El amanecer lo sorprendió sin sueño, aquella llama que mantenia la linea entre la disciplina y la locura se había extinguido, y solo quedaban brasas que parecían mirar con el mismo cansancio. El caballo dormitaba, y el libro reposaba sobre sus piernas como un peso imposible: “Tú no llevas un mensaje, llevas una antorcha”. Aunque intentaba alejar esa frase, volvía, insistente.
El viento trajo consigo el olor a hierro y humedad; quizás era presagio, o simplemente el olor del camino hacia Mane. Montó en silencio, deleitandose con el ascenso del acojedor de hombres. El mundo parecía más grande y más vacío que antes.
《¿Por qué aquel pequeño hombresillo acudio justo a mi y no a mis compañeros? ¿Una antorcha? no entiendo, ¿Que paz estoy llevando? basta, concentrate Virgilio, paz quieres paz traerás.》
El viaje lo llevó a través de aldeas silenciosas, donde los campesinos miraban con una mezcla de respeto y desconfianza; sabían quién era, o bueno eso creo. Algunos lo bendecían, otros escupían al suelo cuando pasaba; nadie lo detenía, pero todos lo juzgaban con los ojos. En una de esas aldeas, una mujer anciana lo llamó desde su puerta.
—Tú llevas la palabra del rey. — Él asintió, sin bajarse del caballo.
—Entonces dile que la palabra no se come. —Y le cerró la puerta en la cara.
Siguió su camino, donde cada encuentro era un golpe más en la fe que aún le quedaba.
En la siguiente villa, un niño le preguntó si en el libro había dibujos, él no supo qué responder. Abrió el tomo, miró las páginas y, por un instante, no reconoció su idioma. Las letras parecían moverse, deformarse, burlarse de él. Esa noche, acampó junto a un río, el agua corría turbia, reflejando la luna partida. Abrió el libro una vez más, y leyó en voz alta: “Mentir, en su forma más alta, es una cortesía hacia la fragilidad humana.” Pero ahora las palabras le sonaron distintas; crueles e inalcanzables.
《¿Era eso lo que quería decir el rey?》
Dejó el libro a un lado y miró el reflejo de su rostro en el agua; ya no se reconocía. El rostro que veía tenía ojeras, la mirada vacía y un gesto que no recordaba haber aprendido: desconfianza. Recordó el tono del hombresillo, esa voz que no gritaba, pero hería igual, recordó su olor a vino y a polvo, y cómo había dicho su nombre sin que él se lo contara.
《¿Quién era realmente aquel hombre? ¿Un loco? ¿Un sabio? ¿O un eco más del reino que decía servir?》
Mientras pensaba, un murmullo comenzó a formarse en su cabeza; suave e insistente: “Llévales tu libro, muchacho. Diles que la verdad viene del Reino de las Mentiras.” Apretó los puños, queriendo expulsar esa voz, pero ya era tarde, la duda se había hecho carne.
Al tercer día, el camino se abrió en una colina desde donde se divisaban las torres lejanas del reino de Mane. El emisario respiró hondo; el aire olía a tierra húmeda y humo. Los cuervos giraban sobre el horizonte como si esperaran algo.
—Por fin — susurró.
Y sin embargo, algo dentro de él se resistía; un miedo antiguo, casi animal, le decía que no debía continuar, pero la orden era clara, y la costumbre más fuerte que el instinto.
Cuando vio las murallas, pensó en las palabras del Rey Mentiroso: “Que el libro sea un lazo entre reinos.” Y en las del hombresillo: “Toda antorcha necesita algo que arder.” Ambas frases se mezclaron en su mente, se unieron, y de su unión nació una interpretación nueva, torcida, suya: “Solo a través del fuego puede nacer la unión.” El pensamiento lo asustó, pero también lo embriagó, sintió por primera vez la sed de convencer, no de compartir. La misión ya no era una entrega: era una cruzada. Y aquel hombrecillo, desde lejos, sin verlo, sonrió.
El emisario se detuvo ante las puertas de Mane. Los guardias le preguntaron su propósito, y él, con voz firme y mirada encendida, respondió:
—Traigo la verdad.—
Pero en sus ojos, ya no quedaba ni una gota de paz.