El mundo de las mentiras 1

El Exilio de Sensatez

El sol no salía ese día; apenas se insinuaba, como si también él dudara del mundo. Sensatez caminaba sin rumbo, con la túnica raída pegada al cuerpo por el sudor seco. Llevaba tres días sin probar pan, dos sin hablar. Las murallas del reino quedaban atrás, hundidas entre la neblina de la madrugada. A cada paso, el polvo se alzaba como una plegaria rota.

Desde la distancia, las campanas del palacio seguían marcando los preparativos de la guerra, pero para él ya no significaban nada; había entregado su nombre, su cargo, su casa; solo conservaba el silencio, y ni siquiera estaba seguro de que eso le perteneciera.

Bajó hacia el valle siguiendo el cauce de un arroyo que parecía huir también. Las piedras, lisas y frías, resbalaban bajo sus sandalias gastadas.

Al llegar al borde del río, se detuvo.

El agua se movía lenta, densa, reflejando un cielo enfermo. Allí, frente a aquel espejo turbio, se vio por primera vez sin corona, sin rey, sin propósito.

—Así termina la lealtad —murmuró—. No con traición, sino con cansancio.

Se arrodilló y el agua tocó sus dedos, y el frío le devolvió una claridad que había olvidado. Le pareció oír voces mezcladas en su corriente: las de los soldados que morirían por ideales ajenos, las de los niños que aún creían en los cuentos de sus padres, la del propio rey que alguna vez habló de paz mientras sembraba guerra.

Yo también te fallé —dijo en voz baja, mirando su reflejo—. No te detuve cuando aún podía.

El río no respondió, pero su rumor cambió de tono, como si la corriente se hiciera más profunda.

Sacó del manto un pequeño cuaderniño de cuero; era su copia personal del Libro de la Paz. Abrió una página al azar. Las letras estaban torcidas, manchadas por la humedad, pero aún legibles. “La verdad es un fuego que purifica o consume, según el corazón que lo sostenga.” Leyó en voz alta y luego rió, una risa breve, amarga.

Y nosotros creímos sostener fuego… sin darnos cuenta de que era el bosque el que ardía.

Durante horas permaneció junto al río, hojeando fragmentos del libro. Algunas líneas lo herían más que una espada. “El orden es la forma más alta de la compasión.” “La mentira, cuando protege, se llama fe.” “El hombre no busca la verdad; busca quién se la diga.” Cada frase era un espejo roto donde reconocía su culpa y el agua, reflejando las sombras de las nubes, parecía murmurar acusaciones que él no sabía responder.

Cuando el sol descendió, encendió una fogata pequeña y se sentó frente a ella. El fuego crepitaba con un sonido que le recordó los aplausos de las masas cuando el rey mentiroso presentó el libro por primera vez. Pensó en el día en que aquel texto fue proclamado sagrado. Pensó en su silencio.

Yo escribí los márgenes —dijo, con los ojos húmedos—. Y en los márgenes también se escribe el destino.

El viento movió las llamas, y por un instante creyó ver en ellas el rostro del rey: joven, apasionado, con los ojos encendidos de fe. No sintió odio, solo un cansancio tan hondo que parecía santo. Se recostó sobre la tierra, mirando el cielo, las estrellas aún no salían, el río, cerca, seguía su curso sin esperar a nadie.

Al amanecer, recogió el cuaderno y lo guardó bajo el brazo.

Si el mundo se pudre con mentiras, escribiré una que las purifique

Y comenzó a andar hacia el Oeste, donde las aldeas aún no conocían el eco del libro.

Los días se hicieron semanas, donde el oeste no ofrecía más que polvo y aldeas sin nombre.

Sensatez dormía en establos, comía pan duro, y aprendía a callar entre campesinos, donde solo él se permitia escuchar sus historias: los impuestos, las cosechas requisadas, los hijos enviados a la guerra por “la paz del reino”. Cada palabra era un golpe en el pecho, una verdad que el libro no había querido escribir.

Una tarde, en una taberna de techo bajo, alguien reconoció su voz, su forma de hablar.

—¿Usted estuvo allá, en la capital? —preguntó un hombre con las manos curtidas. Sensatez no respondió de inmediato.

—Sí —dijo al fin—. Estuve donde la palabra se volvió ley, y la ley olvidó a los hombres.

El murmullo del lugar se apagó y las miradas se alzaron hacia él, expectantes. El hombre, animado por el silencio, continuó:

—Entonces díganos, forastero, ¿es cierto lo que dicen? ¿Que el libro del rey trae justicia?

Sensatez dejó el cuenco de vino sobre la mesa.

—El libro trae orden.

—¿Y no es lo mismo? —preguntó otro.

—No —respondió con calma—. El orden puede hacerse con miedo. La justicia, jamás.

Nadie habló y el fuego del hogar crujió entre las sombras. Sensatez miró alrededor, a los rostros cansados, a las manos agrietadas de quienes solo pedían paz. Entonces se levantó.

—¿Queréis saber qué dice ese libro? Os lo diré. Sacó el cuaderno que guardaba envuelto en tela. Abrió una página manchada de hollín y leyó:

“La verdad no pertenece al pueblo, sino a quien sabe custodiarla.”

Cerró el cuaderno.

—Eso escribió vuestro rey.

Un murmullo recorrió la sala.

—¿Y tú? —preguntó una mujer—. ¿Tú lo creíste?

Sensatez respiró hondo.

—Lo ayudé a escribirlo.

El silencio se hizo más denso que el humo.

—Entonces —dijo un joven desde el fondo—, ¿qué haces aquí, entre nosotros?

—Busco enmendar lo que hice —respondió—. No con guerra, sino con palabra.

Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa.

—El rey os dice que la paz se logra obedeciendo. Yo os digo que la paz solo nace cuando el alma deja de temerle a la verdad.

Las palabras se esparcieron como chispa. Alguien aplaudió. Otro golpeó la mesa.

Durante meses, Sensatez recorrió aldeas, plazas, caminos; leía fragmentos del Libro de la Paz y los rebatía con su propia tinta. Los campesinos lo escuchaban, los soldados lo seguían en secreto. De boca en boca se esparció el rumor: el ex consejero del rey lo desafía con sus propias palabras. En los mercados comenzaron a copiar sus discursos en pergaminos baratos. Nadie los firmaba, pero todos musitaban de quién venían. El título era siempre el mismo: “Fragmentos de la Verdad Silenciosa.” Uno de ellos decía: “El hombre no necesita ser salvado, sino recordado. La mentira solo reina donde la memoria duerme.”




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