El viento del Norte no perdona; llega cortante, con olor a hierro y a brea, y no pregunta por justificaciones. Cuando el mensajero trajo la noticia de la decapitación, la gente del reino se reunió en la plaza del mercado como quien acude a un rito antiguo: no a llorar, sino a escuchar quién declarará el honor vuelto a su lugar.
El Rey Coraje subió al estrado sin empuñar espada. No la necesitaba para imponer silencio; su presencia, grande y áspera, lo hacía por él. Las arrugas en su frente eran mapas de inviernos y asedios. Su voz, cuando habló, fue un martillo contenido, y por eso cada palabra que clavó en el aire hizo sangrar la plaza de emociones.
—¡Hombres! —rugió—Un bárbaro ha cortado la cabeza de un emisario de buena fe. Un joven que creyó que los papeles podían curar heridas que solo la sangre cierra.
La multitud gruñó, como perro que reconoce olor de amenaza. Algunos apretaron los palos, otros alzaron antorchas para que el humo les diera coraje.
—Ese gesto —Sus ojos ardiendo como carbones— no es un desatino cualquiera; es la bofetada insoportable a la dignidad de nuestros muertos. ¿Acaso un hombre que lleva la palabra de otro merece ser burlado por un bárbaro?
La indignación fue alimento para su discurso; la ira, combustible. Había en su garganta algo más que rabia por el emisario: Una historia que necesitaba contarse, porque todo gran hombre se compone de actos que el pueblo pueda repetir.
Gustavo habló entonces de su propia mano, de la justicia que él había impartido sin titubeos.
—Hubo una reina... Una reina que, por ambición, mató a su esposo a traición.—Su voz se volvió más baja, con un filo que nadie quería tocar—. La descubrí; la vi con las manos manchadas y la condené por ello; la decapité donde ella quiso que fuese gloria y no me arrepiento.
Un rumor frío atravesó la plaza. Algunos miraron con turbiedad, pero la mayoría no dudó. En un reino de guerreros la traición de una mujer a su marido era más que delito: era herejía contra la ley no escrita que sostenía la lealtad y la estirpe.
—Yo hice lo que había que hacer... Y si la sangre de mi espada sirvió para sostener la ley, que así sea. No maté por placer; maté por orden; no por venganza, sino por equilibrio.
La plaza, entumecida al principio, fue recobrando el latido que más ama: la simplicidad de un castigo que parece devolver el orden. La gente quería narrativa clara, no complejas moralidades; quería, en su furia, la certeza de que alguien respondía.
Coraje se alimentó de esa necesidad y entonces llegó el giro que los elevaría desde la cólera al delirio:
—Nos enviaron un libro —señalando con la mano el estandarte que algún emisario había llevado desde el reino de las mentiras—.Nos dijeron que era palabra, que era orden, que era paz. Yo digo que es algo más: es fe—. Su voz subió, desafiante—Si el Dios que cae deja un hueco, llenémoslo. No dejemos que la verdad nos quite el coraje; hagamos del hombre nuestro nuevo altar.
La plaza rompió. Primero un grupo, luego una ola, luego el mar entero: un grito que nació en la garganta de los ancianos y que se multiplicó en las voces de los niños. “¡Fe! ¡Fe en la espada, fe en el rey!” clamaron algunos; otros, más simples en su furia, pedían venganza. El viento recogió sus voces y las llevó como semillas.
Coraje caminó entre la multitud, tocó manos curtidas, palmeó hombros, miró mujeres que perdieron hijos en campañas antiguas. No prometió misericordia; prometió sentido. Les habló de un orden mayor que el hombre de a pie difícilmente comprendía, pero que debía obedecer si quería pan y techo.
—Nosotros mostraremos y demostraremos que este libro es más que pergamino; es fe. Y si alguno duda, que vea nuestras lanzas: la fe se defiende con acero.
Los trompeteros que aguardaban en los pabellones hicieron sonar una melodía marcial. La emoción era un animal que habían soltado de su corral; no sabían si lo alimentaban con justicia o con fanatismo, pero lo alimentaban.
Coraje alzó la espada, y la luz del sol se quebró en su filo.
—¡A la guerra! —bramó—¡Por el emisario! ¡Por el honor!
La plaza se transformó en una masa que buscaba un enemigo tangible. Había en la euforia la vieja sensación de que alguien, al frente, tomaría el daño ajeno y lo convertiría en victoria.
Aquella tarde se hicieron proclamas. Los heraldos marcharon llevando la noticia de la decapitación y la sentencia del rey. Se publicaron edictos que proclamaban la protección de la “fe civil” y la defensa de los emisarios como sagrados. Los panfletos que imprimieron los escribas del norte tenían un lenguaje muscular: hablaban de “bárbaros sin ley”, de “herejías que mancillan la convivencia”, y pedían tropas, hombres y provisiones. No era sólo un llamado: era una catequesis nueva, rápida, que calzaba con la ansia de pertenencia que los tiempos vacíos devoran. En las casas, la gente discutió; algunos, con ojos húmedos, prometieron acompañar la marcha; otros, con boca cerrada, miraron al fuego y calcularon la pérdida, pero la mayoría se dejó llevar por la marea: había en la promesa de gloria un bálsamo que curaba la fatiga de la incertidumbre.
A la noche, las hogueras de entrenamiento se encendieron en los barrios. Los muchachos que hasta ayer manejaban arados aprendieron a sostener lanzas; las mujeres prepararon viandas para las rutas y cosieron banderas con manos que conocían más las puntadas que las armas.
Coraje recorrió otro barrio, tomó a un joven por la barbilla y le dijo al oído:
—No vayas por mí. Ve por tu linaje, ve por tus hijos; ve, porque un día querrás que tu nombre sea recordado no por haber temido, sino por haber actuado.
El joven, con la mirada vidriosa, juró por la espada que no defraudará y cuando se marchó, la plaza quedó cubierta por un eco que repicaba: “Demostraremos que la fe del hombre es la única que merece ser llamada fe.”
En los cuartos abiertos del palacio, mientras los oficiales ajustaban los estandartes y las cuerdas, Coraje cerró los ojos un instante y dejó que la respiración volviera a su sitio. No había ternura en su corazón, pero sí una especie de certeza brutal: la historia le daba una llave, y él la encajaba en la cerradura con todas las manos que podía reclutar.