El Mundo Antes del Alba

Capítulo 3: El Santuario de las Cadenas

Bajo los cimientos de mármol del Palacio, justo donde el ruido de la corte y los susurros de los nobles no eran más que un eco completamente extinto, existía una sección profunda que no aparecía en ninguno de los planos oficiales que Malakor revisaba cada mañana. Para los guardias y los sirvientes, los sótanos reales terminaban en las bodegas de vino y los almacenes de grano. Sin embargo, detrás de un muro oculto en las cocinas antiguas, nacía una escalera de piedra empinada que descendía hacia la verdadera oscuridad del palacio.
El aire allí abajo cambiaba por completo. Ya no quedaba rastro del perfume costoso ni del humo del incienso que los criados quemaban en los pisos superiores. En su lugar, el ambiente olía a piedra húmeda y a un frío tan intenso y artificial que se clavaba directamente en los huesos. Era un frío que no pertenecía al invierno de la superficie, sino a una magia estancada que nunca veía la luz.
Vesta avanzaba por el largo pasillo subterráneo sin necesidad de llevar una antorcha en la mano. El sutil resplandor de color ámbar de las dos flamas que flotaban sobre sus hombros era más que suficiente para iluminar las paredes de roca gastada. En su mano derecha, sostenía con firmeza un frasco de cristal grueso. Estaba totalmente vacío, limpio por dentro y sellado en la parte superior con un tapón de plata labrada.
Sus pasos eran firmes, pesados y regulares. Toda la ligereza, la gracia y las sonrisas amables que solía mostrar en los salones de la corte habían desaparecido por completo de su rostro. En este rincón profundo del mundo no había ningún noble al que convencer, ni ningún Regente indeciso al que manipular. Aquí no había nadie a quien engañar, y su expresión se había transformado en una máscara de absoluta frialdad.
Al final del corredor de roca, se topó con una pesada puerta de hierro negro. La superficie del metal estaba cubierta de runas antiguas, grabadas tan profundas que parecían cicatrices. Vesta no sacó ninguna llave de sus bolsillos. Simplemente extendió los dedos de su mano izquierda, dejando que el fuego ámbar de su hombro se concentrara en la punta de sus dedos, y tocó el centro del metal. Al contacto con su magia, los grabados brillaron con un tono rojo fuego y los pesados cerrojos internos cedieron con un golpe seco. La puerta se abrió despacio, sin hacer ruido, invitándola a pasar.
La habitación interior era un santuario perfectamente circular, tallado directamente como para tener en el medio una estatua impresionante pero nada de esta habitación era para una estatua.
En el centro exacto de la estancia, suspendida a unos centímetros del suelo por gruesos grilletes de metal oscuro acoplados a las paredes mediante cadenas tensas, se encontraba Elena.
A primera vista, Elena parecía una mujer muy joven, dueña de una belleza tan frágil que daba la impresión de que se rompería con solo tocarla. Sin embargo, bastaba un segundo para notar que no tenía nada de humana. Su piel, de una palidez tan extrema que resultaba casi traslúcida, emitía una suave luz propia que iluminaba el suelo bajo sus pies. Su larguísimo cabello dorado flotaba levemente en el aire, moviéndose despacio de un lado a otro, completamente ajeno a la gravedad del lugar, como si se encontrara flotando bajo el agua de un océano invisible.
Los grilletes que apresaban sus muñecas brillaban con símbolos flotantes de color azul. Estas runas mágicas emitían un zumbido constante y molesto que llenaba todo el santuario, una vibración diseñada específicamente para mantener su cuerpo suspendido en el aire y sus ojos cerrados en un sueño forzado del que no podía despertar por sí misma.
Vesta se acercó a ella sin hacer el menor ruido, deteniéndose a la distancia justa. La observó en silencio, con la misma distancia desapegada con la que un escultor evalúa el estado de sus creación recién empezada antes de empezar a trabajar. No había odio en sus ojos ámbar, pero tampoco quedaba el menor rastro de la compasión por la que todos los ciudadanos del Imperio la adoraban.

"Es hora"

Susurró Vesta y su voz cortó el zumbido de la magia.
Al escuchar aquellas palabras, los párpados de Elena se abrieron con una lentitud dolorosa.
Sus ojos no tenían pupilas ni una parte blanca como los de los mortales; eran dos esferas perfectas de un color dorado brillante que reflejaban un cansancio infinito, el peso de demasiados años de encierro. Elena miró fijamente a Vesta. En su rostro no apareció el miedo, ni la rabia, ni el impulso de tirar de las cadenas para liberarse. Solo mostró una profunda y desgarradora resignación.

"Has vuelto pronto"

La persona atrapada es Elena, su voz sonó lejana, aunque extrañamente clara en el silencio de la sala.

"Creía que tus asuntos con los hombres de arriba te mantendrían ocupada unos días más"

Vesta caminando hacia un pequeño altar de piedra situado a un lado de la habitación responde

"El Rey Regente acaba de firmar un decreto que me otorga el control de los aranceles del puerto, sus movimientos de importación y exportación, algo que me viene de maravilla, Además la política de la capital requiere atención constante, pero el Imperio necesita su dosis diaria de estabilidad y para eso te tengo a ti"

Elena esbozó una sonrisa amarga, y su cabello flotante se agitó levemente.

"Sigues llamándolo estabilidad... cuando sabes perfectamente que me estás robando la vida poco a poco para alimentar tus propias ambiciones"

"No son mis ambiciones, Elena. Es la supervivencia de Cendra"

Replicó Vesta sin inmutarse.
Vesta colocó el frasco de cristal vacío sobre la superficie plana del altar de piedra. Luego, de los pliegues de su suntuosa túnica carmesí, sacó un vial pequeño que contenía una poción de color verde brillante. Era un líquido denso, una sustancia clandestina y muy inestable que Myra habría reconocido al instante si la hubiera visto en su mercado negro del distrito bajo.
Vesta retiró el tapón del vial y vertió el contenido verde directamente sobre la piedra del altar. El líquido comenzó a evaporarse en el acto, transformándose en un humo espeso y de olor ácido que se extendió rápidamente por toda la estancia circular. Al respirar el vapor, Elena comenzó a toser con fuerza. Cada golpe de tos parecía restarle un fragmento de su energía natural; el humo estaba diseñado precisamente para debilitar sus defensas mágicas y romper la barrera espiritual que protegía su interior.



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En el texto hay: fantasia, aventura epica, medieval

Editado: 15.07.2026

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