El Imperio de Cendra nunca había conocido el pánico colectivo. Durante siglos, sus ciudadanos habían crecido bajo la firme creencia de que nada podía alterar la paz de la capital. Estaban acostumbrados a la solidez incuestionable de las enormes murallas de mármol, a la marcha rítmica y reconfortante de las patrullas al anochecer, y a la certeza absoluta de que el orden imperial era un pilar inmutable del mundo. Sin embargo, cuando la tierra del Valle de las Cenizas no solo tembló, sino que comenzó a parir roca viva, esa fachada de invulnerabilidad se hizo pedazos en cuestión de minutos.
En lo alto de la ciudadela, las campanas del Templo de Atenea comenzaron a repicar con un ritmo frenético y descompasado. Era el toque de queda reservado para las grandes catástrofes, un sonido lúgubre y metálico que la actual generación de habitantes nunca había escuchado en su vida. En las calles empedradas del distrito bajo, el orden se disolvió de golpe. La gente corría sin rumbo fijo, empujándose unos a otros, tropezando con los puestos del mercado que caían al suelo desparramando mercancías, víveres y vasijas rotas. Los caballos de tiro se encabritaban en sus establos, destrozando las riendas debido al terror ciego que flotaba en el aire.
En los muelles del puerto alto, la confusión era igual de caótica. Los capitanes y navegantes contemplaban con incredulidad cómo las agujas imantadas de sus brújulas giraban sin control sobre sus ejes de latón, totalmente inservibles. Por encima de sus cabezas, el cielo de la mañana, que solía ser de un azul dorado y limpio, se había teñido de un gris plomizo, espeso y artificial. No había nubes de lluvia, ni el olor húmedo que precede a una tormenta; era una negrura estática que infundía un terror profundo en los corazones de los habitantes, obligando a muchos a arrodillarse en mitad del lodo para suplicar una piedad que la diosa Atenea no parecía dispuesta a conceder en ese instante de oscuridad.
A menos de un kilómetro del campamento militar de vanguardia, justo en el epicentro de la anomalía, el paisaje habitual del valle había dejado de existir. El suelo se elevaba en una deformación geométrica perfecta, empujando la superficie hacia arriba con una fuerza descomunal. No se trataba de una erupción volcánica, ni de una falla sísmica natural provocada por el desgaste de la tierra. Era una mole inmensa cuya forma revelaba un claro diseño arquitectónico.
Una gigantesca estructura de piedra oscura, lisa y pulida como el cristal negro o la obsidiana, estaba emergiendo desde las profundidades del continente. No apareció de golpe ni causó una explosión destructiva; subía con una lentitud calculada, milímetro a milímetro, arrastrando toneladas de lodo y rompiendo el lecho de roca milenaria con un rugido sordo y continuo que vibraba directamente en el pecho de quienes lo observaban. Primero nacieron las bases monolíticas, unos bloques oscuros tan grandes como colinas que se asentaron con firmeza en el terreno. Luego, comenzaron a perfilarse las aristas angulares y los muros imposibles de una fortaleza que desafiaba cualquier lógica conocida por los ingenieros del Imperio. Aquella imponente silueta, que parecía tragarse la poca luz del día, evocaba las historias más oscuras sobre el Dios Oscuro y su antigua influencia en el mundo.
Conforme la estructura ganaba altura en el centro del valle, el propio terreno a su alrededor comenzó a transformarse de manera antinatural. De la nada, caminos de losa gris y pulida empezaron a brotar del subsuelo, extendiéndose como venas o raíces desde la base del fuerte hacia los cuatro puntos cardinales del mapa, conectando la anomalía con el resto del mundo.
A pesar de la curiosidad y el miedo de los soldados apostados a los lados del valle, nadie podía acercarse a investigar. Una estática mística, densa y sumamente violenta, rodeaba la fortaleza. Chispas de energía azulada y fría saltaban en el aire, repeliendo con brutalidad cualquier intento de aproximación. Un par de caballos que habían escapado del campamento corrieron hacia los muros en construcción, pero salieron despedidos por una onda expansiva invisible que los arrojó a decenas de metros de distancia. La barrera mantenía el área en un estado de suspensión absoluto mientras el coloso de piedra terminaba de despertar del todo.
En el interior de la tienda de mando del campamento de vanguardia, la atmósfera era sofocante, cargada de calor estático y del olor a sudor de hombres al límite de sus nervios. Los mapas tácticos que antes descansaban ordenadamente sobre la mesa principal habían caído al suelo debido a los constantes temblores. Los oficiales de menor rango hablaban y discutían al mismo tiempo, alzando la voz por encima del ruido exterior, contagiados por la histeria colectiva que se vivía en las trincheras.
"¡Es un ataque! ¡Tiene que ser una magia de los reinos del este!"
Gritaba un capitán, golpeando el marco de madera de la entrada.
"¡Debemos replegar las tropas hacia la segunda línea de defensa antes de que esa cosa termine de alzarse!"
"Si nos replegamos ahora, dejaremos el camino directo a la capital completamente desprotegido, idiota"
Le espetó un teniente, con el rostro pálido y las manos temblorosas sobre el pomo de su espada.
"No sabemos qué hay ahí dentro. Podría ser una maldición."
En el centro de la sala, inmóvil como una roca en mitad de la marea, el general Gareth contemplaba el desastre a través de la lona abierta de la tienda. No se había movido un solo centímetro desde que el suelo empezó a agitarse. Sus manos grandes y curtidas en mil batallas reales reposaban firmes y tranquilas sobre la empuñadura de su mandoble colosal, el cual mantenía apoyado verticalmente contra el suelo. Su respiración era pausada, y su barba plateada destacaba contra el fondo oscuro del valle.
A su lado, Valeria permanecía firmemente cuadrada en posición de atención. Su trenza rubia estaba ligeramente desordenada por el viento huracanado que soplaba desde el epicentro de la anomalía, y un par de mechones le caían sobre la frente. Sin embargo, sus ojos azules no miraban hacia la fortaleza negra; estaban fijos en el rostro de su mentor, buscando en la expresión del veterano la calma y la dirección que el resto del campamento había perdido por completo. Sabía que si Gareth no mostraba miedo, ella tampoco tenía derecho a tenerlo.