior de la gran sala de piedra no era una simple ausencia de luz; era una entidad densa, un vacío antiguo y casi corpóreo que parecía haber congelado el tiempo mismo entre sus muros de roca ancestral. Columnas colosales, esculpidas antes del alzado de la primera corona mortal, se erigían como titanes mudos que sostenían el peso invisible de la tierra. En este lugar recóndito, no soplaba el viento; no había antorchas que iluminarán la oscuridad con su chisporroteo rebelde, ni ventanas que permitieran el paso de los rayos de la luna o el sol. No había, en definitiva, el menor rastro de vida transitoria. El silencio reinaba como un monarca absoluto sobre el polvo suspendido.

De pronto, una sacudida imperceptible, recorrió las profundidades del suelo. El basalto vibró con una frecuencia tan baja que habría sido inaudible para cualquier oído humano, y con ese sutil movimiento, el orden mágico cósmico establecido durante milenios comenzó a fracturarse. Una a una, las runas místicas talladas en el relieve de las columnas empezaron a perder su fulgor. Aquellos intrincados caracteres, que alguna vez habían brillado con el esplendor de un fuego dorado y eterno. La luz se desvaneció de sus surcos de forma gradual, como estrellas consumiéndose, hasta que la magia protectora se disipó por completo. Las runas quedaron reducidas a simples cicatrices grises, hendiduras inertes y desprovistas de alma en la roca fría.

En la inmensidad de la cámara, dos voces resonaron. No provenían de gargantas de carne y hueso; eran manifestaciones incorpóreas, desprovistas de la urgencia del tiempo, nacidas del propio tejido del vacío.

“Los fuertes han desaparecido”

Dijo la primera voz. Su tono era una vibración profunda y cavernosa, un lamento que hizo resonar las paredes de la estructura.

El silencio que siguió a sus palabras fue largo, pesado, asfixiante. Tenía la densidad del peso de una era entera que llega a su fin, el instante suspendido en que un imperio se desmorona y nadie queda para registrar su caída. Los segundos se estiraron como siglos en la negrura absoluta, hasta que la voz, notablemente más fría, distante y afilada como la escarcha de invierno, respondió al fin

“Entonces el Trono también dormirá”

Tras la última sílaba, no quedó nada. La oscuridad se volvió absoluta, un manto espeso que devoró los contornos de las columnas moribundas. Y desprovisto de sus guardianes y de su luz primordial, el mundo olvidó.

Capítulo 1: Entre la Aurora y las Sombras

La luz de la mañana en la capital del Imperio siempre poseía un matiz único, una suntuosidad dorada que caía sobre los tejados de pizarra y los altos muros de mármol.

El brillo estético del sol importaba poco frente al frío y pragmático sonido del acero. El eco constante del metal chocando contra el metal, el crujido de la grava bajo las botas pesadas y los gritos ahogados de esfuerzo eran el único pulso que regulaba la vida de aquellos que habían jurado proteger la corona con su sangre.

Valeria exhaló una bocanada de aire caliente, ajustando con firmeza el agarre de su espada de práctica. El cuero que envolvía el pomo estaba empapado en sudor, y una gota traicionera le resbaló por la frente, amenazando con nublar la vista antes de perderse en los mechones de su trenza rubia, la cual llevaba recogida y estrictamente militar que no permitía imperfecciones. Frente a ella, tres reclutas de la Orden daban pasos erráticos hacia atrás, jadeando con desesperación mientras sostenían sus escudos de madera reforzada. Las defensas de los jóvenes mostraban profundas abolladuras, resultados de la implacable fuerza que la joven paladina imprimía en cada uno de sus ataques.

A sus apenas veinte años, Valeria poseía una presencia imponente en el campo de entrenamiento. La determinación que destellaba en sus ojos azules infundía un respeto reverencial.

Uno de los reclutas, un muchacho de hombros anchos pero piernas notablemente temblorosas, intentó una estocada desesperada para ganar espacio. Valeria ni siquiera parpadeó. Con un movimiento fluido y semicircular de su muñeca, desvió la hoja contraria con un chasquido seco, dio un paso lateral aprovechando el impulso descuidado de su oponente y plantó la base de su bota en la parte posterior de la rodilla del recluta, obligándolo a hincar la rodilla en la grava.

Los otros dos reclutas dudaron, intercambiando miradas de pánico mientras mantenían las espadas en alto, pero con los brazos fatigados.

“La guardia baja, recluta”

Dijo Valeria, con una voz firme que cortó el aire matutino, justa pero desprovista de malicia. Se tomó un segundo para corregir la postura del joven antes de mirar a los otros dos.

“El enemigo no esperará a que recuperen el aliento, ni se apiadará de sus brazos cansados. En Cendra no defendemos con el miedo, defendemos con la disciplina. Si flaquean aquí, morirán en la frontera. De nuevo. Posición de guardia”

Los soldados tragaron saliva y asintieron, levantando los pesados escudos con un esfuerzo visible, dispuestos a reanudar el castigo físico en mejorar.

“Déjalos respirar un poco, muchacha o los romperás antes de que tengan la oportunidad de vestir la placa de la Orden”

La voz, profunda, rasposa y cargada de una familiaridad áspera que Valeria reconocería en medio del clamor de cualquier batalla, hizo que la joven bajara el arma de inmediato. El respeto automático anuló su postura de combate. Llevó el puño derecho al pecho con un golpe seco sobre su coraza, un saludo militar que rayaba en la devoción absoluta.

El general Gareth avanzaba a paso lento pero firme por el patio de armas. El hombre conocido en todo el continente como el Último León de Cendra, no vestía su armadura pesada de gala, aquella cuyos reflejos plateados solían cegar a las multitudes en los desfiles oficiales. En su lugar, llevaba una túnica sencilla de cuero reforzado, curtida por los años, que dejaba al descubierto las gruesas cicatrices que surcaban su cuello y sus robustos brazos; marcas indelebles de batallas que ya formaban parte de los libros de historia. A pesar de sus cincuenta años y de las hebras de plata que dominaban su barba recortada, su sola presencia imponía un silencio absoluto. Los soldados del patio detuvieron sus prácticas, irguiéndose como varas al ver pasar a la leyenda viviente.



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En el texto hay: fantasia, aventura epica, medieval

Editado: 15.07.2026

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