El bosque parecía no tener fin, cada tronco era un pilar negro cubierto de musgo, cada raíz un lazo que intentaba retener los cascos de Centurión. Ningún pájaro cantaba, y la neblina colgaba de los árboles como un sudario.
Joshua avanzaba sin rumbo.
El libro de Marco Aurelio, cubierto de lodo, golpeaba su costado a cada paso del caballo.
La última imagen de Maelgorïun, con su sonrisa dilatada y su campana sonando, aún le retumbaba en los oídos, Solo quedaba el ruido del bosque, y su respiración.
—¿Cuánto hemos cabalgado, Centurión? —susurró, acariciando el cuello del caballo.
El animal resopló, cansado, y detuvo el paso frente a un claro.
Allí, en el borde de un barranco, alguien estaba sentado.
Una figura menuda, encorvada, con un manto de lana y las manos cubiertas de tierra que parecía observar el vacío con la paciencia de una piedra.
Joshua tensó las riendas.
El hombre levantó la vista sin sobresaltarse.
Sus ojos eran grises, como la ceniza antes del fuego.
—Mucho ruido traes, jinete —dijo con voz lenta, como si las palabras le costaran aire—. El bosque escucha más de lo que debería.
Joshua desmontó, cauteloso.
—No busco pelea anciano, solo busco regresar a casa.
El campesino sonrió, sin mostrar los dientes.
—Oh… nuestra querida casa—repitió—. Todos dicen lo mismo cuando ya lo perdieron.
Joshua frunció el ceño.
—¿Quién eres?
El hombre se señaló el pecho con el pulgar cubierto de barro.
—Nadie. Los que tienen nombre, lo pierden al cruzar el río, los sin nombre… seguimos mirando el viento.
Joshua lo observó. Había algo en su acento, en su forma de hablar, que no encajaba con la gente de las aldeas y sus palabras eran pausas envueltas en eco.
—¿Vivías cerca del Reino? —preguntó.
El campesino bajó la mirada hacia el barranco.
—Vivía, como se vive cuando el sol no pregunta tu nombre. Allí donde la tierra gritaba y los hombres callaban. Corrí cuando el cielo cambió de color, muchos corrieron, pocos recuerdan por qué; creo que aquellos dos caballeros tampoco los recuerdan.
—¿Caballeros? — {Seguro eran Julio y Augusto}
Aquel hombre, giro su cuerpo, observando el baranco. Joshua se acercó unos pasos; el abismo frente a ellos era profundo, un tajo abierto en la tierra donde el viento soplaba con voz humana.
—He visto cosas que no puedo nombrar —dijo Joshua—. Hombres que reían frente al fuego mientras el mundo se caía a pedazos, vi a Maelgorïun
—Ah —lo interrumpió el campesino, como si la palabra le fuera familiar—. El que hace reír a los que ya no creen, yo lo vi pasar; tocaba su campana como quien llama a los muertos a bailar.
Joshua lo miró con asombro.
—Entonces sobreviviste al asedio.
El campesino negó con lentitud.
—Sobrevivir… palabra curiosa: no se sobrevive al fuego, solo se aprende a respirar dentro de él y tú, caballero… ¿qué haces aquí, donde ni la mentira se atreve a dormir?
Joshua no respondió enseguida. Miró el barranco, el bosque, la niebla.
—Busco sentido —dijo por fin.
—Ah… —respondió el campesino—. El más hambriento de los enemigos. Todos buscan sentido, pero pocos lo merecen... ¿Luchas aún, Joshua, o solo caminas porque el silencio te asusta?
Joshua lo miró con sorpresa.
—No te he mencionado mi nombre
El campesino levantó el rostro y por un instante, sus ojos reflejaron un brillo azul, como si una luz invisible pasara por ellos.
—Los nombres son hojas, y el viento los repite —dijo—. No hace falta conocer a un hombre para escuchar su ruido.
Joshua se sentó frente a él, por primera vez en mucho tiempo, bajó el libro y lo dejó sobre las rodillas.
—He perdido todo. Mi gente, mi fe, mi causa. El Mentiroso nos ha vencido, no sé si luchar aún tiene sentido.
El campesino alzó una ceja.
—Un Mentiroso no vence con guerras. Vence cuando el corazón se convence de que ya fue vencido. Tu causa… —hizo una pausa, escupiendo hacia el barranco—. Las causas son semillas. Algunas florecen, otras se pudren, pero ninguna deja de ser semilla.
Joshua suspiró.
—¿Y si la tierra ya no quiere sembrar? ¿Si el mundo solo quiere olvidar?
El campesino lo miró largo rato.
—Entonces siembra en ti. Haz de tu dolor una raíz: El árbol que crece en la desesperanza, ese no lo derriba ni la mentira.
Joshua calló.
El viento soplaba entre los árboles con un murmullo que parecía voz.
El campesino se incorporó lentamente, apoyándose en un bastón de madera retorcida.
—¿Sabes por qué creo que luchan los hombres, Joshua? No por justicia, ni por gloria, ni por dios. Luchan para no perder el recuerdo de lo que fueron y cuando eso también se olvida, ya no hay guerra: solo sombra.
El jinete bajó la cabeza.
El campesino dio unos pasos hacia el barranco, mirando el horizonte invisible tras la neblina.
—Sigue el río —dijo sin volverse—. Allí donde el agua aún corre, tal vez quede algo de verdad, pero si ves otra campana… corre. Algunas risas no vienen del alma.
Joshua quiso responder, pero el hombre ya no estaba.
{Que gran desconcierto que siento…¿Qué será? No injiero algo hace días, espero que no sea una inhibición de mi alma}
Centurión resopló.
Joshua montó y miró por última vez el barranco.
El viento soplaba hacia el oeste, y en él creyó oír una voz tenue:
—Recuerda, caballero… el sentido no se busca. Se carga.
Joshua tiró de las riendas y siguió el curso del río, mientras el bosque cerraba sus ramas detrás de él. El río corría silencioso, pero su corriente parecía tener pensamiento; lo siguió durante horas, quizá días; el tiempo había perdido su ritmo
El murmullo del agua era como una voz que no hablaba, una plegaria que no pedía nada. Centurión caminaba lento, hundiendo los cascos en la arena húmeda.
El libro de Marco Aurelio descansaba en su regazo, cubierto de barro seco, a veces Joshua lo abría sin leer.