El mundo de las mentiras 1

La Marea y el Fango

El río amaneció rojo.

En la orilla del Reino de las Mentiras, los estandartes se alzaban como lenguas de fuego. En la otra ribera, la Confraternidad esperaba con silencio.

El frente del río fue el primero en quebrarse.

Las trompas de Armagedón rugieron al amanecer, y la primera línea avanzó con disciplina mecánica; flechas cubrieron el cielo antes que el sol; las casas ribereñas ardieron como antorchas involuntarias; mujeres corrieron con cántaros al pecho, intentando salvar agua mientras el vino la embriagaba; en los árboles quedaron pendiendo ropas, cabellos, juguetes y los soldados del Mentiroso tenían orden de no mirar atrás. Cada tropa debía tomar una villa, dejarla vacía, seguir el cauce: “No limpien”, decían los capitanes, “que el olor del miedo nos abra el camino.”

Del otro lado, la Confraternidad resistía como podía: una anciana ordenó hundir los molinos para que no sirvieran al enemigo; un niño ató sogas en los troncos para hacer caer a los caballos; un hombre, sin nombre, encendió su casa con él adentro para que su cuerpo sirviera de faro y aquel fuego se extendió más rápido que las órdenes. La defensa se convirtió en una plegaria ardiente.

En el frente del fango, los nórdicos —hijos de Coraje— descendían por los pantanos con sus estandartes de cuernos y pieles. Avanzaban sin ruido, cubiertos de barro hasta las rodillas. No gritaban; respiraban al ritmo del tambor que marcaba el paso de su rey; Coraje les había prometido gloria y tierra, y ellos marchaban por ambas.

Las aldeas de las colinas se deshicieron en horas. Las chozas ardían desde dentro, como si alguien hubiera encendido fuego en las plegarias. Cuando los primeros refugiados del fango llegaron al río, las aguas ya estaban llenas de cadáveres y el olor era tan fuerte que los pájaros dejaron de volar sobre el cauce; preferían morir lejos.

Las noches se hicieron una sola masa de humo y rugido. El sonido de los tambores se mezclaba con el crujir de los huesos al romperse. Entre tanto ruido, una risa vieja volvió a escucharse; no en la corte: entre los cadáveres.

Los que sobrevivieron juraron haberla oído mientras saqueaban una aldea: una carcajada baja, que parecía nacer del mismo barro, como si la tierra se burlara de su propio parto; algunos soltaron las armas; otros, al oírla, mataron más rápido para no pensar.

Los escribas del Mentiroso anotaban victorias; los ancianos de la Confraternidad anotaban nombres. Ambos registros se perderían en los mismos incendios.

Una noche, cuando el viento del norte cambió de dirección, las dos líneas de batalla se cruzaron en el valle central. Hombres sin rostro matando a hombres sin nombre. El río rugía tan fuerte que los capitanes gritaban órdenes que nadie escuchaba y en medio del caos, una figura delgada se alzó sobre los cuerpos, llevando una campana rota que hacía sonar como burla.

Al amanecer siguiente, el sol no salió limpio, el humo le dio color de ópalo, y el aire olía a grasa quemada; el Reino de las Mentiras y los del Norte declararon victoria simultánea, aunque sus soldados seguían matando y la Confraternidad no firmó derrota: simplemente desapareció.

De esta batalla quedaron fragmentos, trozos de canciones, huesos en los caminos y un rumor que decía que en cada pozo había un alma esperando volver a cantar. El silencio llegó tarde, tardó semanas en imponerse y cuando lo hizo, el mundo era otro.

Nota de Caøs

Fragmentos reunidos de lo que se conoce como “La Guerra del Río y del Fango”. Compilación a partir de crónicas quebradas, tablillas ennegrecidas y restos de correspondencia hallada bajo capas de ceniza. No hay fechas exactas, sólo la certeza del desastre.

Ninguno de los textos sobrevivientes explica del todo cómo comenzó, ni quién ordenó el primer golpe. Lo que sí coinciden en relatar es la presencia constante de una risa, un sonido que los campesinos confundieron con viento, los soldados con fiebre, y los reyes con victoria.

Esa risa atraviesa cada documento, como si el propio aire hubiese participado en la guerra. He comparado los restos de las aldeas, los registros, los huesos mezclados en las fosas comunes: todos cuentan lo mismo. La guerra no fue ganada ni perdida; fue consumida. Y la risa parece ser la firma que la historia se niega a borrar.

Lo cierto es que, entre los fragmentos, hallé un verso carbonizado que aún podía leerse: "Cuando el hombre cree oír justicia, la tierra escucha risa." No sé quién lo escribió, quizás nadie, quizás la tierra misma.




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