El mundo de las mentiras 1

La Reunión de los Reinos

El salón principal del Reino de las Mentiras había sido limpiado esa mañana, aunque el aire conservaba el polvo de los siglos. Los tapices, que alguna vez mostraron victorias, ahora se deshilachaban como si las glorias hubieran sido prestadas.

En el centro de la sala, sobre una mesa de mármol, reposaba el Libro de la Paz: abierto, silencioso, pesado.

El Virrey Lancelot fue el primero en hablar, su voz era fina, melosa, pero escondía filo.

—Los reyes están por llegar. El rey nuestro, aún en cama, espera que sus palabras se interpreten con prudencia.

—O con conveniencia —susurró Sensatez, que ajustaba los papeles del protocolo.

Lealtad, la guardiana del rey, se mantenía de pie, firme, con las manos cruzadas detrás. Su mirada lo decía todo: desconfianza.

Los pasos resonaron en el corredor largo, y uno a uno, los emisarios de los otros reinos hicieron su entrada. El primero fue Rey Humildad, del Reino de los Ymis; su túnica era sencilla, sin adornos, y su andar carecía de pompa; había gobernado pueblos pequeños, donde el pan y el agua valían más que el oro; sus ojos eran grises, suaves, pero cansados. Saludó inclinando apenas la cabeza.

—He venido porque la paz no se predica con ausencia —

Tras él llegó Rey Gustavo Adolfo-Coraje, del Reino Nórdico; su armadura relucía incluso en la penumbra; era alto, con barba rojiza y una cicatriz que cruzaba su mejilla; su voz retumbaba en los muros.

—La paz... —gruñó—. Siempre la misma palabra para justificar los errores de los débiles.

Nadie respondió.

Coraje no hablaba para convencer; hablaba para recordarse vivo.

Por último, entró el Rey Sabiduría, del Reino de los Sofocros; no llevaba corona, sino un manto oscuro cubierto de inscripciones en lenguas antiguas; sus ojos eran profundos, su andar medido.

—Que el silencio nos proteja antes de hablar —dijo al tomar asiento.

El Virrey Lancelot hizo una reverencia formal.

—Bienvenidos, majestades, el rey lamenta su ausencia, pero sus palabras resuenan en este libro. Su obra, si me permiten decirlo, podría cambiar el destino de nuestros pueblos.

Rey Humildad posó la mirada sobre el tomo, sus dedos rozaron el borde de la página.

—“La mentira como la ultima acción de benevolencia” —leyó en voz baja—. No sé si eso significa esperanza o sentencia.

Sabiduría asintió.

—Ambas, tal vez. La verdad sin filtro se convierte en crueldad y una mentira bien adminstrada anestecia el dolor. El libro propone un equilibrio que el corazón humano no entiende.

Coraje golpeó la mesa con el puño.

—No necesitamos equilibrio, sino acción. La palabra “paz” no alimenta soldados ni evita invasiones. Si este libro no impone respeto, sólo traerá confusión.

Sensatez, que había permanecido en silencio, se inclinó hacia adelante.

—Vuestra majestad, el propósito del rey fue construir una doctrina humana, no un arma. El libro enseña que la razón puede unir lo que la espada divide.

Coraje se rió sin humor.

—¿Razón? Decidme, consejero, ¿qué razón une al hombre hambriento con el que come sobre los huesos de su hermano?

El silencio se hizo espeso.

Humildad cerró los ojos por un momento, como quien ora.

—Yo he visto hombres morir por fe y por hambre. Este libro no salvará a ninguno si no enseña a perdonar.

Sabiduría murmuró:

—Perdonar es el verbo más difícil. Requiere comprender que la mentira es una forma de verdad que aún no ha madurado.

Lancelot sonrió, complacido por la ambigüedad.

—Entonces, ¿podemos convenir que la obra del rey ofrece eso? Una forma de paz... madurada en la mentira.

Lealtad giró la cabeza, molesta.

—No juguéis con las palabras, virrey. El rey confía en que este texto nos libre de la guerra, no que la justifique.

Sabiduría apoyó las manos en la mesa.

—Y sin embargo, si el libro viaja por los reinos, viajará también su interpretación. Cada palabra será distinta en cada boca. He enseñado a mis sabios que la verdad no se multiplica, se fragmenta y si el hombre no la comprende, la destruye.

Coraje se puso de pie.

—Entonces decidme, ¿para qué enviarlo? ¿Para que todos discutamos qué quiso decir nuestro buen Mentiroso? ¿O para que alguien, allá afuera, lo use como bandera antes de matarnos con su propia lectura?

Las miradas se cruzaron. El aire se volvió denso, caliente, cargado de tensión.

Humildad habló con voz serena:

—Porque si no lo compartimos, seguiremos siendo lo que siempre fuimos: reinos encerrados en su miedo. La paz no se impone. Se intenta.

Sabiduría asintió lentamente.

—Intentar es una forma de esperanza, aunque el fracaso sea su única herencia.

Coraje volvió a sentarse, resoplando.

—Muy bien. Intentemos, pues. Pero cuando fracase, que nadie se sorprenda si mi ejército marcha antes que mi fe.

Lancelot se levantó, extendiendo la mano sobre el libro.

—Majestades, en nombre del rey, propongo que lo oficialicemos. Que el Libro de la Paz sea reconocido por todos los reinos como testimonio de unión y acuerdo.

Hubo murmullos.

Humildad miró al cielo, como buscando consejo en lo alto. Sabiduría cerró los ojos. Coraje cruzó los brazos.

Finalmente, Humildad preguntó:

—¿Y qué hay del Sr Caballero Mane? ¿Ha recibido ya su copia?

El silencio cayó como una piedra en el agua; los consejeros intercambiaron miradas. Nadie respondió.

El eco de esa pregunta fue el último sonido antes de que la puerta del salón se abriera. Un soldado irrumpió jadeando, con el rostro blanco como la cera; sus manos temblaban; en una de ellas llevaba un saco. El olor llegó antes que la visión.

Sensatez fue el primero en ponerse de pie.

—¿Qué es eso, soldado?

El hombre no habló; solo se arrodilló y dejó el saco en el suelo, el tejido estaba húmedo y un hilo oscuro se extendía hacia el mármol.

Nadie respiró.

Cuando el soldado abrió el saco, la cabeza del emisario rodó lentamente, deteniéndose a los pies del libro. Los ojos del joven estaban aún abiertos, parecía mirar el texto que había llevado con tanta fe.




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