El Mundo Antes del Alba

Capítulo 4: El Estremecimiento del Mundo

El primer aviso de que algo grave se había roto en lo profundo del mundo no llegó con un gran estruendo, sino con una extraña y repentina pérdida del equilibrio. En los límites del este, justo en las Tierras en Disputa, el campamento de los rebeldes permanecía oculto entre los desfiladeros y los cañones de roca rojiza. Todo parecía envuelto en una calma irreal. Las patrullas de vigilancia habían regresado antes de lo previsto y las fogatas apenas empezaban a soltar sus primeros hilos de humo gris.
Zephira estaba sentada sobre una pesada caja de madera, concentrada en una tarea completamente común: afilar una pequeña daga de caza. El roce continuo de la piedra contra el filo de acero era el único sonido que competía con el viento seco que soplaba con fuerza en el cañón. De repente, el arma se le resbaló de los dedos sin motivo alguno. La hoja cayó de punta y se clavó en la tierra seca, a solo unos centímetros de sus botas de cuero.
Zephira no se agachó a recogerla. Se quedó inmóvil, con la mirada fija en el suelo. Las pequeñas piedras y el polvo suelto a sus pies habían empezado a moverse. No era una sacudida brusca, sino una vibración constante, un zumbido sordo que subía desde las entrañas de la tierra, como si algo gigantesco atrapado bajo las rocas estuviera despertando con furia.
Frunció el ceño y se puso en alerta máxima. Sus ojos rasgados parpadearon y, por una fracción de segundo, sus pupilas redondas cambiaron de forma hasta convertirse en dos líneas verticales, idénticas a las de un reptil, brillando con un color dorado muy vivo. En el dorso de sus manos, una fina capa de escamas de color esmeralda apareció bajo la luz del atardecer. Era una reacción defensiva de su cuerpo que se activaba por puro instinto ante el peligro inminente.
Se puso en pie de un salto, abriendo los brazos hacia los lados para mantener el equilibrio mientras una corriente de aire caliente sacudía su ropa. A su espalda, el ambiente pareció temblar por una enorme acumulación de energía, proyectando en la pared de roca la sombra fugaz de unas alas gigantescas y transparentes. La imagen duró apenas un pestañeo antes de desaparecer por completo.
Zephira ignoró los temblores del suelo y levantó la vista. Las nubes bajas, que hasta hacía un momento se movían tranquilamente hacia el sur, se habían detenido en seco. Como si una mano invisible las manejara, empezaron a girar en círculos perfectos sobre el desfiladero, volviéndose de un color gris oscuro y artificial que no se parecía en nada a una tormenta normal.

"Esto no es cosa del clima."

Susurró Zephira para sí misma, apretando los puños con fuerza. Sintió una presión muy incómoda en el centro del pecho, un dolor sordo que le complicaba respirar. Era la misma alarma que sienten los animales salvajes antes de una gran catárofe. La tierra entera parecía estar conteniendo el aliento.

"Esa energía... es abrumadora. No se parece a nada que alguien pueda manejar, al menos no por ahora."

Murmuró, mientras las piedras del suelo vibraban cada vez con más fuerza.
En el extremo norte del continente, el viento que azotaba los Glaciares Eternos solía ser predecible. Cualquiera que viviera en la tundra sabía reconocer el sonido de las ventiscas y el crujido del hielo al asentarse. Pero esa tarde, el silencio que cayó sobre el paisaje blanco fue tan absoluto que resultaba aterrador. El viento, simplemente, dejó de soplar por completo, dejando un vacío congelado.
Lumi caminaba sobre la nieve dura, manteniendo el paso firme a pesar de la densa capa blanca que lo cubría todo. Sus abrigos de piel se confundían perfectamente con el entorno. De pronto, se detuvo en seco. Los pequeños trozos de hielo afilados que siempre flotaban en el aire alrededor de sus manos empezaron a agitarse sin control, alterando el flujo natural de su magia. Los cristales chocaron entre sí con chasquidos secos hasta hacerse pedazos, cayendo como polvo brillante sobre sus botas.
Lumi contuvo el aliento. Sus largas orejas puntiagudas, capaces de escuchar el más mínimo cambio en los alrededores, captaron un crujido subterráneo. No era el ruido de un bloque de hielo rompiéndose en la superficie; era una fractura enorme, una vibración profunda que venía del corazón mismo del glaciar, a kilómetros bajo sus pies, aunque al mismo tiempo se sentía como un eco lejano que llegaba desde otro punto del mundo.
A lo lejos, rompiendo la monotonía del paisaje helado, vio una escena muy extraña. Una manada de osos polares y varios lobos de la escarcha cruzaban el horizonte a toda prisa. Los depredadores corrían juntos, lado a lado, sin atacarse entre ellos, movidos por un miedo ciego. Huían desesperados hacia las tierras bajas del sur, ignorando por completo a la elfa, a la que en cualquier otro momento habrían intentado cazar.
Con los dedos fríos pero firmes, Lumi sacó una pequeña brújula de latón de su cinturón. Al abrir la tapa, vio que la aguja imantada se había vuelto loca. La pieza de metal giraba sin control de un lado a otro, deteniéndose y volviendo a arrancar como si hubiera perdido el rumbo, o como si los polos del mundo se hubieran movido de sitio en un solo segundo.
Al levantar la vista, el cielo del norte, que a esa hora solía llenarse de hermosas luces verdes, comenzó a cambiar de forma drástica. El color verde fue devorado por un brillo azulado y frío, una energía extraña que parpadeaba con el ritmo constante de un corazón moribundo.

"El frío está perdiendo su norte."

Murmuró Lumi, arrodándose despacio para tocar el suelo congelado con las palmas de las manos. La vibración bajo el hielo no paraba; era un pulso constante que le subía por los brazos y sacudía su propia energía.
En el sur, el Corazón del Bosque Místico no reaccionó con temblores de tierra, sino con la violencia de un ser vivo al que hieren por sorpresa. El cambio fue inmediato. Las copas de los árboles milenarios, con ramas tan gruesas como casas enteras, empezaron a agitarse y a chocar entre sí con fuerza, a pesar de que no soplaba ni una sola gota de viento abajo, en el suelo del bosque. El zumbido habitual de los insectos, el canto de los pájaros y el ruido de los arroyos se apagaron de golpe. El ambiente se volvió denso, pesado y difícil de respirar.
Hazel dio un salto hacia atrás cuando el suelo que pisaba, cubierto de musgo y hojas secas, se elevó un par de centímetros en una sacudida brusca que hizo crujir las raíces ocultas. Su reacción fue puramente física: su cabello, formado por hojas verdes y pequeñas flores silvestres, se erizó por completo, perdiendo su suavidad habitual mientras las flores se cerraban del todo para protegerse.
A su lado, Bram, el enorme ciervo guardián del bosque, soltó un bramido ronco lleno de pánico. El animal clavó sus pezuñas en la tierra húmeda y bajó la cabeza en una postura de defensa contra amenazas invisibles. Las grandes astas de Bram, hechas de raíces viejas que siempre brillaban con una luz verde y tranquila, empezaron a dar destellos rápidos y desordenados, reflejando el caos mágico que acababa de alterar el lugar.
Por encima de sus cabezas, las aves mágicas del bosque pasaban en grupos enormes y desorganizados, tapando la poca luz que lograba colarse entre las ramas. Volaban muy bajo, chillando desesperadas y huyendo sin importarles a dónde, solo intentando alejarse del origen del problema.
Hazel no se quedó quieta. Se arrodilló rápidamente sobre la tierra temblorosa y apoyó las palmas de sus manos desnudas sobre las raíces expuestas de un roble antiguo que conectaba la energía de toda la zona. Al cerrar los ojos e intentar calmar el flujo de la naturaleza, sintió una descarga que la hizo apartar las manos con una mueca de dolor.
La energía que recorría el bosque ya no era limpia ni relajante. Estaba sobrecargada, caliente y caótica, como si un peso colosal hubiera caído con brutalidad en el otro extremo del continente, haciendo que el sur entero perdiera el equilibrio en la gran red de la magia.



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En el texto hay: fantasia, aventura epica, medieval

Editado: 15.07.2026

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