El mundo de las mentiras 1

La Muerte de Armagedón

El amanecer sobre el Reino de las Mentiras tenía un color enfermo; los tambores de marcha retumbaban a lo lejos, pero dentro del palacio, el silencio era más denso que nunca.

Sensatez cruzó los pasillos con el paso pesado de quien camina hacia una condena. Llevaba en la mano el pergamino donde reposaban las órdenes de movilización final. No lo había firmado todavía. Desde la noche anterior, sabía que esa firma sellaría algo más que una guerra. Sellaría el alma de su hermano

En el salón mayor, el Rey Mentiroso lo esperaba solo, no vestía sus galas doradas ni llevaba corona, Sus ojos parecían más claros que de costumbre, casi febriles.

En su escritorio había mapas extendidos, cartas abiertas y copas sin terminar, pero lo que más llamaba la atención era el libro que había nacido de su esperanza, ahora abierto como una herida frente a él.

—Hermano, las tropas están listas. Solo falta tu palabra.

El rey levantó la vista.

—¿Y la tuya, Sensatez? —preguntó con voz suave, cansada.

—La mía no importa.—

—Sí que importa, has sido mi conciencia desde que la verdad comenzó a podrirse en los labios de los hombres. Dime, ¿aún crees que esto es un error?

Sensatez respiró profundo, sus ojos eran pozos donde temblaba el juicio.

—No creo, Hermano. Sé que lo es.

—¿Error? —el rey sonrió con una mezcla de tristeza y soberbia—. ¿Acaso crees que no he pensado en ello? No quiero guerra, la guerra me asquea, pero dime, ¿cómo se gobierna a un pueblo que ya no cree en nada?

El rey se levantó, comenzó a caminar, sus pasos resonaban en la piedra como martillos que forjan convicción.

—Les di un libro para unirlos. Les di palabras para que la fe regresara al hombre. ¿Y qué hicieron? Dudar, reír, dividirse. Tal vez aquel hombre sin nombre que tanto nos atormenta, tristmente tenía razón: el hombre solo comprende cuando arde.

—Hermano... —intentó interrumpirlo Sensatez—

—¡No me llames hermano! —el rey lo miró con furia contenida—. Llámame lo que soy: un mentiroso que quiere salvarse con mentiras; si la verdad no los mueve, les daré una ilusión tan grande que la amarán como si fuera real. El pueblo necesita creer. Si no cree en dioses, creerá en mí.

El silencio se volvió insoportable.

El rey se acercó al mapa.

—Míralos —dijo, señalando los territorios de la Confraternidad y del Sr Caballero Mane—. Dos manchas de desobediencia en un mundo que podría ser perfecto. Si logramos purgarlas, Sensatez, el mundo volverá a hablar un solo idioma: el de la paz. ¿No lo ves? Seremos los arquitectos del orden como en nuestra gloria; Dios ha muerto, pero el hombre puede ocupar su trono.

Sensatez lo escuchó con una mezcla de horror y compasión. La voz del rey ya no era la de un político, sino la de un iluminado, un hombre que había cambiado la esperanza por la obsesión.—Armagedón —dijo al fin—, lo que propones no es salvación, es exterminio; quieres imponer fe con espada.

—No, Sensatez —respondió el rey, alzando la mano—. Quiero imponer fe con necesidad, cuando vean arder los reinos rebeldes, creerán en mí no por devoción, sino por miedo, y el miedo, también es una forma de creer.

El consejero dio un paso atrás, sus manos temblaban.

—Entonces... ya no puedo servirle.

El rey se detuvo, lo miró largo rato. En sus ojos brilló algo que no era ira, sino tristeza.

—Lo sabía —murmuró—. Tú, el más prudente, serás el primero en marcharte. Ve, Sensatez, pero cuando la gloria llegue, no digas que no te advertí.

Sensatez se inclinó lentamente, dejó el pergamino sobre la mesa.

—No habrá gloria —susurró—. Solo muerte y la muerte de nuestro pueblo será más cruel que la derrota.

Salió del salón sin mirar atrás.

El eco de sus pasos resonó por los pasillos hasta desvanecerse en la galería exterior. Horas después, el Rey Mentiroso apareció en el balcón principal del palacio, un júbilo distinto acompañaba el ambiente. Miles de personas se habían reunido en la plaza, esperando sus palabras. Las campanas repicaban como si anunciaran un renacimiento. El rey levantó las manos, no necesitó que nadie pidiera silencio. La multitud se calló como un solo cuerpo.

—¡Hombres y mujeres del Reino de las Mentiras! —gritó, con voz encendida—Durante años, nos han acusado de falsedad, nos han llamado hipócritas, traidores, herejes, pero hoy, ante el fuego del destino, les digo: mentir es creer cuando la verdad no basta.

Un murmullo de emoción recorrió la plaza. El rey prosiguió:

—Los reinos del Caballero Mane y la Confraternidad han desafiado nuestra palabra. Han negado la paz, han burlado nuestra fe, por eso, marcharemos. No como invasores, sino como redentores. No para destruir, sino para purificar.

La multitud rugió. El sonido era bestial, una mezcla de miedo y esperanza. El rey alzó el libro y lo mostró como un estandarte.

—Este será nuestro evangelio, este será nuestro credo. Creeremos en el hombre, porque el hombre, al fin, creerá en mí.

Las aclamaciones lo cubrieron como un oleaje: Algunos lloraban, otros se arrodillaban, otros juraban por su nombre.

El Rey Mentiroso sintió el poder correrle por la piel como un río de fuego. En ese instante, ya no dudó; el delirio se disfrazó de certeza y en el brillo de sus ojos nació un nuevo dios: humano, corrupto, y seguro de su propia salvación.

En los márgenes de la plaza, Sensatez, que aún no había abandonado la ciudad, observaba la escena, la multitud lo envolvía como un canto sin alma. Miró hacia el palacio una última vez. El rey sonreía. El pueblo lo adoraba, y entonces la oyó: Una risa, suave, lejana, burlona. Nadie supo de dónde venía, pero era la misma que había sellado el destino del emisario. Sensatez se estremeció. Sabía, sin necesidad de verlo, que aquel hombre sin nombre sonreía en algún rincón del reino.

—Interferencia: EL...




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