La casa se había vuelto un templo del silencio y desde que Joshua partió, el sonido del río era lo único que marcaba las horas. El sol ya no salía dorado, sino pálido; una luz enferma que no calentaba, solo mostraba lo que quedaba.
Alondra pasaba las mañanas en el umbral, hilando y deshilando el mismo trozo de lana, no porque necesitara tejer, sino porque necesitaba hacer algo que detuviera el temblor de sus manos.
A veces, el viento soplaba desde el norte trayendo el eco lejano de los cuernos de guerra, y ella detenía la aguja, como si su alma pudiera oír lo que su cuerpo ya temía.
Thais jugaba con piedras cerca del río, buscando entre ellas formas que parecieran corazones, mientras que Adriano perseguía insectos entre los matorrales. Ellos aún reían y esa risa era lo único que hacía a Alondra recordar que seguía viva, pero incluso la risa sonaba diferente: como si el aire se resistiera a sostener la inocencia.
Cada noche encendía una lámpara frente a la ventana: “Para que él vea la luz cuando regrese”, decía.
Aunque, en el fondo, temía que la luz no fuera faro, sino aviso: un recordatorio para los fantasmas de que allí todavía quedaba algo por perder.
Los días se fueron confundiendo.
Una vez, Alondra subió al tejado para mirar el horizonte y creyó ver humo, pero no supo si era incendio o nube. Esa noche soñó con Joshua; en el sueño, él la miraba sin ojos, como si su rostro estuviera hecho de viento, mientras que abrazaba una silueta indescifrable.
Cuando despertó, el fuego se había apagado y el río murmuraba algo que no entendía.
—¿Dónde estás, Joshua? —susurró, pero el río no respondió.
Una tarde, un grupo de soldados pasó por el camino. Eran del reino, cubiertos de barro y cansancio, pidieron agua y pan.
Alondra los invitó a entrar, y mientras comían, uno de ellos dejó caer una frase que heló el aire:
—Dicen que la Confraternidad cayó.
Otro añadió, entre bocados:
—¿Te acuerdas de los refuerzos que mando Piero? ya, todos ellos fueron asesinados.
Alondra no preguntó más.
Cuando los soldados partieron, se sentó junto al río y lloró sin ruido, porque no quería que sus hijos oyeran el sonido del miedo.
Con los días, la tristeza se volvió un hábito. No dolía: pesaba. Dormía poco y hablaba menos y a veces se sorprendía mirando la puerta, imaginando que Joshua aparecería cubierto de barro, con los ojos llenos de fuego y ternura, diciendo su nombre como si lo recordara después de una vida entera, pero la puerta no se abría; solo el viento entraba, trayendo olor a melancolia
Una tarde, mientras recogía agua, notó algo extraño: el río estaba más lento y sus bordes, ennegrecidos. Metió la mano, y cuando la sacó, la palma tenía manchas oscuras; no era tinta ni barro, era ceniza; en eso, sintio un chirrido, miró hacia el cielo: Una bandada de cuervos cruzaba hacia el oeste. Nunca habían volado tan bajo y el sonido del agua derramándose sobre la tierra le pareció un llanto.
Esa noche, mientras los niños dormían, se sentó junto al fuego y tomó un pedazo de papel. Escribió con mano temblorosa: “Joshua: si lees esto, quizás el mundo aún exista y aquí seguimos, esperandote. Si no vuelves, prométeme al menos una cosa: no olvides el sonido del hogar, ni el calor del pan, ni los nombres de los niños cuando los llames en tus sueños... Te amo."
Dejó la carta bajo la lámpara, junto al anillo que Joshua le había dado antes de partir. Luego se sentó frente a la ventana, observando la oscuridad y ese viento movía las cortinas como si respirara. A lo lejos, el cielo se iluminó por un instante; entonces lo oyó: Una risa.
Alondra no gritó, solo apagó la lámpara y en la oscuridad, abrazó sus rodillas, temblando, esperando el regreso de su amor.