En la Confraternidad, en la que la noticia verdadera aún no había llegado, algo se movió por instinto. La corte de la Reina Serenidad —aun sin saber que su soberana yacía muerta— percibió ecos: mensajeros que pasaban cerca de fronteras con ojos huraños, caballos galopando en la noche, fogatas que no se apagaban. La gente del pueblo mayor, acostumbrada a la tierra y a los cantos de la cosecha, sintió el olor de la tensión.
Al llegar los primeros susurros, la Confraternidad se movilizó sin proclamar movilización. Los ancianos, sentados en el consejo de paja, enviaron centinelas a los montes; las mujeres que regentaban los hornos amanecieron cortando más leña; los jóvenes que trabajaban los campos comenzaron a empacar, no para huir, sino para preparar refugios y rutas de evacuación dentro de la aldea. Los herreros trabajaban contrarreloj, no para forjar lanzas nuevas, sino para forjar herramientas que en manos de la gente podrían convertirse en armas improvisadas. No había pánico; había un silencio de manos que no podían esperar a que vinieran a tocar su puerta.
El consejo de la Confraternidad convocó a los ancianos de las familias y a los sabios guardadores de canciones. Sus líderes no eran coronados por cetros, sino elegidos por quien podía instruir a los hombres para resistir sin perder la trama social. Allí discutieron: ¿Debían enviar emisarios a los reinos vecinos en busca de aclaración? ¿Debían esconder a las mujeres y los niños en las cuevas y guardar las cosechas? ¿Debían hacerle señales a Mane?
El pueblo, educado en la convivencia y en la defensa de su cultura, eligió la prudencia, por lo que procedio a desacreditar los rumores: “la reina se halla lejos; se prepara para volver.” No lo hicieron por traición; lo hicieron por supervivencia: si la noticia surgía, el fuego podría arder por todas partes.
La noche había caído sin luna sobre los restos de la Confraternidad. En el salón de piedra del consejo, los ancianos aguardaban con la espalda recta, como árboles viejos que se niegan a quebrarse; las lámparas colgaban como astros cansados y en la cabecera, donde antes se sentaba la reina, sólo había una silla vacía cubierta por un velo de lino, nadie decía su nombre. Habian pasado semanas desde su desaparicion y los rumores carcomia las esperanzas de los presentes.
De pronto, un ruido en la puerta rompió el aire: Un hombre cubierto de barro, con los ojos hundidos y el pecho jadeante, cayó de rodillas; traía una capa desgarrada que no mostraba emblema alguno y la guardia dudó en matarlo; los ancianos ordenaron que hablara.
El hombre levantó el rostro, no era soldado, o al menos no lo parecía ya.
—Vengo... —tosió, escupiendo un hilo de sangre— ...vengo del sur. Del Reino de las Mentiras.
Un murmullo recorrió la sala. Las antorchas crujieron.
—¿Quién eres? —preguntó el consejero más viejo, su voz como un cuchillo—.
—Fui parte de la guardia de la reina —respondió el hombre, clavando los ojos en la piedra del suelo—. Fui enviado con ella en su visita al rey Mentiroso.
Algunos ancianos cruzaron miradas que decían lo que nadie se atrevía a pronunciar.
—¿Y ella? —preguntó una mujer, desde el fondo.
El hombre apretó los dientes.
—Muerta.
La palabra cayó como una espada sin mango, nadie quiso recogerla.
El infiltrado prosiguió, casi a gritos, como si tuviera miedo de olvidar.
—Nos tendieron una trampa. Nos recibieron con flores, con cantos, con vino, pero el vino tenía sabor a metal y a la tercera copa, ella cayó. Yo... yo me salvé, porque el perro del jardín ladró antes de que bebiera y la reina... la reina yacía en el suelo, con los ojos abiertos. Los reyes decían que había enfermado de súbito, pero vi las manchas en su cuello. Vi la copa rota.
Uno de los ancianos se levantó de golpe.
—¿Qué hiciste entonces?
—Huir. Me escondí entre las caravanas. Seguí el río, crucé los campos en llamas. Me reí... —se interrumpió, miró hacia atras, como si pudieran oírlo—. Estaba allí en la mesa, detrás de los músicos, era yo quien servía el vino; y El señor Armagedón fue quien corto la copa.
—¿Quién es Armagedón?
—El rey mentiroso
—¿Estás diciendo que fue el Mentiroso quien mató a nuestra reina? —la consejera más joven, casi sin voz.
—Sí y no solo él, el Rey del Norte estaba presente y brindó por su memoria antes de que muriera.
El rumor se volvió tempestad; los ancianos golpearon la mesa, los escribas dejaron caer las plumas. En la esquina, una anciana se persignó con manos temblorosas.
—Entonces... —susurró el consejero de guerra—. Los que ahora cruzan nuestras tierras con fuego vienen también a borrar la evidencia.
El mensajero asintió.
—Quieren que la historia diga que fue Mane, el bárbaro, quien la mató; que fue la Confraternidad quien provocó la guerra. Todo es teatro.
El consejero mayor se puso de pie. Su rostro era un mapa de arrugas y cólera.
—¡Cierren las puertas! —gritó—. Que nadie salga de aquí; que se reúnan los heraldos, los poetas, los cronistas. Esta noche, la verdad no dormirá.
Marco Aurelio objeto en sus pensamientos
{Que tiene que ver el Señor Mane, nadie lo nombre excepto este sobreviente}
El infiltrado, agotado, se desplomó en el suelo y al caer, un pergamino se deslizó de su pecho: una carta sin sello, escrita con una caligrafía quebrada. Marco Aurelio la recogió y la leyó en voz baja: “No hay muerte que no sea útil al poder; la paz que predican es el disfraz del verdugo y si la risa vuelve a sonar, será porque hemos creído que el hombre puede dominar la mentira sin convertirse en ella.”
El anciano levantó la mirada. Las antorchas temblaban.
—Que se prepare el pueblo —dijo con voz firme—.La reina ha muerto, pero su verdad aún respira.
Marco Aurelio caminó con su bastón con una águila incrustada en su mango, no necesitó que nadie lo nombrara; la autoridad, en ciertos hombres, no depende del decreto sino de la mirada.