Del barro y las voces, dicen que la verdad nació desnuda y que la mentira fue su abrigo, pero en este reino, los abrigos se pudren antes que las pieles.
Camino entre hombres que juran por sus estomagos vacios; no juran por aquellos Dios que fueron asesinados por no responder a tiempo, juran por el pan, por el metal, por la carne que se infesta mas lento que ellos y cada palabra que pronuncian, cada promesa que murmuran a los oidos del otro...lleva una capa de miedo, de incertidumbre, de esa duda jugetona que los hace callar y fingir.
He visto madres mentirles a sus hijos para que duerman: "Todo estará bien hijito, no te preocupes". Padres al mercado para comer: "Mañana te prometo que te pago". y he pensado ¿No será que la mentira es el ultimo gesto de amor que nos queda? Porque solo miente aquel que teme perder algo...
Dicen que el reino de las Mentiras se edifico sobre oro, pero yo se que fue sobre saliva. Esas piedrecitas de mi palacio se unieron con promesas rotas, y aun resuenan los gritos de los obreros que juraron ser algun dia escuchados; mentira nadie escucha a quien trabaja, solo a quien miente mejor.
Del lenguaje; el aire está lleno de palabras heridas, la gente ya no habla: exhala. Cada frase es un trueque: “Yo te miento, tú me permites seguir vivo.” El lenguaje se volvió una moneda invisible, y el más sabio no es el que dice la verdad, sino el que la hace parecer inútil.
Un niño preguntó una vez qué era “justicia”, le respondieron: “Una palabra vieja que ya no sirve para comprar”. Entonces aprendió a callar, y en su silencio se hizo varón, así nacen los futuros funcionarios y los futuros “hombres.”
De la supervivencia, hay quienes creen que la mentira es pecado, yo creo que es método. En el barro, la sinceridad mata más rápido que el hambre, uno debe mentir para encontrar un trabajo, para salvar el cuello, para dormir junto a quien odia. Hasta los santos mintieron: solo que ellos lo llamaron fe...gracias a ello he aprendido que no hay mentira sin propósito, ni propósito sin miedo y los que temen mejor, reinan.
Del pueblo, la gente ríe en el mercado... es una risa de garganta seca. Hay música, cuando los días festivos progresan, no porque les guste; de hecho, ni la sienten, no la viven, es más, alzan el pecho cuando les preguntan por el reino, pero solo parafrasean mensajes, no saben ni por qué lo dicen; al parecer son palabras repetidas de discursos rimbombantes. En esto se ha convertido el pueblo hablan bien al extranjero cuando sufren lo atroz de vivir en la inmundicia y a eso lo llaman humildad.
Los niños juegan con sombras, porque no hay juguetes, y los ancianos inventan recuerdos para no sentirse olvidados. He visto a uno decir: “Cuando el rey pase, yo le sonreiré, porque mi hijo come.” Y a otro responder: “Entonces los dos mentimos, tú por hambre, yo por orgullo.” Y entre el hambre y el orgullo, se fundó un idioma nuevo: el dialecto de la mentira útil.
De los ciegos, cuando la mentira se repite lo suficiente, los ciegos creen ver y cuando todos creen ver, el que ve de verdad es declarado loco, por eso yo río, río hasta que me duela los dientes, porque sé que mi risa es la última frontera entre la razón y la fe. Si un día pierdo la risa, sabré que he dicho la verdad, y entonces me matarán.
Del poder que huele a humildad, el rey todavía no ha hablado, pero su sombra ya pesa sobre el barro. La mentira sube por los caminos empedrados, se viste de informes, de decretos, de palabras bien dichas. El pueblo no la detiene; la bendice, porque el hombre, cuando está cansado, prefiere una mentira hermosa a una verdad que duela y así, lentamente, la mentira dejó de ser refugio, y comenzó a ser gobierno: “La verdad no necesita enemigos solo creyentes.” Dicen que todo comenzó cuando alguien escribió esa frase en un muro, justo antes de que el rey construyera su palacio sobre él. Nadie recuerda quién la dijo; yo sí, fui yo, pero ya no importa...a veces una mentira necesita nacer del que más la entiende. La mentira, cuando se sienta en un trono, deja de ser pecado: se llama sistema. A veces no escucho las risas del mercado, ahora oigo las voces que deciden a qué hora reír.
El Consejo de los Sabios se reúne cada luna, y en esas reuniones se dictan los límites de lo que es verdad. Allí aprendí que la verdad no es más que un acuerdo temporal entre poderosos. Del consejo preside Galahad. Un hombre de voz blanda, tan amplia como su cintura, que habla de abundancia mientras se limpia los restos de pan de los labios; dice que la estabilidad del reino depende del banquete, y que el banquete depende del silencio, no discuten la idea, porque quien lo hace, no vuelve a comer. A su lado, Gareth, rostro enjuto, dedos como cuchillas, cuenta las monedas incluso cuando nadie se las pide, y cada vez que habla del pueblo, lo hace como si fueran cifras. “No son hombres, son márgenes de error.” y todos asienten, porque nadie quiere ser el próximo error. Más allá, Lancelot quien lleva en el pecho un medallón que refleja su propia cara, ama tanto su reflejo que cree que es otro dios, un Virrey en ausencia del rey, su mayor placer es firmar órdenes en nombre de alguien que no lo ve, su voz dulce, casi femenina, pero cuando calla, el aire tiembla y en el centro, Sensatez, el único que aún parece recordar que alguna vez existió el bien. Habla con calma, mide cada palabra, y todos lo escuchan, aunque ya nadie lo respete. A veces pienso que es el último hombre cuerdo o el primero en fingirlo.
De las reuniones, el consejo se sienta en una mesa ovalada, para que nadie se atreva a decir que hay un frente o un final. Cada decisión se toma con votos, y cada voto se compra con algo: un favor, una promesa, un cuerpo. Yo, que observo desde un rincón, veo cómo los hombres se vuelven sombras de sus palabras. Galahad levanta su copa, Gareth cuenta las copas, Lancelot se mira en el vino, Sensatez bebe sin brindar y yo…río, río porque entiendo que la mentira no necesita ser impuesta solo necesita ser cómoda.